El derecho a no emigrar
El concepto de derecho humano en la doctrina católica poco tiene que ver con los derechos humanos concebidos por el pensamiento ilustrado, tal y como aparecen en las Declaraciones Universales de Derechos. En la teología católica, los derechos de los hombres se predican de la naturaleza humana y se corresponden con lo que es bueno para el hombre. Como la naturaleza humana es inmutable, los derechos también lo son. Además, todo derecho implica un deber correlativo. Por eso, no podemos equivocarnos al proclamar los derechos del hombre, porque en el momento que se proclaman, personas e instituciones están obligadas a respetarlos. Si el derecho proclamado es un falso derecho, personas y leyes estarán respetando[1] algo erróneo y, por lo tanto, negativo para el ser humano y el bien común.
En el pensamiento ilustrado, antropocéntrico, los derechos se determinan por la voluntad, no por la razón. Como la voluntad es voluble, acomodaticia y manipulable, viene a resultar que los derechos son cambiantes dependiendo del tiempo y lugar.
El derecho a no emigrar se enmarca en el bien de la persona. Emigrar implica con facilidad desapego familiar y desarraigo nacional, con todas las consecuencias que de ello se podrían derivar: incertidumbre (riesgo de discriminación), soledad, inseguridad (barreras idiomáticas), desprotección (trabajos inestables, penosos y mal pagados), y hasta deterioro físico y mental (ansiedad, miedo, trabajos que nadie quiere, devaluación profesional o condiciones de vida precarias). Aunque todo cuanto acontece misteriosamente perfecciona al ser humano, en general es más favorable al bien del ser humano que nadie tenga necesidad de abandonar su patria y su familia.
Decía el Papa Francisco que «lo ideal sería evitar las migraciones innecesarias y para ello el camino es crear en los países de origen la posibilidad efectiva de vivir y de crecer con dignidad, de manera que se puedan encontrar allí mismo las condiciones para el propio desarrollo integral. Pero mientras no haya serios avances en esta línea, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar donde pueda no solamente satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también realizarse integralmente como persona»[2].
San Juan Pablo II ha reivindicado este derecho olvidado, el derecho a no emigrar. «Es necesario afirmar el derecho a no emigrar, es decir, a poder permanecer en la propia tierra»[3]. No solo es un derecho de la persona, y como derecho verdadero debe ser respetado y promovido por leyes y Estados nacionales e internacionales, sino que también en un derecho del país originario del emigrante, que pierde con su marcha un patrimonio humano necesario para su prosperidad material y humana.
En la misma dirección, Benedicto XVI enseñaba que «en el actual contexto socio-político, antes incluso que el derecho a emigrar, hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra, (…). «Es un derecho primario del hombre vivir en su propia patria»[4].
La Iglesia no es ajena al problema económico que explica generalmente la necesidad de la emigración, y que viene determinado por una explotación imperialista de los recursos naturales de los países del llamado Tercer Mundo. Por un neocolonialismo económico de las grandes potencias sobre los países más pobres. Por la ausencia de libertad real de comercio[5], cuando los países ricos imponen a los países pobres condiciones leoninas en la compra-venta de sus mercancías. Por la imposición a los países pobres, con dependencia y deuda externa con los países ricos, de un puesto subordinado en la división internacional del trabajo. Y por la complicidad necesaria de las élites locales, corrompidas y sobornadas por los países más desarrollados. Es lo que Pío XI llamaba el «imperialismo internacional del dinero»[6]. Al subdesarrollo económico, al imperialismo y al deber de los más poderosos de auxiliar a los más pobres, la Iglesia ha dedicado cuatro cartas encíclicas[7].
Juan Pablo II recordaba una realidad incómoda en el occidente opulento: «el verdadero desarrollo no puede consistir en una mera acumulación de riquezas o en la mayor disponibilidad de los bienes y de los servicios, si esto se obtiene a costa del subdesarrollo de muchos, y sin la debida consideración por la dimensión social, cultural y espiritual del ser humano»[8]. Un subdesarrollo de nuestros días que «no es sólo económico, sino también cultural, político y simplemente humano»[9].
San Juan Pablo II denunciaba que «al lado de los hombres y de las sociedades bien acomodadas y saciadas[10], que viven en la abundancia, sujetas al consumismo y al disfrute, no faltan dentro de la misma familia humana individuos ni grupos sociales que sufren el hambre. No faltan niños que mueren de hambre a la vista de sus madres. No faltan en diversas partes del mundo[11], en diversos sistemas socioeconómicos, áreas enteras de miseria, de deficiencia y de subdesarrollo. Este hecho es universalmente conocido. El estado de desigualdad entre hombres y pueblos no sólo perdura, sino que va en aumento. Sucede todavía que, al lado de los que viven acomodados y en la abundancia, existen otros que viven en la indigencia, sufren la miseria y con frecuencia mueren incluso de hambre; y su número alcanza decenas y centenares de millones. (…) Un mecanismo defectuoso está en la base de la economía contemporánea y de la civilización materialista, que no permite a la familia humana alejarse, yo diría, de situaciones tan radicalmente injustas»[12]. El Papa santo habla de «miseria y subdesarrollo», de «las tristezas y las angustias de hoy, sobre todo de los pobres», de un «vasto panorama de dolor y sufrimiento»[13]
El Papa advierte que «los responsables de la gestión pública, los ciudadanos de los países ricos, individualmente considerados, especialmente si son cristianos, tienen la obligación moral —según el correspondiente grado de responsabilidad— de tomar en consideración, en las decisiones personales y de gobierno, esta relación de universalidad, esta interdependencia que subsiste entre su forma de comportarse y la miseria y el subdesarrollo de tantos miles de hombres»[14].
Porque el problema del subdesarrollo de tantos pueblos obedece a una razón no sólo económica sino también moral. «Es necesario individuar las causas de orden moral que, en el plano de la conducta de los hombres, considerados como personas responsables, ponen un freno al desarrollo e impiden su realización plena. Igualmente, cuando se disponga de recursos científicos y técnicos que mediante las necesarias y concretas decisiones políticas deben contribuir a encaminar finalmente los pueblos hacia un verdadero desarrollo, la superación de los obstáculos mayores sólo se obtendrá gracias a decisiones esencialmente morales, las cuales, para los creyentes y especialmente los cristianos, se inspirarán en los principios de la fe, con la ayuda de la gracia divina»[15].
Podría parecer este lenguaje de la Iglesia equiparable al lenguaje marxista. Sin embargo no es así. Es el planteamiento que hace san Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis. Tal vez sea un lenguaje incómodo para el pensamiento liberal-conservador, pero el destino universal de los bienes, la función social de la propiedad, la subordinación del capital al trabajo o el derecho-deber del Estado a organizar la vida económica para salvaguardar la justicia en el orden social… son algunos de los principios estables de la enseñanza social de la Iglesia.
En cualquier caso, «la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal (…) En efecto, no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo»[16].
El derecho de las naciones a regular el flujo migratorio
La responsabilidad que Dios ha querido entregar a cada ser humano sobre el destino de todos los demás nos hace potenciales corredentores. En el ejercicio de esta misión, el hombre responde al amor de Dios con obras fecundas, porque obras son amores. Entre los fines del hombre, después de atender a las necesidades propias y de la familia, el ser humano tiene deberes también hacia la sociedad. Por eso, «cada país está llamado a una acogida generosa y responsable»[17], pero «compatible con el bien de la propia comunidad»[18].
Este segundo aspecto se refiere al deber de los gobernantes de salvaguardar los intereses nacionales, buscando con generoso esfuerzo la mayor compatibilidad posible entre el bien propio y el bien ajeno.
La Iglesia proclama que la dignidad de la persona es sagrada e inviolable. Proclama también la obligatoriedad de los poderes públicos de cumplir con las exigencias del principio de solidaridad con quienes sufren. Pero las soluciones para armonizar el bien propio con el bien de los más necesitados corresponden a la prudencia de quienes gobiernan.
Efectivamente, al mismo tiempo que la Iglesia reclama actuar, según el principio de solidaridad, a las personas que buscan la santidad y a los Estados que quieren ser justos y en consecuencia legítimos, la Iglesia también enseña también que «los Estados tienen el derecho de regular los flujos migratorios y defender sus fronteras, asegurando siempre el respeto debido a la dignidad de toda persona humana»[19].
El derecho a migrar «para poder forjarse un futuro para sí mismo y para su familia» es, por lo tanto, un derecho humano natural, que implica un deber de acogida para los países de inmigración. Pero este deber se matiza con las palabras «dentro de los límites permitidos por el bien común correctamente entendido»[20].
La Iglesia reafirma el derecho a migrar, pero también menciona con claridad la posibilidad de establecer ciertos límites[21]: «a las autoridades públicas corresponde la responsabilidad de ejercer el control de los flujos migratorios considerando las exigencias del bien común»[22].
El Concilio recuerda los derechos y deberes de los Estados en términos de control de su propia población[23]. En este sentido, decía san Juan Pablo II que «se trata, pues, de conjugar la acogida que se debe a todos los seres humanos, en especial si son indigentes, con la consideración sobre las condiciones indispensables para una vida decorosa y pacífica, tanto para los habitantes originarios como para los nuevos llegados»[24].
San Pablo VI enseña que «los poderes públicos negarían injustamente un derecho humano si se opusieran a la emigración o la inmigración, o si la obstaculizaran, a menos que ello se justificara por razones serias y objetivamente fundadas en relación con el bien común»[25].
Para Benedicto XVI, «estamos ante un fenómeno social que marca época, que requiere una fuerte y clarividente política de cooperación internacional para afrontarlo debidamente. Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino»[26].
Siendo un derecho-deber del Estado regular el flujo migratorio y defender sus fronteras, la Iglesia enseña que un Estado justo de Derecho no puede perder nunca la perspectiva de sus obligaciones con la verdad del hombre en su dignidad sobrenatural. Por ello, «el primer punto de referencia no debe ser la razón de Estado o la seguridad nacional, sino la persona humana»[27]. «Cualquier persona que se presente en una frontera con un temor fundado de persecución tiene derecho a la protección y no debería ser rechazada a su país de origen, independientemente de que haya sido o no formalmente reconocida como refugiada»[28].
Si las políticas y normas relativas a la migración deben salvaguardar tanto «las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes» como «las de las sociedades de destino»[29], es necesario un equilibrio entre libertad, justicia y caridad.
Pío XII buscó esta compatibilidad entre el bien común nacional y el bien común internacional. Esto es, entre los derechos inalienables de todos los seres humanos a participar de la riqueza de la Creación para alcanzar una vida digna, y el derecho-deber de los pueblos a regular el flujo migratorio en sus territorios.
Mientras encontramos con generosidad este equilibrio, la Iglesia insiste en que la balanza está inclinada en favor de la pobreza de los inmigrantes. Porque tienen la razón cuando reclaman su parte alícuota de disfrute de los bienes de la Creación. Y porque buena parte del desarrollo en Occidente se debe al subdesarrollo de otros.
Los deberes de los inmigrantes
Las razones que obligan a la mayoría de los inmigrantes al abandono siempre traumático de sus hogares y de su patria exigen una solución, en responsabilidad compartida, entre inmigrantes y países de acogida. El Papa León XIV ha recordado que los Estados tienen el deber de proteger y acompañar a los migrantes, pero al tiempo animó a los propios migrantes a implicarse activamente en su nuevo entorno, «aprendiendo la lengua, respetando las leyes, conociendo las costumbres y participando en la vida común»[30].
El principio de solidaridad no exime de responsabilidad a quienes emigran. Efectivamente, «la integración es un proceso bidireccional, que exige apertura mutua»[31]. Por ello, «los inmigrantes (…) tienen el deber de integrarse en el país de acogida, respetando sus leyes y la identidad nacional»[32].
Porque «las autoridades civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen a su cargo, pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas, especialmente en lo que concierne a los deberes de los emigrantes respecto al país de adopción. El inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas»[33].
«La acogida debe realizarse siempre respetando las leyes y, por tanto, armonizarse, cuando fuere necesario, con la firme represión de los abusos»[34], sin olvidar que «el dominio de las naciones individuales, aunque debe ser respetado, no puede exagerarse hasta el punto de que, mientras en cualquier parte la tierra ofrece abundancia de sustento para todos, se impida el acceso a extranjeros necesitados y honestos por motivos insuficientes o razones injustas, salvo en el caso de razones de utilidad pública que deben ponderarse con el máximo escrúpulo»[35].
Explotación de la mano de obra inmigrante
Decía monseñor Munilla Aguirre que las contrataciones laborales a los inmigrantes deberían realizarse en el país de origen para evitar la ilegalidad laboral con los inmigrantes indocumentados.
España tiene una enorme tradición emigrante a Europa y América durante el siglo XX. Los españoles que emigraron a Suiza, Francia y Alemania, no pocas veces lo hacían contratados desde España, con las condiciones pactadas. Con ello, se evitaron numerosos problemas imprevistos, se planificó la infraestructura necesaria y se facilitó la integración, se impidió el abuso grosero de los obreros[36].
El abuso de la mano de obra inmigrante es una constante en las economías occidentales. Son trabajadores muchas veces ilegales, obligados por las urgencias y las circunstancias a soportar las peores condiciones de trabajo. La economía moderna está diseñada para favorecer el abuso, en la medida que la vida económica no tiene al hombre como el primero de sus objetivos sino que busca fundamentalmente el lucro y la acumulación.
Durante el pontificado de san Pablo VI, en el documento final del Sínodo de los Obispos de 1971 dedicado a la justicia, ya se hablaba de los emigrantes que «se ven obligados a abandonar su patria en busca de trabajo», y que, «con frecuencia, se ven forzados a llevar una vida precaria o son tratados de manera inhumana»[37].
Las leyes positivas tienen el deber de tratar a los inmigrantes en el ámbito laboral con justicia y equidad, en una ayuda no solo material sino también humana, fraterna[38]: «la misma acogida debe ofrecerse a los trabajadores emigrados, que viven muchas veces en condiciones inhumanas, ahorrando de su salario para sostener a sus familias, que se encuentran en la miseria en su suelo natal»[39].
Es importante que «el hombre, que trabaja fuera de su país natal, como emigrante o como trabajador temporal, no se encuentre en desventaja en el ámbito de los derechos concernientes al trabajo respecto a los demás trabajadores de aquella determinada sociedad. La emigración por motivos de trabajo no puede convertirse de ninguna manera en ocasión de explotación financiera o social»[40].
«La protección no es una concesión que se hace al refugiado: él no es un objeto de asistencia, sino un sujeto de derechos y deberes»[41]. «El interés por ayudar a los refugiados –sentido también como una obligación moral de aliviar el sufrimiento ajeno– a veces choca con el temor a un crecimiento excesivo de su número y al encuentro con otras culturas que pueden alterar los esquemas de vida de los países de acogida»[42].
En efecto, «las instituciones de los países que reciben inmigrantes deben vigilar cuidadosamente para que no se difunda la tentación de explotar a los trabajadores extranjeros, privándoles de los derechos garantizados a los trabajadores nacionales, que deben ser asegurados a todos sin discriminaciones. La regulación de los flujos migratorios según criterios de equidad y de equilibrio es una de las condiciones indispensables para conseguir que la inserción se realice con las garantías que exige la dignidad de la persona humana. Los inmigrantes deben ser recibidos en cuanto personas y ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social. En este sentido, se ha de respetar y promover el derecho a la reunión de sus familias. Al mismo tiempo, en la medida de lo posible, han de favorecerse todas aquellas condiciones que permiten mayores posibilidades de trabajo en sus lugares de origen»[43]. La Iglesia exige «convenientes medidas legislativas para acabar con fenómenos vergonzosos de explotación, sobre todo en perjuicio de los trabajadores más débiles, inmigrados o marginales»[44].
Subdesarrollo e imperialismo
Pero «no basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae solo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?»[45]. La Iglesia se refiere con estas palabras a las estructuras de pecado que vulneran el destino universal de los bienes.
Por eso, «este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; y para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas»[46].
La Iglesia ha enseñado muchas veces cuáles son los principios básicos inspiradores de las soluciones al problema «grave y urgente» del subdesarrollo[47]. San Juan XXIII habló por primera vez del bien común internacional[48]. Y el Concilio estableció dos principios generales al respecto del desarrollo económico: debe estar al servicio del hombre y bajo control del hombre[49].
San Pablo VI puso límites al derecho de propiedad: «todo hombre tiene el derecho de encontrar en ella (la Creación) lo que necesita»[50], porque la Creación es para todos los hombres. Explica el Papa que todos los derechos económicos están subordinados a esta exigencia, incluyendo el mercado y el comercio libre.
La propiedad no es un derecho incondicional y absoluto, y no hay derecho a retener lo que no es necesario cuando a los demás les falta lo imprescindible. Lo que Dios ha regalado a todos está siendo explotado solo por algunos en una especie de apropiación indebida: lo que reclaman los pobres no es algo nuestro sino suyo[51].
El Papa por ello señala que no basta con remediar el hambre y la miseria d ellos pueblos subdesarrollados, sino que es necesaria una transformación profunda de la sociedad internacional para que la solución no sea un parche provisional, sino un cambio estructural y estable[52].
San Juan Pablo II denunció en este sentido las omisiones de los poderosos, la organización económica internacional con rígidos mecanismos de funcionamiento que solo favorecen al estatus de los ricos, la deuda internacional que ahoga a los pobres y hace más ricos a los ricos, el neocolonialismo, y el falso problema demográfico[53].
Estas «estructuras de pecado» son expresión social e institucional del pecado del hombre, fuente de todos los males[54]. San Juan Pablo II enseña que es urgente la reforma del sistema internacional de comercio, cuyo proteccionismo condena a los países pobres a la miseria, marginando sus productos. Se trata de acabar con una división internacional del trabajo impuesta por regímenes corruptos o por el chantaje de la deuda externa, que obliga a vender la producción especializada a precios bajos para enriquecimiento de intermediarios innecesarios.
También son necesarias la reforma del sistema monetario y financiero, que modifica tipos de interés y precios a interés de los poderosos, y la reforma del orden jurídico internacional y sus instituciones, cuyo funcionamiento ha demostrado que no busca el bien común internacional sino perpetuar los privilegios institucionalizados[55]. Son los frutos de un sistema económico capitalista que san Pablo VI calificó como «nefasto»[56].
La inmigración, una oportunidad de oro para la evangelización
El fenómeno migratorio ofrece una oportunidad magnífica a la Europa cristiana, muy especialmente a España, que ha recorrido durante siglos todo el planeta cumpliendo el encargo de Cristo a los hombres y a los pueblos bautizados: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»[57]. Si la España de nuestro tiempo fuese la España auténtica, ese ímpetu histórico para evangelizar otros continentes se convertiría en celo apostólico por la evangelización de los extranjeros que vienen a España[58].
« El actual fenómeno migratorio es también una oportunidad providencial para el anuncio del Evangelio en el mundo contemporáneo. Hombres y mujeres provenientes de diversas regiones de la tierra, que aún no han encontrado a Jesucristo o lo conocen solamente de modo parcial, piden ser acogidos en países de antigua tradición cristiana. Es necesario encontrar modalidades adecuadas para ellos, a fin de que puedan encontrar y conocer a Jesucristo y experimentar el don inestimable de la salvación, fuente de “vida abundante” para todos (cf. Jn. 10, 10); a este respecto, los propios inmigrantes tienen un valioso papel, puesto que pueden convertirse a su vez en “anunciadores de la Palabra de Dios y testigos de Jesús resucitado, esperanza del mundo”»[59].
«La urgencia de socorrer a los emigrantes en las precarias situaciones en que a menudo se encuentran no debe frenar el anuncio de las realidades últimas, en las que se funda la esperanza cristiana. Evangelizar es dar a todos razón de nuestra esperanza»[60]. «Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres»[61].
«La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio. (…) Este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización. Son posiblemente las primeras preguntas que se plantearán muchos no cristianos, bien se trate de personas a las que Cristo no había sido nunca anunciado, de bautizados no practicantes, de gentes que viven en una sociedad cristiana pero según principios no cristianos, bien se trate de gentes que buscan, no sin sufrimiento, algo o a alguien que ellos adivinan pero sin poder darle un nombre. Surgirán otros interrogantes, más profundos y más comprometedores, provocados por este testimonio que comporta presencia, participación, solidaridad y que es un elemento esencial, en general al primero absolutamente en la evangelización. Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores. Se nos ocurre pensar especialmente en la responsabilidad que recae sobre los emigrantes en los países que los reciben»[62].
«Y, sin embargo, esto sigue siendo insuficiente, pues el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado —lo que Pedro llamaba dar “razón de vuestra esperanza”—, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios»[63].
Recordando la evangelización de los pueblos bárbaros, que fueron romanizados y cristianizados dando vida a una nueva Roma, a España, al Sacro Imperio Romano germánico, a la Cristiandad, «las migraciones pueden dar lugar a posibilidades de nueva evangelización, a abrir espacios para que crezca una nueva humanidad, preanunciada en el misterio pascual, una humanidad para la cual cada tierra extranjera es patria y cada patria es tierra extranjera»[64].
[1] Los falsos derechos humanos exigen categoría de verdadero derecho, y por lo tanto, reclaman respeto social, estima, financiación, enseñanza en las escuelas…, en una especie de teatro, entre orgulloso y patético, que se intenta convencer a sí mismo de la identidad entre deseo y realidad. [2] FRANCISCO, Fratelli tutti, n. 129. [3] Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante, 1996. [4] BENEDICTO XVI, Discurso al IV Congreso mundial de las Migraciones, 1998). Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado, 12 de octubre de 2012. [5] «Es de desear que naciones de una misma área geográfica establezcan formas de cooperación que las hagan menos dependientes de productores más poderosos; que abran sus fronteras a los productos de esa zona; que examinen la eventual complementariedad de sus productos; que se asocien para la dotación de servicios, que cada una por separado no sería capaz de proveer; que extiendan esa cooperación al sector monetario y financiero» (JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, n. 45). [6] PÍO XI, Quadragesimo anno, n. 109. [7] PABLO VI, Populorum Progressio (1967), JUAN PABLO II, Sollicitudo Rei Socialis (1987), BENEDICTO XVI, Caritas in Veritate (2009), FRANCISCO, Laudato si (2015). [8] JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, n. 9. [9] Ib., n. 15. El Papa denuncia otra forma de imperialismo que consiste en las «políticas antinatalistas» «ante la superpoblación de los Países pobres» mientras faltan «programas de desarrollo cultural y de justa producción y distribución de los recursos» (JUAN PABLO II, Evangelium vitae, n. 16). [10] «Debería ser altamente instructiva una constatación desconcertante de este período más reciente: junto a las miserias del subdesarrollo, que son intolerables, nos encontramos con una especie de superdesarrollo, igualmente inaceptable porque, como el primero, es contrario al bien y a la felicidad auténtica. En efecto, este superdesarrollo, consistente en la excesiva disponibilidad de toda clase de bienes materiales para algunas categorías sociales, fácilmente hace a los hombres esclavos de la “posesión” y del goce inmediato, sin otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de los objetos que se poseen por otros todavía más perfectos. Es la llamada civilización del «consumo» o consumismo, que comporta tantos «desechos» o «basuras». Un objeto poseído, y ya superado por otro más perfecto, es descartado simplemente, sin tener en cuenta su posible valor permanente para uno mismo o para otro ser humano más pobre» (JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, n. 28). [11] San Juan Pablo II, proféticamente, decía que «debería ser una cosa sabida que el desarrollo o se convierte en un hecho común a todas las partes del mundo, o sufre un proceso de retroceso aún en las zonas marcadas por un constante progreso» (Ib., n. 17). [12] JUAN PABLO II, Dives in misericordia, n. 11. [13] JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, n. 6. [14] Ib., n. 9. [15] Ib., n. 35. [16] JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, n. 41. [17] Constitución Apostólica FIDEI DEPOSITUM, Catecismo de la Iglesia Católica, op. cit., n. 2241. [18] Ib. [19] JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2001, n. 13. BENEDICTO XVI, Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado, 27 de septiembre de 2010. [20] JUAN XXIII, Pacem in Terris, n. 106. [21] PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES Y LOS ITINERANTES, Erga migrantes caritas Christi (La caridad de Cristo hacia los emigrantes), 2004, n. 21 y 29. [22] JUAN PABLO II, Ecclesia in Europa, n. 101. [23] CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, n. 87. [24] JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2001, n. 13. [25] PABLO VI, Pastoralis migratorum cura, I, 7. [26] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, n. 62. [27] Ib., n. 58. [28] Ib., n. 61. [29] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, n. 62. [30] LEÓN XIV, Discurso en la Plaza del Cristo de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, Tenerife), 12 de junio de 2026. [31] FRANCISCO, Fratelli tutti, n. 152. [32] JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2001, n. 13. [33] Constitución Apostólica FIDEI DEPOSITUM, Catecismo de la Iglesia Católica, op. cit., n. 2241. [34] JUAN PABLO II, Ecclesia in Europa, n. 101. [35] PÍO XII, Exsul Familia, n. 79. [36] Las remesas de los emigrantes sirvieron para sanear en gran medida la economía española, que se recuperaba lentamente de una guerra civil… [37] PABLO VI, Populorum progressio, n. 17. [38] JUAN PABLO II, Centesimus annus, n. 48. [39] PABLO VI, Populorum progressio, n. 69. También los trabajadores nativos merecen este trato, que en la práctica está muy lejos del ideal. Sucesivas reformas laborales en España han ido todas en detrimento de los intereses de los trabajadores. Es el eterno contraste entre la España oficial y la España real. [40] JUAN PABLO II, Laborem exercens, n. 23. [41] PONTIFICIO CONSEJO COR UNUM/PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES E ITINERANTES, Los refugiados: un desafío a la solidaridad, 1992, n. 11. [42] Ib., n. 16. [43] PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, op. cit., n. 298. CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, n. 66. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1993, nn. 3 y 13; Familiaris consortio, n. 77. PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA, Carta de los derechos de la familia, 22 de octubre de 1983, n. 12. [44] JUAN PABLO II, Centesimus annus, n. 15. [45] LEÓN XIV, Discurso en el puerto de Arguineguín (Mogán, Las Palmas), 11 de junio de 2026. [46] Ib. [47] PABLO VI, Populorum progressio, n. 22. [48] JUAN XXIII, Mater et Magistra, nn. 80-81; Pacem in terris, nn. 80-125. [49] CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, n. 65. [50] PABLO VI, Populorum progressio, n. 22. [51] Ib., n. 23. «Si alguno tiene bienes de este mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo es posible que resida en él el amor de Dios?» (1Jn. 3, 17). [52] PABLO VI, Populorum progressio, nn. 29-34. [53] JUAN PABLO II, Sollicitudo rei sociales, nn. 11-26. [54] Ib., nn. 35-40. [55] Ib., nn. 43-45. [56] PABLO VI, Populorum progressio, n. 26. [57] Mc. 16, 15-20. [58] Sal. 69, 9. Jn. 2, 17. [59] BENEDICTO XVI, Verbum Domini, n. 105. Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado, 21 de septiembre de 2011. [60] 1Pe. 3, 15. JUAN PABLO II, Mensaje para Jornada Mundial del emigrante, 1997. [61] LEÓN XIV, Discurso en la Plaza del Cristo de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, Tenerife), 12 de junio de 2026. [62] PABLO VI, Evangelii nuntiandi, n. 21. «Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros?» (ib). [63] Ib., n. 22. [64] BENEDICTO XVI, Verbum Domini, n. 105. Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado, 21 de septiembre de 2011.









