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Se está cerrando una etapa histórica y aún no hemos asumido qué virtudes políticas exige la siguiente

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El mundo no “está cambiando”: ya ha cambiado. Y la relación entre Europa y Estados Unidos es uno de los termómetros más claros. Se está cerrando una etapa histórica y aún no hemos asumido qué virtudes políticas exige la siguiente.

El “vínculo atlántico” y la intemperie estratégica

Durante décadas, el horizonte fue relativamente estable: con sus tensiones, el orden posterior a 1945 y, después, la dinámica de la Guerra Fría ofrecían un marco reconocible.

La caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética abrieron una promesa de “fin de la historia” que, vista hoy, parece más bien el comienzo de una aceleración: globalización financiera, desindustrialización en amplias capas de Occidente, y una política con menos capacidad de gobierno real.

En ese contexto, Donald Trump no sería la causa única del giro transatlántico, sino el síntoma de una reacción profunda dentro de la sociedad estadounidense: la percepción de declive, el miedo a perder estatus, la tentación de “proteger” el bienestar propio por la vía rápida de la presión comercial, la coerción diplomática o el repliegue selectivo.

La consecuencia para Europa es evidente: ya no basta con apelar a la amistad histórica; hay que reconstruir una política exterior y económica que no dependa de la benevolencia ajena.

Aquí conviene una clave cristiana: la política no es solo gestión técnica; es búsqueda del bien común en un marco de justicia y de paz.

Si el vínculo atlántico se reconfigura por intereses más ásperos, Europa necesita recuperar una brújula moral —y no solo un manual de competitividad— para no responder al cinismo con cinismo.

Multipolaridad real: deuda, “guerra de capitales” y bloques emergentes

El cambio viene como una mutación multipolar inédita:

nuevas potencias regionales con ambición global y, sobre todo, la tendencia a “hacer masa crítica” al margen de Occidente.

En ese escenario, la advertencia sobre el peso de la deuda resulta decisiva. La directora del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, ha resumido muy bien el problema: deuda pública elevada y crecimiento insuficiente, un cóctel que reduce márgenes de maniobra, alimenta tensiones sociales y empuja a buscar “culpables externos”.

Se puede describir la situación como un clima de “guerra de capitales”: competencia por inversiones, tecnologías, cadenas de suministro y materias primas críticas. Cuando el dinero se mueve más rápido que las instituciones, la tentación es sustituir la política por la finanza o por el músculo tecnológico. Sabemos que cuando eso ocurre, la persona —su trabajo, su familia, su dignidad— queda reducida a “variable de ajuste”.

En paralelo, los BRICS buscan pasar de una etiqueta amplia a una coordinación más orgánica. Sin idealizarlos ni demonizarlos, Europa debe leer el dato con realismo: si crecen estructuras alternativas, el viejo esquema de “Occidente dirige / el resto se adapta” ya no describe el mundo.

Nuevos mercados comunes y Europa obligada a moverse

En esta recomposición aparecen dos movimientos decisivos.

El primero: la perspectiva de un gran mercado común entre China, Rusia y Mongolia, reforzado por infraestructuras energéticas y por la lógica de seguridad de suministro. Aquí la energía no es un sector: es geopolítica, industria y estabilidad social.

El segundo: el acuerdo UE–Mercosur, tras décadas de negociación, que configura un espacio de intercambio de enorme población y peso productivo. Más allá de sus inevitables fricciones (agro, estándares, protección ambiental), tiene una dimensión estratégica: ofrece a América Latina alternativas reales para no quedar absorbida por lógicas de bloques.

Y se añade una tercera pieza: la aceleración del partenariado con India, con reuniones en Nueva Delhi y lecturas geopolíticas. Para Europa, diversificar es garantizar autonomía donde la dependencia se paga cara.

Esta diversificación solo será virtuosa si está ordenada al bien común: no a la ganancia rápida, sino a cadenas de suministro más justas, a la creación de empleo digno, a la protección de los más vulnerables y a una transición ecológica que no deje atrás a regiones enteras.

La finanza y el “big tech” ocupan el lugar de la política

Tras 1990 la economía financiera adelantó a la política, y el dinero se convirtió en mercancía autorreproductiva. La consecuencia social fue la desindustrialización de zonas completas y la precarización de comunidades laborales.

En el plano global, la cuestión moral es clara: si la política renuncia a gobernar la economía, la economía termina gobernando la vida.

Por eso resonaban las advertencias de Juan Pablo II sobre el riesgo de un único vencedor sin contrapesos, y las llamadas de Benedicto XVI a una autoridad pública capaz de regular mercados en nombre de la dignidad humana.

La tensión se agudiza con el papel de las grandes tecnológicas. Europa es un mercado estratégico para Amazon, Tesla y Meta; y, además, un “vivero” de innovación adquirible.

La pregunta política es qué ecosistema europeo permitimos: uno que crea valor y lo retiene, o uno que forma talento para exportarlo.

Una respuesta europea

Europa no puede seguir postergando una reacción. ¿qué tipo de soberanía buscamos? No una soberanía agresiva, autorreferencial o nostálgica, sino una soberanía ordenada al servicio de la persona, capaz de proteger la democracia, la cohesión territorial y la paz. Eso implica:

  • una política industrial y científica que recupere capacidad productiva sin sacrificar derechos laborales;

  • una fiscalidad y una inversión pública con criterios de justicia intergeneracional (la deuda también es una cuestión moral);

  • una transición ecológica coherente con la casa común, sin convertirla en guerra cultural;

  • y una defensa común europea que no sea simple suma de presupuestos, sino coordinación real, con vocación de disuasión y de diplomacia activa.

En el fondo, la fe no ofrece “recetas técnicas”, pero sí un criterio: la primacía del bien común, la solidaridad y la subsidiariedad frente a la lógica del sálvese quien pueda.

Si el mundo ya ha cambiado, el desafío para Europa —y para los cristianos en la vida pública— es no reaccionar con miedo, sino con responsabilidad: más política con sentido humano, menos dependencia, y una firme voluntad de paz que no sea ingenua, pero tampoco cínica.

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