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La normalización del cristianismo: una reflexión sobre el “renacer” de la fe

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Desde hace algunos meses se está produciendo un interesante debate acerca del resurgir del cristianismo en el secularizado mundo occidental y, más particularmente, en España. Seguramente no hace falta repetir la lista de acontecimientos que han dado pie a esta intuición, bastando con recordar la tríada formada en 2025 por el éxito de la película Los domingos, el impacto de Rosalia con Lux, y los estadios abarrotados gracias a Hakuna. Pero, recién estrenado 2026, también se podría aludir al último tema de La Oreja de Van Gogh, o a otro evento multitudinario en Vistalegre, El Despertar, que hace poco reunió a intelectuales de la talla de Juan Manuel de Prada, Jacques Philippe o Fabrice Hadjadj; y que fue reseñado en la portada de ABC y en Antena 3.

Algunos creen que todo lo anterior es una moda pasajera, que puede hacer más daño que bien, mientras que otros lo consideran una evidencia del resurgir del catolicismo.

También hay quienes perciben más bien un retorno de la “espiritualidad” -que adopta la forma de lo católico para adaptarse a la tradición española, no por convicción-, e incluso quienes directamente acuden a las estadísticas -eso sí, las de Tezanos y compañía- para negar algún cambio.

Como historiador, entiendo que los procesos sociales ocurren muy lentamente, y que es excesivamente pronto para saber si existe o no un auténtico renacer del cristianismo y de la fe. Por ello no entraré en este tema, sino en otra cuestión que creo que sí se puede constatar de forma evidente, y que es en todo caso una de las causas que han hecho posible este plausible retorno de lo católico. Me refiero a la normalización de la fe, que considero el resultado de dos dinámicas, una material y otra espiritual. La primera es la revolución tecnológica, que ha roto el monopolio de la información que han acaparado durante mucho tiempo los enemigos del cristianismo; y la segunda el fin de lo que, sin pretender ser irreverente, me atrevería a llamar una “falsa teología de la culpa” y una “pánfila pastoral del complejo”, defendidas ambas por una parte de la Iglesia Católica. A continuación expondré estos elementos.

El contexto que vivimos ha roto el monopolio informativo del que ha gozado el poder político y cultural durante mucho tiempo. Antes de la irrupción de internet, lo que existía en todo el mundo era un pluralismo limitado, en tanto que solamente los poderosos podían difundir información y, así, condicionar la percepción de las personas que la recibían. Formalmente, cualquiera podía fundar un medio de comunicación; pero en la práctica, solamente unos pocos periódicos y canales de radio y televisión tenían relevancia. Su poder informativo se derivaba del poder económico y/ o del poder político que los sustentaba. Desde estos medios, y asimismo a través de las universidades y revistas académicas, se difundió el mito de la secularización. Esto es, la idea de que, de forma inexorable e irrevocable, la sociedad se está descristianizando y los católicos son una minoría. Los pocos que existen serían una reliquia, en el mal sentido de la palabra, que más tarde o más temprano estaría llamada a desaparecer.

Ciertamente, ha descendido enormemente la práctica religiosa durante las últimas décadas, y asimismo lo ha hecho la influencia social de la Iglesia. Pero si me atrevo a definir la secularización como un mito es por dos cosas: no supone algo inevitable y tampoco es un fenómeno espontaneo.

Esto es, el poder ha contribuido decisivamente a la descristianización activa de la sociedad. No solamente a través de la ingeniería social desplegada desde las leyes del poder político, sino también mediante la ingeniería perceptiva impuesta por el poder mediático.

Es decir, la percepción de la realidad se configura desde la experiencia personal y a través de las ideas. Lo que ocurre es que, durante décadas, se han difundido ideas destinadas a lograr que las personas sin experiencia de la Iglesia perciban que los católicos apenas existen, y que sus sacerdotes son seres malvados preocupados por el dinero y encubridores de crímenes como la pederastia.

Mientras tanto, la “minoría” formada por los millones de católicos españoles veía que lo que decían los medios de comunicación no casaba con su experiencia, porque los sacerdotes que conocían eran en su mayoría buenos (incluso santos), y en tanto que acudían a parroquias o participaban de movimientos vivos y a veces vibrantes. Pero no lo podía percibir así la “mayoría” de no católicos o indiferentes, que sin tener contacto con esos núcleos de Cristiandad no se enteraba de su existencia. Ha sido la ruptura del monopolio informativo permitido por internet lo que ha paralizado esta dinámica, pues desde hace unos diez años se ha “normalizado” la existencia de los católicos ante millones de personas. En música, lo “normal” hace unas décadas era lo que sonaba en las emisoras de radio; ahora mismo es lo que se descarga en Spotify, donde por poner un ejemplo sonado, Hakuna tiene cabida y llega a los no católicos. Lo mismo en otros temas, como la difusión de videos de apologética en YouTube, o la “viralización” de testimonios y experiencias de conversión a través de X y otras redes sociales.

Incluso se han formado comunidades digitales que, si bien nunca podrán sustituir a la comunión de los santos, ayudan a quienes viven su fe aisladamente en entornos hostiles a ser conscientes de ella.

Tal vez habría que preguntarse, como hizo en 2020 Diego Garrocho desde El Mundo, dónde están los intelectuales cristianos. Es decir, por qué si la Iglesia ha contado durante todos estos años con medios de radiodifusión, escuelas y universidades, no ha sido capaz de normalizar su mensaje y evangelizar; habiendo sido necesaria la llegada de las redes sociales para hacer presente su mensaje de forma socialmente efectiva. Parte de estas reflexiones me las ha sugerido la lectura de El declive de la Iglesia en España (2025), donde Antonio Martín Puerta sostiene dos tesis. Una que ya he indicado más arriba, a saber, que la secularización vivida por España desde el siglo XIX y que llega hasta la actualidad no es espontánea, sino impulsada activamente por el Estado y sus agentes laicistas. Y otra igualmente importante, que la Iglesia ha sido incapaz de convertir la educación en cultura, en el sentido amplio del término. Con esto conecta el otro aspecto, en el que me centraré ahora.

Indicaba más arriba la existencia de una “falsa teología de la culpa”. Con esto no me refiero a una corriente teológica conscientemente desarrollada a través de tratados y libros, y mucho menos a una doctrina bien fundamentada en el magisterio de la Iglesia (por eso es “falsa teología”). Más bien, a una actitud asumida de forma acrítica y casi inconsciente por una gran parte de los católicos, consistente en definir la relación de la Iglesia con la Historia en términos de una culpabilidad perpetua. Su resultado es la obsesión por pedir perdón, buscando constantemente la absolución del mundo y, posteriormente, si acaso su conversión.

Es decir, desde hace décadas una parte de la Iglesia es incapaz de abrir un debate si antes no se ha disculpado por algo, ya sea la Inquisición, la Reconquista, las Cruzadas, la oposición al Estado liberal, el apoyo a Franco, los pederastas…El resultado es una auténtica “pastoral del complejo”, porque educadores y creadores de opinión católicos se esfuerzan por recordar a sus correligionarios, una y otra vez, que por un pasado supuestamente malvado no pueden mirar al mundo con orgullo o al menos normalidad.

Evidentemente, esto es una simplificación, pero que creo que refleja en gran medida la relación de la Iglesia con su propia historia, y el modo según el cual los fieles la han entendido. Para constatarlo, basta analizar el contenido de los libros de texto de muchos colegios católicos, en Historia e incluso en Religión.

No creo que esta dinámica sea una simple herencia del franquismo, como a veces se dice, aunque sin duda la simplificación de su relación con el catolicismo haya tenido influencia. Existe también un factor internacional, derivado del proceso de deconstrucción cultural iniciado en los años sesenta, y que ha llegado hasta la actual ideología Woke. Según su planteamiento, todo lo que forma parte de la identidad occidental es malvado. Y la religión católica, como pilar de Occidente, es perpetuamente culpable y no puede entrar en el debate público sin el permiso de los guardianes de la “verdad” oficial.

En este sentido, si de forma inconsciente se asume esta teología y difunde aquella pastoral es, de nuevo, porque de forma consciente se ha impuesto desde el poder una narrativa muy concreta: la Leyenda Negra contra la Iglesia católica. Una Leyenda Negra que también se está rompiendo, porque comenzó a deconstruirse en cuanto a su proyección en lo que supone la obra más grande del catolicismo español: la Hispanidad. Muy atrás quedan los años en los que reivindicar la evangelización de América suponía un anatema laico. Desde que Elvira Roca Barea publicó Imperiofobia y leyenda negra en 2016, no han dejado de sucederse los libros, congresos, documentales…que han normalizado la defensa de la Hispanidad. Cierto es que todavía existen muchísimos negrolegendarios, pero desde hace unos diez años es “normal” que en una conversación entre amigos o en un programa de televisión se reivindique la obra de la España católica en América. Y nótese, al respecto, que fue una agnóstica, que a veces se ha mostrado anticatólica incluso, la que inició con su libro esta revolución en la percepción común, evidenciando una vez más que Dios escribe recto por renglones torcidos.

Gracias a este movimiento que se ha proyectado en otros aspectos de la historia de la Iglesia, los católicos han comenzado a abandonar el complejo por su pasado y reivindican abiertamente unas luces que, sin duda, sobrepasan con mucho a las sombras que también hay.

Y por ello, pueden manifestar su fe en 2026 sin tener que excusarse en todo momento por la Inquisición o haciendo alarde de su “modernidad”. Simplemente, viviéndola con naturalidad.

En definitiva, aunque creo que es pronto para ver si realmente existe un resurgir de la Iglesia, lo que sí se puede constatar es que ser católico se ha normalizado. Normalizado no en el sentido de que sea la norma en la sociedad, ni mucho menos que los creyentes se hayan adaptado a los antivalores de la sociedad postcatólica. Pero sí en tanto que muchos fieles han perdido el complejo y sentimiento de culpa que habían impuesto a la Iglesia sus enemigos, siendo así más habitual manifestar la fe en medio del mundo. Los que he señalado más arriba no son, ni mucho menos, los únicos factores que lo han permitido; pero sí se han encontrado entre ellos. Tampoco implica negar los aspectos negativos en la Iglesia, pero sí ubicarlos en su lugar sin sobredimensionarlos, para partir del principio de realidad y no de una percepción que falsea tanto el pasado como el presente e impide avanzar hacia el futuro.

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