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El valor del juguete en la infancia y la ilusión que permanece

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Tras la vuelta de las Navidades, en muchos colegios celebramos en Educación Infantil nuestro ya tradicional Día del Juguete. Una jornada sencilla en las formas, pero profundamente rica en significado: cada niño trae un juguete de casa para jugar en el colegio y compartirlo con sus compañeros.

El juguete ha acompañado a la infancia desde siempre. Ya en las civilizaciones antiguas encontramos muñecos, carros, peonzas o figuras de animales fabricadas con madera, barro o tela. No eran objetos sofisticados, pero sí profundamente humanos. A lo largo de la historia, el juguete ha sido una prolongación natural del mundo adulto: el niño juega a lo que ve, a lo que vive, a lo que algún día será.

En ese sentido, el juguete no es un capricho moderno, sino una constante antropológica.

Hoy, en un contexto donde lo inmediato, lo digital y lo programado ganan terreno, conviene recordar que el juguete sigue siendo una herramienta educativa de primer nivel. No hablamos solo de entretenimiento.

El juguete es lenguaje, es relación, es ensayo de la vida real. A través del juego, el niño expresa lo que vive, lo que siente y lo que sueña, muchas veces antes de poder ponerlo en palabras.

Desde el punto de vista psicológico, el juego es esencial para el desarrollo integral del niño. Especialmente importante es el juego simbólico, tan propio de la etapa de Infantil: cuando el niño “hace como si…”. Una caja se convierte en una casa, una muñeca en un bebé al que cuidar, un coche en una aventura. En ese “como si” el niño elabora su mundo interior, procesa experiencias, ensaya roles, aprende a comprender al otro y a situarse en la realidad.

Además, el juego favorece el desarrollo cognitivo, emocional y social. A través del juguete, el niño aprende a esperar turnos, a respetar normas, a tolerar la frustración, a cuidar lo que es suyo y lo que es de los demás, a resolver pequeños conflictos y, sobre todo, a disfrutar del encuentro. Son aprendizajes silenciosos, pero decisivos.

El Día del Juguete pone el foco precisamente ahí: en el valor de compartir, de abrirse al otro, de descubrir que la alegría crece cuando se da. Traer un juguete de casa no es solo traer un objeto; es traer algo querido, algo que habla de cada niño, de su historia y de su hogar, y ponerlo al servicio del grupo.

Ese gesto, pequeño en apariencia, es una auténtica lección de vida.

Además, esta celebración llega en un momento muy especial: recién vivida la ilusión de los Reyes Magos. Una ilusión que va mucho más allá del regalo material. Los Reyes representan la espera confiada, el asombro, la sorpresa, la gratuidad y la alegría de sentirse profundamente amado. Para un niño, esa experiencia deja huella. Alimenta su imaginación, su mundo interior y su capacidad de creer en lo bueno.

Como educadores y familias, sabemos que no se trata de tener muchos juguetes, sino de saber jugar bien.

De acompañar a los niños para que descubran que el verdadero regalo no está solo en lo que se recibe, sino en lo que se comparte y en con quién se vive. El juego, cuando es libre, acompañado y con sentido, se convierte en un espacio privilegiado de crecimiento.

Celebrar el Día del Juguete es, en definitiva, apostar por una infancia vivida con profundidad, donde el juego no es un tiempo perdido, sino un tiempo lleno de aprendizaje, relación y alegría auténtica.

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