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Inglaterra: la economía empuja al aborto

Familia

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En 2023, Inglaterra y Gales registraron el número más alto de abortos desde 1967: 277.970 vidas humanas no nacidas.

No se trata solo de una cifra impactante: es el síntoma de una sociedad que, mientras llora la caída de la natalidad, ofrece como respuesta más rápida y accesible la eliminación del hijo concebido.

Las últimas estadísticas oficiales del gobierno británico reflejan un aumento del 11% respecto al año anterior, el mayor incremento anual registrado. El dato llega, además, en un momento de inquietud transversal en la política británica: la fertilidad cae, el relevo generacional se debilita y se prevé que en 2026 las muertes superen a los nacimientos.

Sin embargo, el contraste es doloroso: frente a la emergencia demográfica, el gran “avance” práctico ha sido facilitar el acceso a abortos a domicilio mediante telemedicina.

El tasa de aborto por cada 1.000 mujeres subió de 21,5 en 2022 a 23,4 en 2023. Mientras tanto, la tasa de fertilidad en Inglaterra y Gales se sitúa en 1,49 hijos por mujer, lejos del 2,1 necesario para mantener estable la población. La paradoja es evidente: se habla de futuro, pero se multiplica aquello que lo cancela.

Uno de los aspectos más llamativos del informe es el perfil de quienes abortan.

Las mujeres mayores de 35 años lideran el aumento, y la tendencia se ha disparado en la última década

Entre 2013 y 2023 los abortos en este grupo crecieron un 88%, pasando de 27.327 a 51.595, superando por primera vez la barrera de los 50.000. La única tendencia a la baja se observa entre las menores de edad, con un descenso del 42,3% en el mismo periodo.

También se constata que los abortos se realizan cada vez más temprano. Los practicados entre las 2 y 9 semanas de gestación pasaron del 79% al 89% en diez años: fueron 248.250 en 2023. Los abortos entre la semana 10 y la 19 disminuyen, y los realizados más allá de la semana 20 se mantienen entre el 1% y el 2%. Además, muchas de las mujeres que abortan no lo hacen por primera vez: el porcentaje de quienes han tenido abortos previos crece con la edad, y más de la mitad (54%) ya son madres o han vivido un parto de feto muerto.

Pero ¿Qué empuja a tantas mujeres a esta decisión dramática?

Muchos observadores señalan la presión económica como causa principal. Alison Wright, presidenta del Royal College of Obstetricians and Gynaecologists, reconoció que el coste de la vida está influyendo en las decisiones reproductivas, llevando a retrasar la maternidad o a reducir el tamaño de las familias.

En el Reino Unido, la crisis se concreta en un punto especialmente sensible: el cuidado infantil. En 2022 el país fue señalado como el más caro, entre los desarrollados, para este servicio. Una familia con dos ingresos puede destinar entre el 30% y el 75% de sus recursos al cuidado de los hijos.

Sin embargo, la respuesta del gobierno no ha sido aliviar esta carga con políticas familiares sólidas, sino hacer el aborto más fácil.

Desde las medidas introducidas durante la pandemia, los fármacos abortivos pueden enviarse por correo, y el resultado es contundente: el 72% de los abortos en 2023 fueron “en casa”. Mientras la satisfacción con el Servicio Nacional de Salud se sitúa en mínimos históricos (21%), los servicios de aborto telemático alcanzan cifras altísimas de aceptación.

Desde el ámbito provida, varias voces advierten sobre los riesgos físicos y espirituales de normalizar estos procedimientos y convertirlos en una salida “doméstica” a la angustia. También se denuncia una cultura que, aun usando anticonceptivos, considera al hijo no esperado como un error a corregir, en lugar de un don.

Inglaterra y Gales ofrecen hoy una lección amarga: si la maternidad se vuelve económicamente imposible y el aborto se vuelve administrativamente instantáneo, la balanza se inclina hacia la muerte.

Urge una conversión social: apoyar a las mujeres en dificultad, ofrecer alternativas reales, cuidar a las familias, y recuperar una mirada de fe que reconozca que cada vida —también la más frágil— merece ser acogida.

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