El último informe PISA vuelve a hundir los resultados educativos de España. Dieciocho años después de la advertencia de Benedicto XVI, quizá el problema no sea otra reforma educativa, sino haber olvidado qué significa verdaderamente educar.
En enero de 2008, Benedicto XVI dirigió una carta a la diócesis y a la ciudad de Roma sobre lo que denominó la “tarea urgente de la educación”. Aquel texto contenía una expresión que terminaría adquiriendo una dimensión casi profética: “emergencia educativa”.
El Papa advertía de las crecientes dificultades que encontraban familias, profesores y educadores para formar jóvenes capaces de orientarse en la vida, distinguir el bien del mal y convertirse en personas sólidas, capaces de convivir con los demás y encontrar sentido a su existencia. Dieciocho años después, el último informe PISA vuelve a colocar ante nosotros una realidad incómoda. España tiene un problema educativo. Y quizá haya llegado el momento de dejar de buscar excusas.
CUARENTA AÑOS REFORMANDO LA EDUCACIÓN
Durante las últimas cuatro décadas, España ha convertido la educación en uno de los grandes campos de batalla ideológicos; Gobierno tras Gobierno, mayoría tras mayoría, reforma tras reforma… Cada nuevo Ejecutivo ha querido dejar su propia ley educativa, modificar currículos, cambiar criterios de evaluación, introducir nuevas asignaturas, eliminar otras y redefinir qué debe aprender un niño y hasta cómo debe comprender la sociedad en la que vive.
Mientras tanto, aquello que debería constituir el corazón de cualquier sistema educativo parece haberse ido debilitando: leer, comprender, razonar, esforzarse, adquirir conocimientos, desarrollar criterio y aprender a distinguir la verdad del error. El resultado vuelve a aparecer ahora en PISA, y debería preocuparnos mucho más que cualquier debate partidista.
EL FRACASO NO ES SOLO ACADÉMICO
Sin embargo, reducir la emergencia educativa a las notas sería cometer exactamente el mismo error que denunciaba Benedicto XVI. Educar no consiste simplemente en transmitir competencias y mucho menos consiste en preparar trabajadores adaptados al mercado laboral. Educar significa formar personas.
Personas libres porque conocen la verdad; Personas responsables porque comprenden que sus actos tienen consecuencias; Personas capaces de sacrificarse, esforzarse y servir; Personas que saben que no todo deseo constituye un derecho y que no toda opinión posee el mismo valor que la verdad. Ahí se encuentra probablemente el verdadero drama de nuestra educación.
CUANDO EL ESTADO QUIERE EDUCAR EN LUGAR DE LAS FAMILIAS
La Doctrina Social de la Iglesia ha defendido siempre un principio esencial: los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. El Estado tiene una función importantísima. Debe garantizar el acceso a la educación, proteger la igualdad de oportunidades y facilitar que familias, profesores, centros educativos y sociedad puedan desarrollar esa tarea. Pero existe una enorme diferencia entre garantizar la educación y pretender apropiarse de ella.
Cuando cada gobierno utiliza el currículo escolar para transmitir su propia interpretación de la sociedad, de la historia, de la sexualidad, de la familia o incluso de la propia naturaleza humana, la educación corre el peligro de transformarse en ingeniería social y el alumno deja, entonces, de ser una persona a la que debemos enseñar a pensar para convertirse en alguien a quien queremos enseñar qué debe pensar.

PROFESORES SIN AUTORIDAD, ALUMNOS SIN ESFUERZO
Existe además una palabra que nuestra sociedad parece haber decidido expulsar de las aulas: esfuerzo. Durante demasiado tiempo hemos confundido evitar la frustración con educar y con ello hemos debilitado la autoridad del profesor, cuestionado la exigencia, relativizado el valor del conocimiento y convertido demasiadas veces la promoción académica en un objetivo más importante que el aprendizaje.
Pero la vida no funciona así: Aprender exige disciplina y comprender exige atención. Leer exige paciencia y madurar exige enfrentarse también al fracaso. No hacemos ningún favor a nuestros jóvenes escondiéndoles esas verdades.
PANTALLAS POR TODAS PARTES, ATENCIÓN POR NINGUNA
Y ahora descubrimos otra paradoja: Durante años hemos presentado la digitalización educativa como sinónimo automático de modernización. Tablets, ordenadores, plataformas digitales y ahora inteligencia artificial han entrado masivamente en la educación, pero la tecnología es una herramienta, no un maestro. Cuando sustituye al libro, a la concentración, a la memoria, al razonamiento o a la conversación con el profesor, puede terminar consiguiendo exactamente lo contrario de aquello que prometía.
Una generación permanentemente estimulada por pantallas puede tener acceso a prácticamente todo el conocimiento humano y, paradójicamente, encontrar enormes dificultades para concentrarse durante veinte minutos en comprender un texto. No es progreso disponer de más información si perdemos la capacidad de comprenderla.
BENEDICTO XVI VIO ALGO MÁS PROFUNDO
Por eso aquella reflexión de 2008 resulta hoy extraordinariamente actual. Benedicto XVI comprendió que detrás de la crisis educativa existía una crisis todavía mayor: una crisis de sentido. ¿Cómo transmitir valores cuando una sociedad afirma que todos los valores son relativos? ¿Cómo enseñar la verdad cuando hemos convencido a nuestros jóvenes de que cada persona construye la suya? ¿Cómo enseñar sacrificio en una cultura de satisfacción inmediata? ¿Cómo enseñar responsabilidad cuando cualquier límite se interpreta como una agresión contra la libertad? ¿Cómo educar para el bien cuando hemos renunciado incluso a ponernos de acuerdo sobre qué significa el bien? Esta es la auténtica emergencia educativa.
LA EDUCACIÓN NECESITA VERDAD
Desde la antropología cristiana, educar significa ayudar a una persona a descubrir quién es, y no inventarse a sí misma. No construirse desde cero sino aprender a descubrirse: Descubrir su dignidad, su libertad, su responsabilidad, su relación con los demás y, finalmente, su apertura a Dios.
Por eso la educación cristiana jamás puede reducirse a enseñar matemáticas por la mañana y añadir una hora de religión después, porque es una determinada concepción del ser humano en la que la educación es donde conocimiento y virtud, libertad y responsabilidad, inteligencia y trascendencia forman parte de una misma realidad.
QUIZÁ NO NECESITEMOS OTRA LEY EDUCATIVA
España probablemente volverá a responder al nuevo informe PISA como acostumbra: Los partidos se culparán mutuamente, el Gobierno responsabilizará a las comunidades autónomas y las comunidades señalarán al Ministerio… Unos pedirán más presupuesto, otros propondrán una nueva reforma y dentro de unos años probablemente tendremos otra ley educativa.
Pero quizá deberíamos hacernos una pregunta mucho más sencilla: ¿Para qué queremos educar a nuestros hijos? Si únicamente queremos producir ciudadanos económicamente funcionales, bastará con enseñar competencias. Si queremos formar personas libres, responsables, capaces de buscar la verdad y construir el bien común, tendremos que recuperar algo mucho más profundo: Familia, autoridad, conocimiento, esfuerzo, virtud, verdad y, por supuesto, trascendencia.
Benedicto XVI nos advirtió en 2008 de que nos encontrábamos ante una “emergencia educativa” y quizá lo verdaderamente preocupante no sea que tuviera razón. Lo verdaderamente preocupante es que hayan pasado casi veinte años y sigamos discutiendo sobre la siguiente reforma educativa mientras la emergencia continúa creciendo.
Porque cuando una sociedad deja de saber qué debe transmitir a sus hijos, no está fracasando solamente su sistema educativo. Está poniendo en peligro su propio futuro.
Daniel Fernández



