Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Se trata de un microrrelato muy conocido, de Augusto Monterroso. Cuando te apuntas a un taller literario, especialmente si trata sobre microrrelatos, te hablan de este. Porque todo el mundo lo conoce en el mundo literario, y es un muy buen ejemplo de lo que debe ser un escrito de este género. Mucha información en poco texto. En este caso, una sola frase.
El microrrelato de Monterroso es bueno y alcanzó mucho éxito. Sin embargo, yo tengo otro mejor. No de mi propia cosecha, sino que aparece en el Evangelio. No se trata exactamente de un microrrelato, ya que forma parte de un texto más largo, pero si lo extraemos de dicho texto funciona perfectamente como un microrrelato. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Como el de Monterroso, el de San Mateo dice mucho en una sola frase. Los Magos habían seguido la estrella, habían recorrido kilómetros y muy probablemente habían pasado calamidades. Tuvieron también que sufrir la pérdida de la estrella, por lo que se encontraron perdidos.
Aunque no nos lo cuenta el Evangelio, podemos entender que aquellos hombres se sometieron a un viaje lleno de aventuras, incomodidades, dificultades, alegrías, esperanzas y desesperanzas, decepciones… Podemos imaginar que su viaje estuvo perfectamente a la altura de las aventuras de Bilbo Bolsón en el Hobbit y de su sobrino Frodo en el Señor de los Anillos. Y de lo que estamos seguros es de que superaron todos los obstáculos del camino, se sobrepusieron a todas las adversidades, perseveraron en su empresa, y finalmente obtuvieron la recompensa.
Es un relato que podemos aplicar fácilmente a nuestra vida. Desde que nacemos iniciamos un peregrinaje hacia la Casa del Padre. Esa, al final, es nuestra empresa más importante en esta vida. Es más, me atrevo a decir que es La Empresa, la única. Todo lo demás son circunstancias que nos acompañan en el camino. Pero lo verdaderamente importante es llegar a la meta, porque, en frase atribuida a Santa Teresa de Jesús, al final de la vida, el que se salva sabe, y el que no, no sabe nada.
Los Magos buscaron a Dios, y no pararon hasta encontrarlo. El Rey del que hablaban los profetas resultó ser un Niño pequeño, un Bebé indefenso, su palacio un establo, su corte un buey y una mula. Pero los Magos supieron que ese Niño era Dios, y cayeron postrados de hinojos ante Él. Porque si uno busca a Dios acaba encontrándolo, y cuando lo encuentra lo adora. No queda otra que ponerse de rodillas y adorar, porque desde que nacemos llevamos inscrita en el corazón esa profunda sed de Él.
Buscar, encontrar, amar, al final son tres pasos del mismo camino. Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo, escribió San José María Escrivá de Balaguer en el punto 382 de Camino. Son tres etapas clarísimas -continúa el santo-. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera? Y es que como nos dijo el propio Jesucristo, el que busca encuentra. No es posible buscar a Dios y no encontrarlo, si se le busca con sinceridad, porque Él mismo está deseando dejarse encontrar. De hecho, suele hacerse el encontradizo, tal es su deseo de habitar en nuestro corazón.
También cabe la posibilidad de oír hablar de Cristo y darle la espalda, huir de Él, mirar para otro lado, hacer como que no existe y vivir como si no existiera. De alguna manera, matarle, como trató de hacer Herodes. Pero entonces el alma se muere también, la luz que nos guía se apaga y nos sumimos en la más profunda oscuridad, la vida se hace triste, porque una vida sin Dios es una vida sin sentido.
El relato de Mateo nos acaba diciendo que, después de adorar al Niño y presentarle sus ofrendas, los Magos se volvieron por otro camino. El encuentro con Dios debe impulsarnos a ello, a seguir nuestra vida por otro camino. Si uno se encuentra con Cristo y su vida no cambia, es que ese encuentro ha sido superficial, no ha sido un encuentro sincero. Encontrar a Dios debe interpelarnos e impulsarnos a un cambio radical. No se puede seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido, no puede seguir todo igual.
Que el relato de los Magos nos ayude a comenzar este año un camino hacia Dios, un camino sincero que ponga patas arriba nuestra vida y la cambie de arriba a abajo. Él, seguro, no nos defraudará, ocurra lo que ocurra. Siempre estará allí… como el dinosaurio de Monterroso. Aunque no lo veamos. Y, a diferencia del dinosaurio, no se extinguirá, sino que podremos, si le dejamos guiarnos, vivir con Él eternamente en el Paraíso. Y quién sabe si por las praderas del Cielo pastarán los dinosaurios.
Si uno se encuentra con Cristo y su vida no cambia, es que ese encuentro ha sido superficial, no ha sido un encuentro sincero. Compartir en X







