La Nota de Coyuntura Social publicada por Funcas en julio ofrece uno de los análisis más esclarecedores de los últimos años sobre la evolución y crisis de la maternidad en España y su comparación con Europa. Su principal aportación consiste en demostrar que la crisis demográfica española no puede explicarse únicamente por el reducido número medio de hijos por mujer. Hay que observar también cuántas mujeres llegan a ser madres. Y es ahí donde aparece el dato verdaderamente decisivo.
España registra una de las fecundidades más bajas no solo de Europa, sino del mundo: 1,11 hijos por mujer en 2025, según las estimaciones de Funcas. Este resultado es consecuencia de la combinación de dos problemas distintos.
El primero es bien conocido: las españolas que tienen hijos tienen, en comparación con otros países, pocos. En 2024, el promedio se situó en 1,88 hijos por madre, una cifra estabilizada en niveles muy bajos y entre las cinco menores de la Unión Europea.
Sin embargo, el verdadero motor del desplome de la natalidad no está ahí, sino en el aumento constante del número de mujeres que no llegan a tener ningún hijo.
Conviene interpretar correctamente las cifras. Entre las españolas nacidas en 1979, que prácticamente han completado su vida fértil, el 24,9 % no fue madre. Sin embargo, el indicador coyuntural utilizado por Funcas proyecta que, si los comportamientos actuales se mantuvieran, el 43 % de las mujeres en edad fértil no llegaría a tener hijos.
No significa que ese porcentaje sea ya una realidad consolidada ni un destino inevitable. Es una proyección que advierte del futuro hacia el que nos dirigimos si nada cambia.
Y esa advertencia resulta difícil de ignorar.
A mediados de los años setenta, la probabilidad estimada de no ser madre era prácticamente inexistente. A mediados de los noventa alcanzó un máximo similar al actual, pero posteriormente descendió hasta situarse en torno al 19 %, coincidiendo con un largo ciclo de expansión económica. Desde hace aproximadamente quince años vuelve a aumentar de forma sostenida hasta alcanzar el 43 % en 2024.
No estamos, por tanto, ante una fatalidad biológica ni ante una consecuencia inevitable del desarrollo económico. La historia demuestra que estos comportamientos cambian. Dependen de las condiciones económicas, culturales e institucionales en las que las personas toman decisiones fundamentales sobre su proyecto de vida.
Tener pocos hijos no es lo mismo que no tener ninguno
La comparación con Finlandia ayuda a comprender mejor el fenómeno.
Las finlandesas que son madres tienen, de media, 2,30 hijos, una cifra superior al nivel de reemplazo generacional. Sin embargo, Finlandia mantiene una de las fecundidades más bajas de Europa porque un número creciente de mujeres nunca llega a tener el primer hijo.
Ese 2,30 no corresponde a la tasa general de fecundidad, sino al número de hijos por madre. La fecundidad total finlandesa apenas alcanzó 1,25 hijos por mujer en 2024. La diferencia entre ambos indicadores explica buena parte del problema: no basta con que las madres tengan dos o más hijos si cada vez existen menos madres.
Durante el periodo 2020-2024, la probabilidad estimada de no tener hijos alcanzó el 42 % en Finlandia, el 41,7 % en Polonia, alrededor del 41,5 % en los tres países bálticos, el 41 % en Italia y el 40,9 % tanto en Malta como en España. Grecia llegó al 37,6 % e Irlanda, sorprendentemente, al 34,5 %.
En el extremo opuesto aparecen Bulgaria, con un 10,5 %, y Rumanía, con un 14,4 %. Portugal, Chequia y Francia permanecen por debajo del 25 %, mientras Alemania se sitúa en el 29,5 %.
También existen ejemplos esperanzadores. En Eslovenia, la proporción estimada de mujeres sin hijos descendió del 38,4 % a comienzos de siglo al 26,1 % actual. En Eslovaquia pasó del 45,3 % al 32,7 %.
El caso más significativo es Hungría. Tras desarrollar durante años políticas explícitamente favorables a la familia, redujo la tasa estimada de no maternidad del 41,8 % al 30 %. Mientras tanto, el número de hijos por madre apenas varió: pasó de 2,24 a 2,20.
Su mejora no se produjo porque las madres tuvieran muchos más hijos, sino porque aumentó el número de mujeres que llegaron a ser madres.
La conclusión de Funcas resulta difícil de discutir: las políticas de natalidad deberían concentrarse, ante todo, en facilitar el nacimiento del primer hijo. La estabilidad laboral en edades tempranas, el acceso a la vivienda, la emancipación, la conciliación y una mínima seguridad económica son condiciones imprescindibles.
Pero sería ingenuo pensar que todo puede resolverse mediante una deducción fiscal o una ayuda mensual.
La maternidad necesita recursos, pero también reconocimiento social. Requiere una cultura que no la presente sistemáticamente como una renuncia, una pérdida de libertad o un obstáculo para la realización personal.
Las sociedades revelan lo que verdaderamente valoran no solo por lo que proclaman, sino por aquello que facilitan, protegen y prestigian.
Una asignatura pendiente de la Iglesia
Hay, además, una reflexión que interpela directamente al mundo cristiano.
Varios de los países con mayores problemas de natalidad —España, Polonia, Italia y Malta— pertenecen a la tradición católica. Irlanda, aunque en una situación menos extrema, también figura entre los países con mayor proporción de mujeres que no llegan a ser madres.
La Iglesia no debería contemplar este fenómeno como si le fuera ajeno. No porque las mujeres católicas practicantes tengan pocos hijos —los estudios muestran, por lo general, una mayor disposición a la maternidad—, sino porque la Iglesia no ha logrado irradiar hacia el conjunto de la sociedad una cultura suficientemente favorable a la maternidad y a la familia.
Es una asignatura pendiente.
Una de las grandes prioridades del cristianismo en este segundo cuarto del siglo XXI debería consistir en defender de manera efectiva a las familias con hijos y devolver prestigio social a la maternidad. No desde la nostalgia de otros tiempos ni mediante imposiciones sobre la mujer, sino como una defensa de la libertad real, del bien común y de la continuidad de la vida.
Porque una sociedad que convierte la maternidad en un problema privado termina transformando su propia desaparición en un problema público.
Podrá debatir durante años sobre pensiones, inmigración, productividad o crecimiento económico. Pero, por debajo de todas esas cuestiones, permanece una realidad mucho más elemental y decisiva: sin nacimientos no hay continuidad; sin madres, no hay futuro.










