La neutralidad educativa es manifiestamente una falsa libertad

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El ser humano no solamente es un compuesto biológico o un conglomerado orgánico y químico, no. Al mismo tiempo comporta una proyección social, una dimensión moral y una vis intelectual. En la actualidad, hay padres que practican una falsa neutralidad instructiva a la hora de educar a sus hijos en sus propias convicciones, alegando en su descargo que estos deben elegirlas “libremente” cuando ya sean mayores.

Es cierto que, en demasiadas ocasiones, la corrección política trae como causa una burla del aprendizaje y una sumisión a la educación tan progre como desnaturalizada. Los hijos, dentro del seno familiar, suponen una responsabilidad ineludible respecto a sus padres. No es coherente que estos inculquen a aquellos gustos relativos a ciertos deportes y a otras aficiones, o les orienten en normas de conducta acerca de la salud y de la higiene, por ejemplo, y al mismo tiempo abdiquen de formarlos en aspectos tan fundamentales como son los éticos y los espirituales.

Ante una reinante ideología inicua, relativista y nihilista, la cual crece en medio de nuestras sociedades como cizaña que daña el trigo, se debe ejercer, comprometidamente, la libertad de educar a los hijos en aquellos valores que obedecen a la búsqueda de la verdad, en aras de discernir entre el bien y el mal. Es imposible no tomar partido en aquellas cuestiones trascendentales que inciden en el desarrollo paulatino de los hijos, pues de otra forma, sería el albur y el libre albedrío de la coyuntura social quienes suplantaran la función más elemental de los padres, que no es otra que la de educar.

En el ámbito escolar, apelando a la libertad de enseñanza, el ideario del centro y el talante del formador de personas, que es el profesor, no pueden exhibir una imparcialidad académica, puesto que su forma de expresarse, de enseñar, de relacionarse con los alumnos obedece a una visión antropológica y moral concretas. Educar en valores no es desnaturalizar la libertad de elección, bien al contrario, es fomentar una recta conciencia precisamente para preservar y asegurar la eficacia del ejercicio firme de la libertad.

No olvidemos que la familia es el espacio por excelencia para formar en libertad, por tanto, no se debe delegar toda la educación en manos ajenas, antes bien, se debe complementar y programar una educación conjunta con los centros escolares. Con todo, el aprendizaje de los hijos depende en gran medida del comportamiento de los padres, es decir, de la coherencia en las formas de actuar. Por tanto, es recomendable que a edades muy tempranas se eduque en principios que hunden sus fundamentos en la verdad, huyendo de los eufemismos intolerantes de quienes, enarbolando banderas libertarias, pretenden ideologizarlo absolutamente todo.

Los niños no pueden elegir aquello que no conocen. En base a esta afirmación, lo que verdaderamente inspira seguridad es, desde los inicios, marcar el camino que otorga valor a la vida, un abanico de posibilidades reales que conducen al bien. Renunciar a influir en la educación de los hijos es un falso respeto y una fingida tolerancia. La toma de decisiones es constante en el tránsito de la vida, de ahí que ayudar a construir una conciencia definida sea el mejor recurso para poder acertar con éxito en la toma de decisiones futuras.

Con esfuerzo y disciplina se puede conseguir que los menores sean capaces de lograr metas sin esperar a ser adultos aborregados. Si cerramos la puerta de la cultura, del conocimiento; si hacemos de la neutralidad parental un eje educacional irresponsable, el caos y el desorden están servidos. Cuando la esfera familiar funciona, cuando la escuela exige, cuando se anima al sentido común, el potencial social funciona.

En hogares donde los padres se preocupan de sus hijos, donde se les arropa y se respira tranquilidad porque existe una estabilidad matrimonial entre los cónyuges, el éxito está prácticamente garantizado. Esta aserción puede no estar de moda, se puede entender como no inclusiva, ni abierta, ni liberal, pero es lo que la estadística afirma con rotundidad. Un país que diluye la educación, falsea la moral y deteriora las relaciones humanas, sin adoptar un modelo que contribuya a forjar la integridad personal, es un país abocado al fracaso.

Si aspiramos a cambiar el mundo, si queremos sembrar paz y concordia, si esperamos construir una cultura que acredite nuestra condición humana pensante, crítica y condescendiente, no habrá más remedio que cultivar nuestro interior, la parte más honda de nuestro ser para, una vez fortalecida y bien cimentada, volcar en la sociedad las buenas prácticas y los benéficos modales que dan prestigio y altura a aquella.

Se puede afirmar que tener una educación adecuada y conveniente no es que sencillamente sea bueno; además, es rotundamente necesario. Sin un juicio sensato y profundo de lo que corresponde y lo que no es deseable, en el ámbito del comportamiento humano, la convivencia se hace muy dificultosa y la beligerancia constante. La buena educación no solamente comporta un cúmulo de conocimientos o amabilidad, deferencia y buen trato con los demás, asimismo también se orienta a realizar las tareas cotidianas y las actividades más variadas (laborales, domésticas, etc.) con rectitud y honestidad.

Al entender que salvaguardar la dignidad de las personas es el antídoto contra la destrucción humana, entonces comprendemos que ni el estatus social, ni los títulos académicos, ni condición material alguna pueden quebrar a aquella. Cuando vemos en cada individuo esa dignidad, que es inmanente e irrenunciable, no hay lugar para tratar con malas artes a nuestros semejantes. Debemos erradicar el anonimato social que han creado las nuevas tecnologías y desterrar aquellas ideologías sectarias que socavan las virtudes que se elevan por encima de modas tan efímeras como inicuas.

Cuando el relativismo moral se propaga en nombre de la (aparente) libertad y de la (ficticia) tolerancia en virtud de la neutralidad, los derechos fundamentales se relativizan también, abriendo la puerta al totalitarismo ideológico. Sin búsqueda de la verdad, el aprendizaje, la educación y la convivencia social pasan a ocupar un puesto marginal, quebrando de este modo la dignidad humana. Por consiguiente, el mito de la educación neutral de los padres hacia los hijos debe ser extirpado.

Cuando el relativismo moral se propaga en nombre de la (aparente) libertad y de la (ficticia) tolerancia en virtud de la neutralidad, los derechos fundamentales se relativizan también, abriendo la puerta al totalitarismo ideológico. Compartir en X

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