El negocio de los recuerdos

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El pasado se ha convertido en un magnífico negocio. La industria se ha dado cuenta de que ante la falta de sentido en la vida funciona eso de que un adulto de cuarenta y tantos años se emocione ante una cinta de casete o la canción del verano del 97. También conmueve contemplar a ese mismo adulto intentando explicar a sus hijos que hubo un tiempo en el que uno podía abandonar su domicilio sin teléfono móvil, sobrevivir a semejante temeridad y regresar a casa como si nada.

Los que crecimos entre cintas rebobinadas con un bolígrafo Bic, fotografías que había que llevar a revelar y  discman hemos llegado a una edad en la que cualquier antigualla nos produce ternura.

Sino pensemos en los conciertos de Shakira estos días atrás en Madrid, basta escuchar los primeros acordes de una canción de los noventa para que se nos humedezcan los ojos y durante unos segundos olvidemos que tenemos una hipoteca impagable y otros miles de problemas.

Naturalmente, alguien ha descubierto que todo esto constituye un negocio formidable.

La nostalgia se ha convertido en una de las industrias más rentables de nuestro tiempo, entre otras razones porque dispone de una materia prima extraordinariamente barata, nuestros propios recuerdos.

De este modo las marcas recuperan zapatillas, camisetas, perfumes, envoltorios y logotipos, las plataformas rescatan series que creíamos piadosamente enterradas. Lo verdaderamente admirable es que nosotros pagamos encantados.

Pagamos por una consola antigua, por un vinilo y por una camiseta que nos recuerda aquella época en la que todavía podíamos correr detrás de un autobús sin plantearnos previamente un reconocimiento cardiológico.

El asunto que visto así nada tiene de malo, cada uno gasta sus euros donde quiere, tiene bastante más enjundia de la que parece, pues no estamos comprando objetos antiguos, sino intentando adquirir un billete de regreso a nosotros mismos. Cuando ni siquiera sabemos ni quien somos.

La memoria tiene la saludable costumbre de retocar el pasado con una gran generosidad. De nuestra adolescencia recordamos los veranos interminables, los primeros amores, aquella canción que sonaba en todas partes. Olvidamos, en cambio, los problemas con los malos amigos, los suspensos, los complejos, las discusiones familiares y las tardes soberanamente aburridas en las que no ocurría absolutamente nada.

El pasado tiene una ventaja competitiva sobre el presente, siempre llega convenientemente editado.

Mientras la actualidad nos ofrece su colección íntegra de preocupaciones, facturas, decepciones y noticias desagradables, la juventud comparece ante nosotros como un anuncio de cerveza, con amigos guapísimos, atardeceres interminables y una música de fondo cuidadosamente seleccionada.

No es de extrañar que gane siempre.

Además, cada generación está persuadida de haber asistido al último periodo verdaderamente fascinante de la historia.

Nuestros padres sostenían que antes se respetaba a los mayores, nuestros abuelos aseguraban que la juventud había perdido la vergüenza y nosotros, que nos creíamos extraordinariamente modernos bailando La Macarena, contemplamos ahora los hábitos de los adolescentes con estupor.

Sin embargo la nostalgia no nace únicamente del deseo de recuperar lo que tuvimos, sino de la necesidad de reconocer quiénes fuimos.

Necesitamos buscar cierta continuidad en una existencia que cambia sin pedirnos permiso, donde los hijos crecen, los padres envejecen, los amigos se dispersan y los lugares que un día constituyeron nuestro universo desaparecen bajo una sucursal bancaria o una franquicia de comida rápida.

Y entonces, una canción cualquiera tiene la insolencia de devolvernos a la cocina de nuestra infancia, con nuestra madre preparando la cena y nuestro padre leyendo el periódico. No nos confundamos no echamos de menos la canción. Echamos de menos aquella cocina. Y quizá, sobre todo, a quienes estaban dentro.

En el fondo el hombre sabe que su tiempo se acaba y que, precisamente por eso, intenta conservarlo. Guardamos fotografías, entradas de cine, cartas y objetos insignificantes con la inutil esperanza de que algo permanezca cuando todo lo demás cambie.

No perdamos de vista que mientras suspiramos por los veranos de nuestra infancia, nuestros hijos están viviendo los suyos. Mientras buscamos aquella fotografía en la que todos éramos jóvenes, quizá tengamos delante a alguien a quien apenas estamos mirando.

Y mientras nos empeñamos en recuperar una felicidad que sólo reconocimos cuando había pasado, corremos el riesgo de dejar escapar la que todavía tenemos entre las manos.

Conviene recordar, además, que la nostalgia es una excelente compañera de viaje, pero una pésima residencia habitual. El pasado merece gratitud, no adoración.

Al fin y al cabo, quizá dentro de treinta años alguien pague una cantidad disparatada por un teléfono de 2026, reproduzca con emoción una canción que hoy nos parece insoportable y suspire por aquellos maravillosos tiempos en los que todo era más sencillo.

Mientras tanto, los comerciantes seguirán vendiéndonos nuestra propia biografía envuelta en euros, y nosotros seguiremos comprándola con esa mezcla de ingenuidad y ternura que nos caracteriza.

Aunque convendría no olvidar un pequeño detalle, lo mejor de aquellos años no era lo que teníamos, sino las personas con quienes lo compartíamos.

Y eso, afortunadamente, todavía no se ha puesto a la venta.

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