En pleno siglo XXI, cuando la palabra esclavitud parece un vestigio del pasado, en Pakistán miles de cristianos viven atrapados en un sistema de trabajo forzado que se perpetúa por deudas hereditarias, violencia y miedo. Allí, entre polvo, deudas imposibles y violencia cotidiana —en un país donde operan más de cuarenta grupos terroristas islamistas—, camina confiado en la Divina Providencia el Padre Federico Highton.
Sacerdote de la Orden San Elías, Highton pertenece a esa estirpe de misioneros “de los de antes”: hombres que no conciben el sacerdocio como una tarea administrativa, sino como una entrega total para llevar el Evangelio allí donde aún no ha llegado —o donde ha sido prácticamente borrado—.
Antes de Pakistán, sus pasos lo llevaron por regiones tan diversas como el Himalaya, Malawi o Laos, siempre con la misma lógica evangélica: ir a la periferia real, no a la cómoda, por la salvación de las almas.
El nacimiento de PAX
De esa vocación radical nació el Proyecto PAX, fundado por el propio Padre Federico. Inspirado en las antiguas órdenes redentoras, PAX tiene un objetivo tan concreto como incómodo para la conciencia moderna: rescatar cristianos esclavizados.
En Pakistán, la esclavitud adopta la forma de trabajo forzado en fábricas de ladrillos, donde familias enteras quedan atrapadas por una deuda inicial que jamás disminuye y que se hereda de generación en generación.
Padres, madres, niños y ancianos trabajan de sol a sol sin posibilidad real de escapar. Ser cristiano y pobre en ese contexto es, muchas veces, una condena.
PAX III: una misión al límite
La particularidad de PAX III fue su extrema austeridad. Por razones de calendario y disponibilidad, el Padre Federico viajó solo a Pakistán durante las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Epifanía. Humanamente no era prudente. Espiritualmente, era necesario.
Con la ayuda de colaboradores locales y bajo la bendición del obispo del lugar, la misión logró rescatar 27 esclavos pertenecientes a siete familias. Seis de ellos no estaban bautizados y recibieron el sacramento poco después de recuperar la libertad. En total, nueve personas fueron incorporadas a la Iglesia durante esa misión.
La doble redención
El Padre Federico insiste en una idea central: no existe verdadera liberación si se separa lo material de lo espiritual. Por eso habla de doble redención.
Cada esclavo rescatado es reportado a la autoridad eclesiástica y, por su intermedio, hasta Roma y al Sumo Pontífice. No se trata de un gesto burocrático, sino de una profunda convicción: la Iglesia sitúa a los pobres en el centro de su misión, porque, como enseña el Evangelio, “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).
Un combate que continúa
Mientras el mundo discute abstracciones, el Padre Federico Highton sigue caminando entre hornos de ladrillos, con sotana gastada y rosario en mano.
Sabe —y lo predica— que el cristiano está llamado a acciones grandes, incluso épicas, cuando están ordenadas a la gloria de Cristo.
Y en tiempos de indiferencia global, arriesgar la vida para liberar esclavos y llevar el Evangelio sigue siendo un acto profundamente heroico.
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