Luis Arguello, presidente de la Conferencia Episcopal, realizó hace unos días unas declaraciones entusiastas a favor de la regularización masiva de inmigrantes anunciada por Pedro Sánchez.
Otros obispos como el de Mondoñedo, presidente de la subcomisión episcopal para las Migraciones de la Conferencia Episcopal, se han mostrado igualmente partidarios.
Sus argumentos -los que hemos podido escuchar al menos- no son particularmente profundos, y se resumen en una especie de eslogan:
quien no quiere acoger no es cristiano”.
Obvian estos razonamientos “sentimentales” cualquier tipo de ponderación razonable de los pros y contras de la decisión: tras la acogida de seis millones de inmigrantes en los últimos 25 años, ¿caben en la casa común más inmigrantes? ¿tienen capacidad los servicios públicos -en especial la sanidad y la educación- de dar servicio a los nuevos inmigrantes sin un deterioro grave de su calidad? ¿pueden verse agravados los problemas de convivencia ya existentes? ¿hay necesidad de nuevos inmigrantes cuando seguimos padeciendo las tasas de paro más elevadas de Europa? ¿es razonable incentivar la inmigración ilegal con los graves riesgos que esta supone para las personas que emigran?
Por desgracia, ninguna de estas consideraciones se recoge en las declaraciones de la mayoría de los obispos. En todo caso creemos que estamos ante un obsceno caso de clericalismo: quienes deben posicionarse sobre temas “mundanos” en su aplicación práctica son los laicos. Y bastaría con que los obispos recordasen la necesidad de velar por el Bien Común y la dignidad de toda persona a la hora de discernir cómo abordar cristianamente la inmigración.










