En un mensaje pronunciado a pocos días del miércoles de Ceniza, el Papa León XIV invitó a los fieles a vivir la próxima Cuaresma como un tiempo de conversión real, centrada en dos actitudes concretas: escuchar la Palabra de Dios y practicar el ayuno. La propuesta, subrayó, no es un ejercicio exterior, sino un camino para “reorientar el corazón” y dejar que Dios transforme la vida desde dentro.
El Pontífice recordó que la conversión cristiana no se reduce a un propósito genérico de mejora personal. “Todo camino hacia la conversión comienza dejando que la Palabra de Dios toque nuestros corazones y acogiéndola con espíritu dócil”, afirmó, vinculando tres pasos inseparables: escuchar, acoger y permitir que esa Palabra produzca una transformación.
Escuchar para reorientar el corazón
La Cuaresma es “una buena oportunidad” para renovar el compromiso de seguir a Cristo, acompañándolo “en el camino hacia Jerusalén”, donde se cumplirá el misterio de su pasión, muerte y resurrección. En esa perspectiva, el Papa insistió en que escuchar no es solo oír: es hacer espacio interior, disponerse a una relación viva.
El acto de escuchar —explicó— expresa el deseo de encontrarse con alguien: por eso, Dios “escucha a sus hijos”, busca implicarlos y desea compartir su Corazón a través de su Palabra. Y esa escucha, vivida en la liturgia, educa también para leer la realidad con verdad: “En medio de las múltiples voces presentes en nuestra vida personal y en la sociedad, la Sagrada Escritura nos ayuda a reconocer y responder al clamor de quienes están angustiados y sufriendo”.
La escucha, por tanto, no se queda en lo devocional. Tiene consecuencias comunitarias: abre los oídos al sufrimiento ajeno y ayuda a discernir qué voces merecen atención en un mundo saturado de ruido, opiniones y polarización.
El ayuno como preparación y purificación del deseo
Junto a la escucha, el Papa presentó el ayuno como “una forma concreta de prepararnos para recibir la palabra de Dios”. Al implicar el cuerpo, el ayuno —dijo— permite reconocer qué deseamos de verdad y qué consideramos imprescindible para sostenernos. En esa línea, señaló varios frutos: ayuda a controlar los apetitos, redirige hacia la justicia, rompe la complacencia y facilita una caridad más responsable.
En apoyo de esta visión, citó a San Agustín para recalcar que el ayuno no achica el corazón, sino que lo purifica y lo ensancha: ordena los deseos y los orienta hacia “Dios y la obra del bien”.
Pero advirtió también del riesgo de convertir el ayuno en motivo de superioridad. Para mantener su carácter evangélico —señaló— es necesario vivirlo “en la fe y en la humildad”, fundamentado en la comunión con el Señor y acompañado de otras formas de abnegación.
Una abstinencia poco apreciada: ayunar del lenguaje que hiere
En uno de los pasajes más concretos del mensaje, León XIV propuso una práctica cotidiana “muy práctica y a menudo poco apreciada”: abstenerse de palabras que ofenden y lastiman al prójimo.
“Comencemos por desarmar nuestro lenguaje”, pidió, exhortando a evitar palabras duras y juicios precipitados; y, de forma explícita, a abstenerse de la calumnia y de hablar mal de quienes no están presentes y no pueden defenderse.
El Papa animó a sustituir el odio por palabras de esperanza, paz y bondad en el trabajo, en conversaciones o debates, en redes sociales, entre amigos y en las comunidades. La Cuaresma, planteó, también se juega en la lengua: en lo que se publica, en lo que se comenta, en cómo se discrepa y en si se protege o se destruye la reputación del otro.
Una Cuaresma que construye comunidad
León XIV concluyó conectando escucha y ayuno con la vida comunitaria. Escuchar la Palabra de Dios —y también el clamor de los pobres y de la tierra— “se convierte en parte de nuestra vida comunitaria”. Y el ayuno, añadió, sienta las bases de un arrepentimiento sincero, que no se queda en lo íntimo, sino que repara vínculos y abre espacio para el otro.
En su exhortación final, el Papa pidió “la gracia de una Cuaresma” que aumente la atención a Dios y a “los más pequeños”, y solicitó fuerza para un ayuno que alcance también el lenguaje: que disminuyan las palabras hirientes y crezca el espacio para escuchar. El horizonte, dijo, es que las comunidades sean lugares donde el grito de quienes sufren encuentre acogida y donde la escucha abra caminos de liberación, avanzando hacia lo que llamó “una civilización del amor”.










