Más de nueve millones de euros para financiar preservativos ¿prevención?

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El Ministerio de Sanidad ha presentado su Hoja de Ruta 2026-2030 para frenar supuestamente el aumento de las infecciones de transmisión sexual en España.

Los datos: más de 93.000 casos notificados en 2024, con cifras especialmente preocupantes en gonorrea, clamidia, sífilis y linfogranuloma venéreo.

Estamos ante un síntoma profundo de una sociedad que ha convertido la sexualidad en consumo, el cuerpo en territorio sin brújula y la prevención en una cuestión casi exclusivamente técnica.

La respuesta del Gobierno, sin embargo, vuelve a quedarse en la superficie. Más vigilancia epidemiológica, más autodiagnóstico, más capacidad diagnóstica y, sobre todo, más de nueve millones de euros para financiar preservativos a jóvenes de entre 16 y 22 años.

Se dirá, como ha dicho la ministra Mónica García, que se trata de “ir a más para que las ITS vayan a menos”. Pero ¿de verdad se puede combatir una epidemia de relaciones heridas sin preguntarse por el modo en que estamos educando el deseo, el amor y la responsabilidad?

La campaña presentada por Sanidad lleva por lema: “Las ITS están donde menos esperas: protégete y disfruta”. El mensaje es devastador.

No se invita a pensar, a esperar, a discernir, a amar mejor. Solo se piensa en protegerse y disfrutar. Se expone la sexualidad como si fuera una actividad recreativa inevitable, un ocio biológico al que solo hubiera que añadir una barrera de látex y un kit de diagnóstico.

Hemos reducido la educación afectivo-sexual a una gestión de riesgos.

Las infecciones existen, los jóvenes sufren, los diagnósticos aumentan y toda persona enferma merece atención, respeto y cuidado. Pero precisamente por eso resulta insuficiente una política pública que trata las consecuencias mientras bendice culturalmente las causas.

El aumento sostenido de las ITS desde comienzos de los años 2000 no puede explicarse solo por una mejora en la vigilancia o en el acceso a pruebas diagnósticas. Algo está ocurriendo en la manera en que nuestra sociedad entiende las relaciones. La banalización del sexo, la pornografía como escuela sentimental de tantos adolescentes, la ruptura entre cuerpo y alma, el miedo al compromiso y la exaltación de la experiencia inmediata han creado un terreno fértil para esta crisis.

Pero de todo eso el Gobierno apenas habla. Prefiere repartir preservativos antes que reconocer que el problema no está solo en la falta de medios, sino en la falta de sentido.

La sexualidad humana no es un juego sin consecuencias. No lo es afectivamente, no lo es psicológicamente, no lo es espiritualmente y, como muestran los datos, tampoco lo es sanitariamente.

Educar en la castidad  no significa reprimir el amor, sino ordenarlo.

Pues no es negar el cuerpo, sino reconocer su dignidad. No significa condenar el deseo, sino integrarlo en una vida capaz de entrega, fidelidad y responsabilidad.

Una política verdaderamente ambiciosa no debería limitarse a financiar preservativos, sino preguntarse por qué tantos jóvenes llegan a la sexualidad sin una educación del corazón. Debería hablar del valor de la espera, de la fidelidad, del respeto al propio cuerpo y al cuerpo del otro. Debería advertir sobre la pornografía, acompañar a las familias, fortalecer la educación afectiva y recuperar una palabra que la administración pública parece haber desterrado: virtud.

Sanidad tiene razón en una cosa: las ITS “están más cerca de lo que pensamos”. Pero quizá también está más cerca de lo que pensamos la raíz del problema. Es decir, una cultura que ha prometido libertad y ha entregado soledad; que ha prometido placer y ha producido heridas; que ha prometido autonomía y ha olvidado enseñar a amar.

La salud pública necesita pruebas, médicos, tratamientos y campañas y también necesita una antropología verdadera. Pues no basta con que las ITS “vayan a menos” si, al mismo tiempo, seguimos educando a una generación para vivir el amor a menos. Es decir, con menos compromiso, menos hondura, menos fidelidad y menos verdad.

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