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Extraterrestres y ángeles

En el imaginativo cultural de hoy, se asocia seres extraterrestres con la posibilidad de una invasión alienígena con un nivel de tecnología tal que los haría muy superiores.

Antes que nada, hemos de afirmar que los extraterrestres (sin que abonemos su existencia real) serían en un sentido general y teológico “hombres”, ya que tendrían cuerpo, sin el que no los percibiríamos, y también alma, ya que serían inteligentes, como sus supuestas hazañas tecnológicas mostrarían. Es decir que, en caso de que existieran, podríamos hablar de hombres extraterrestres, al lado de los hombres terrestres.

El ángel bienaventurado es, en cambio un ser inteligente, sin cuerpo. Es espíritu puro. Y vive en una dimensión desconocida para los hombres. El ángel, sin la pesantez material, tiene un poder muy superior a los humanos.

Aunque lo más destacado del ángel bienaventurado es su bondad. Él ama a Dios más que a sí mismo y no puede hacer el mal moral, no puede pecar (Sto. Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, Prima I, c. 60, a. 5, y, c. 62, a. 8).

“…siendo inmensa la luz de su sabiduría, grande su santidad e inimaginables la fuerza y el poder de estos espíritus…apenas son pequeños efluvios de la gloria del Todopoderoso y destellos que fluyen de la potencia del Altísimo” (Consuelo, “María, estrella de la evangelización”, p. 354).

El ángel bienaventurado ama y adora al Dios infinito, y en Él ama a las demás criaturas. Conoce con perfección la Bondad y Poder de Dios. Y se siente nada en su comparación. Como dice el Arcángel San Miguel “¡Quien como Dios!”. Y de su amor nace, que, siendo totalmente libres, obedezcan, en todo, la santa voluntad del Señor.

En la Biblia, aparecen muchas veces los ángeles, ejecutando órdenes del Todopoderoso, ya siendo su brazo para curar (Tobías), o para proteger personas o ciudades, o consolar. Y también son cauce de la justicia divina, como en el caso de los ángeles de las plagas (Apocalipsis, 7, 2-3; Apocalipsis, 16, 1) o los dos ángeles que, adoptando figura de hombres, son enviados a destruir Sodoma y Gomorra, y que dicen al justo Lot que allí vivía:

“Vamos a destruir este lugar, porque la acusación presentada al Señor contra él es muy seria, y el Señor nos ha enviado para destruirlo” (Gen 19, 13) Y la destrucción de este paraje fue terrible (después de salvar a Lot y familia):

“Entonces Yavé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra, azufre y fuego de parte de Yavé. Y arrasó aquellas ciudades, y toda la redonda con todos los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo” (Gen 19, 24).

Así, el poder de los ángeles que ejecutan la voluntad de Dios, misericordioso y justo, es inmenso, más allá de la medida del hombre.

Alguien podría pensar que Dios fue demasiado severo con Sodoma y Gomorra. Pero, por lo que muestra la Biblia, su malicia era gravísima, pues intentan violar a los dos forasteros, que a sus ojos eran hombres, (Gen 19) y no intentó esta perversa acción un grupo de ellos, sino “…mozos y viejos todos sin excepción” (Gen 19, 4)

La moraleja del poder de los ángeles viene recogida en el dicho “El que teme a Dios no ha de tener miedo a nada”: O aun, y con mayor razón, “El que ama a Dios nada ha de temer”. Así la leyenda de unos alienígenas invasores se diluye ante la omnipotencia de Dios y sus espirituales ministros, los ángeles.

Mas retomemos el tema inicial de los hipotéticos extraterrestres, de la mano de un excelente artículo que ha sido ocasión de este escrito [María Martínez López, “Otras razas inteligentes serían nuestras hermanas” (Alfa y Omega, nº 1244)]. Y al hilo de sus reflexiones teológicas se plantea la posibilidad de que la civilización de fuera de la Tierra no hubiera conocido el pecado en sus orígenes, de si la redención de Cristo hubiera sido completada con una encarnación particular. De, si, en caso de que no hubieran pecado se hubiera dado, de todas formas, una encarnación divina. De si caso de no conocer a Cristo tendrían que bautizarse, tal como los indios de América, que teólogos españoles afirmaron que sí tenían un alma que salvar, etc. etc. Del mismo modo tenemos que afirmar que serían personas y tendrían alma inmortal.

Y concluyamos que, bajo el amparo superior de los ángeles, más poderosos y buenos que los hombres de aquí, e hipotéticamente de allá, vivamos nuestra vida presente de todos los días, sabiendo que en peligros o hechos extraordinarios contamos con su fuerte y amorosa protección.

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