Hay una industria entera dedicada a explicarnos cómo vivir. No es poca cosa. Durante siglos, por puro sentido común, esa tarea estuvo encomendada a padres, maestros, sacerdotes, abuelos, refranes y, cuando todo lo anterior fallaba, a la experiencia propia de la vida.
Sin embargo ahora contamos con una estantería entera de libros en Fnac que prometen convertirnos en una versión más productiva, serena, disciplinada, resiliente y luminosa de nosotros mismos.
El tema es que, después de leer unos cuantos libros, uno empieza a sospechar que todos dicen más o menos lo mismo y que entras en un callejón sin salida.
Por ejemplo, madruga, duerme bien, haz ejercicio, ordena tu casa, come sano, ordena tu mente, piensa en positivo, aunque tampoco demasiado; acepta tus emociones, pero no dejes que te gobiernen, sal de tu zona de confort, rodéate de gente que te aporte, aprende a decir no…
Y bebe agua, mucha agua.
Podríamos añadir incluso la ducha fría, pero entonces ya estaríamos entrando en una rama ascética de la autoayuda que mejor no abrir.
Vamos a ver, no es que estos consejos sean falsos, casi ninguno lo es. Llama la atención que son tan verdaderos, tan razonables y tan antiguos que resulta sorprendente que hayamos necesitado convertirlos en un género editorial. ¿en serio?
Las abuelas de este país podrían resumir la sección de crecimiento personal en cuatro frases: acuéstate a una hora decente, reza, se buena gente, no seas vago y no te juntes con cualquiera. Séneca habría añadido alguna observación sobre el dominio de uno mismo; Aristóteles habría hablado de hábitos y virtud; san Benito habría recordado la conveniencia de ordenar el día entre trabajo y oración.
Y probablemente ninguno, aún siendo tan diferentes, habría necesitado titular el libro Desbloquea tu potencial infinito en siete mañanas.
La autoayuda tiene una característica muy propia de nuestro tiempo. La permanente obsesión de convertir la vida en un proyecto de optimización permanente.
Parece una broma, pero quizá explique bastante bien nuestra relación actual con nosotros mismos.
Nos hemos convertido simultáneamente en producto, empresa, departamento de recursos humanos y consultor externo de nuestra propia existencia.
La persona de hoy en día debe monitorizar sus pasos, sus horas de sueño, sus calorías, sus hábitos, sus emociones, su productividad, sus pensamientos negativos y, si le queda tiempo, ya si eso, vivir.
Muchos libros de autoayuda nacen para aliviar la ansiedad, pero terminan fabricando ansiedad a espuertas. Pues la regla número uno en estos libros es: hay que convertirse cada mañana en nuestra «mejor versión».
La frase suena estupendamente hasta que uno se pregunta quién era la versión anterior y por qué merece tanto desprecio.
La vida humana no consiste principalmente en fabricarse a uno mismo, sino en recibir una existencia que ya tiene valor antes de que empecemos a optimizarla.
La autoayuda percibe a la persona como un borrador que espera convertirse en obra definitiva mediante disciplina matutina.
Por supuesto que es importante el esfuerzo, el dominio propio y la virtud. De hecho, pocas tradiciones han insistido tanto en la formación del carácter como el cristianimso.
Pero existe una diferencia de tal importancia que cambia todo el panorma: no se mejora para merecer ser amado. Se mejora porque ya se es amado.
Cuando el perfeccionamiento personal se convierte en fundamento de nuestra dignidad, cualquier fracaso adquiere proporciones de una ansiedad estratosférica. Pues, si no hemos cumplido nuestra rutina, perdido peso, aprendido ruso, hecho ejercicio 30 minutos y contestado serenamente a nuestros hijos antes de las ocho de la tarde, sentimos que algo imprescindible ha salido mal.
En el Evangelio vemos constantemente escenas que corresponden a personas que poco tienen que ver con la literatura motivacional. Publicanos mal vistos, enfermos de cuerpo y espíritu, mujeres despreciadas o prostitutas. Gente que duda, falla, traiciona y vuelve a empezar.
Dios dedica buena parte de su tiempo a personas que no tienen precisamente su vida bajo control.
Pedro, por ejemplo, difícilmente habría superado una entrevista para convertirse en «la mejor versión de sí mismo». Era impetuoso, discutía y en el momento decisivo negó tres veces conocer a Jesús.
Una vida buena no es necesariamente una vida impecable. Es una vida que aprende a amar.
No es malo que la autoayuda esté recomendando orden, ejercicio, silencio o disciplina. Todo eso puede ser magnífico. El problema aparece cuando confundimos esos medios con el sentido de la existencia.
Pues estaremos de acuerdo todos en que uno puede levantarse a las cinco, correr diez kilómetros, escribir sus objetivos, beber dos litros de agua y tener la despensa y el armario organizado por colores y seguir sin saber para qué vive.
Amar a Dios y al prójimo.
Esta frase indica una dirección que a priori puede parecer desconcertante, pero en este camino incluso nuestras limitaciones y caídas pueden formar parte de una vida fecunda.
Por eso, son cada vez más los que después de leer cientos de páginas sobre cómo convertirnos en una versión extraordinaria de nosotros mismos abrazan una versión más modesta y verdadera, la cruz.
Todo para Gloria de Dios, fiel en Dios, confiando en Dios y El te mostrará el camino y será el sostén que necesitas para ser tu mejor versión. La versión para la que fuiste creado.
Y, luego si además duermes ocho horas y bebes suficiente agua, pues mejor. Faltaría más.





