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La tercera venida

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Es habitual pensar que nuestra realidad es compleja. Vivimos instalados, en fin, en la convicción de que todo va mal. Basta con encender la televisión por la mañana o deslizar el dedo por cualquier red social para confirmarlo: crisis, guerras, decadencia política y confusión moral. Nuestro tiempo parece un lugar inhóspito, una sala de espera eternizada en la que Dios, si alguna vez estuvo, ya no se deja ver. Y, sin embargo, el cristianismo nunca ha creído en un Dios ausente de la historia. Al contrario: creemos en un Dios que la habita. ¿Qué nos ha pasado?

No es cuestión de recobrar ahora una tonta ilusión, instalarnos en el «todo va fenomenal» e ignorar los desafíos de nuestros días, pero basta con afinar la mirada para comprobar que la realidad que nos rodea no es un error ni un paréntesis desgraciado entre dos momentos verdaderamente importantes. Nuestra realidad es providente. Todo lo que nos rodea −si sabemos mirarlo− merece nuestro canto, porque Dios no ha dejado de hacerse presente. El problema no es la ausencia de Dios, sino la falta de atención del hombre. Tomemos prestado ese aforismo de Julio Llorente: «No hay vidas monótonas; sólo miradas superficiales».

San Bernardo de Claraval expresó esta verdad con una claridad luminosa al recordar que Cristo no viene sólo dos veces. No hay únicamente una primera venida, humilde y silenciosa en Belén; ni sólo una segunda venida gloriosa, al final de los tiempos. El cisterciense escribió en sus comentarios que la Iglesia fundamenta su esperanza en una tercera venida, una venida intermedia: Cristo viene hoy. Ahora. Cada día.

Esta intuición lo cambia todo. Porque creemos que Cristo está vivo, nuestra fe no se puede basar sólo en la primera venida −pues sería una fe del pasado, construida sobre un hecho histórico concreto que ya ha concluido− ni tampoco sólo en la segunda venida −pues sería una fe del futuro, huidiza con el hoy, utópica, escapista, cimentada en un hecho histórico concreto que todavía no ha tenido lugar−. In medio virtus: el católico está llamado a creer en esta tercera venida y a vivir toda su vida en mentalidad de Adviento: Dios viene cada día.

Benedicto XVI, profundo conocedor de las bendiciones de nuestro tiempo, recogió en numerosas ocasiones estas palabras de San Bernardo, tanto en homilías como en discursos, y las desarrolló con su habitual profundidad −ahora Ediciones Encuentro ha publicado en «El Señor nos lleva de la mano» una colección de sus homilías inéditas−.

Ratzinger comprendió que esta tercera venida no es un falso consuelo, sino un hecho que se concreta en la historia y en nuestra vida de tres maneras muy precisas.

La primera es la Palabra de Dios. Siempre antigua y siempre nueva, Benedicto XVI nos recuerda en sus homilías que, aunque escrita hace siglos, está dirigida a los hombres de cada época. El Evangelio no es un recuerdo piadoso de aquel hombre excepcional ni un texto arqueológico: es la buena noticia de hoy. Así, mejor nos iría si cada mañana abriésemos sus páginas como lo hacemos con los periódicos, tan vehementes en su catastrofismo. Los católicos creemos que Dios se hace presente en nuestra rutina cuando acudimos a su Palabra, cuando nos dejamos interpelar por ella, cuando escuchamos de verdad lo que nos dice.

La segunda forma de esta venida, sigue Ratzinger, es sacramental. El Cristo de Belén y el Cristo de la Parusía viene hoy en los sacramentos −qué evidente se hace esta llegada en la Eucaristía−. Por eso la Misa es el sacramento más propio del Adviento y por eso, también, yendo a Misa en julio se puede vivir perfectamente el Adviento en medio del verano. Esta mirada adventual puede sostener nuestra esperanza en medio de las tribulaciones de nuestros días. Los sacramentos son, de este modo, la forma de ir al encuentro de aquel que viene a nuestro encuentro durante todo el año.

La tercera forma es la historia. Dios viene en la historia concreta, a través de acontecimientos, personas, procesos, incluso crisis. En aquellas homilías discretas Benedicto XVI puso ejemplos muy diversos: desde la vida de San Francisco o de Santo Domingo hasta acontecimientos decisivos como la caída del muro de Berlín, que él mismo vivió como un signo histórico. Cristo viene en lugares concretos, rostros insospechados y episodios a veces indescifrables. Ratzinger recordaba a menudo cómo, gracias a la labor fecunda de San Benito, nació Europa como un continente cimentado sobre la fe. Cristo vino en él.

Pero esta tercera venida en la historia no se limita a los grandes hitos de las enciclopedias. Es también y sobre todo una venida en nuestra historia personal. No es sólo que venga a la Iglesia, sino que habita en nuestro corazón. En cierto modo todos hemos experimentado esos momentos −una conversación con un amigo, una comunión vivida con recogimiento, un rato de oración, un abrazo con tu madre, un presentimiento inesperado de paz− en los que Dios se hace presente en nuestra vida concreta. ¿Acaso no lleva buscando posada desde hace siglos?

Con estos mimbres, al fin, el católico está llamado a disfrutar del Adviento como un tiempo de especial bendición. No como una espera vacía en que Cristo vendrá vaya usted a saber cuándo, sino como una constatación gozosa de que el Señor no deja de venir a la tierra y de bendecir nuestro tiempo. Basta con afinar un poco la mirada, decíamos al principio, para descubrir que llevamos veintiún siglos de Adviento esperando al que no deja de venir cada día.

Ratzinger comprendió que esta tercera venida no es un falso consuelo, sino un hecho que se concreta en la historia y en nuestra vida de tres maneras muy precisas. Compartir en X

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