Más lejos: cuando ninguna Ítaca basta (III)

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Hay un momento en todo viaje en el que, después de haber alcanzado algunas de las metas que nos habíamos propuesto, aparece una pregunta inesperada: ¿y ahora qué?

No siempre es una pregunta incómoda. A veces es precisamente la pregunta que abre una etapa nueva.

Lluís Llach lo expresó en aquella invitación que atraviesa su «Viatge a Ítaca»: «Més lluny, heu d’anar més lluny». Más lejos. Hay que ir más lejos. Después de haber hablado de nuestras muchas Ítacas, quizá esta sea la siguiente pregunta: ¿qué significa realmente ir más lejos?

Porque podemos entenderlo de dos maneras muy diferentes.

Una consiste en querer siempre más: más dinero, más experiencias, más reconocimiento, más comodidad, más seguidores, más cosas. Es la lógica de una insatisfacción que nunca descansa. Alcanzamos algo y enseguida aparece otra necesidad. La publicidad conoce bien este mecanismo: aquello que ayer parecía suficiente hoy se presenta como insuficiente. Las redes sociales pueden intensificarlo hasta convertir nuestra vida en una comparación permanente.

Pero existe otro «más».

No es tener más, sino ser más.

No consiste necesariamente en acumular experiencias, sino en profundizar en ellas. No en correr hacia otra meta, sino en descubrir una dimensión nueva de aquello que ya estamos viviendo. No siempre significa ir más lejos geográficamente. A veces significa ir más lejos interiormente.

Y aquí la antigua metáfora de Ítaca adquiere una nueva profundidad.

Una persona puede haber conseguido muchas de las cosas que se propuso y, sin embargo, sentir que ninguna termina de responder a lo que lleva dentro. Puede tener una profesión, una familia, una posición social, conocimientos, proyectos y afectos, y experimentar todavía una inquietud difícil de explicar.

No deberíamos apresurarnos a considerar esa inquietud como un fracaso.

Puede serlo, naturalmente. Puede expresar frustración, comparación, consumismo o incapacidad para disfrutar de lo recibido. Pero también puede ser una señal de apertura. Hay deseos que nos dispersan y deseos que nos hacen crecer.

La cuestión no es eliminar el deseo, sino aprender a discernirlo.

El deseo de más y el deseo de más lejos

Hay una diferencia entre decir «quiero más» y decir «quiero ir más lejos».

El primero puede encerrarnos en la acumulación. El segundo puede abrirnos a la profundidad.

Querer más posesiones no necesariamente nos hace más ricos interiormente. Querer comprender más, amar mejor, servir más, perdonar, contemplar, aprender a vivir con mayor libertad interior o buscar la verdad puede llevarnos en otra dirección.

Por eso quizá «más lejos» no sea tanto una cuestión de distancia como de profundidad.

Podemos estar muy lejos de casa y seguir siendo profundamente superficiales. Y podemos encontrarnos aparentemente en el mismo lugar de siempre y haber comenzado un viaje interior extraordinario.

Aquí aparece una de las intuiciones más fecundas del personalismo de Emmanuel Mounier: la persona no puede reducirse a un individuo encerrado en sí mismo. La persona es apertura, relación, libertad y vocación. No se realiza acumulando cosas sobre sí misma, sino saliendo de sí hacia los otros y hacia un horizonte que la trasciende.

Esto resulta especialmente importante en una época que habla mucho de autorrealización.

Realizarnos no significa simplemente construir una versión cada vez más eficiente de nuestro yo. La persona se descubre también cuando se descentra de sí misma. Cuando ama. Cuando sirve. Cuando se compromete. Cuando contempla. Cuando se pregunta por la verdad. Cuando deja espacio para que algo o alguien mayor que sus propios intereses transforme su mirada.

La paradoja es hermosa: quizá llegamos a ser más nosotros mismos precisamente cuando dejamos de convertirnos a nosotros mismos en el centro de todo.

San Agustín: entrar dentro para ir más allá

Esta intuición tiene una larga tradición.

San Agustín descubrió que la búsqueda de Dios no exigía comenzar por un viaje hacia fuera, sino por un viaje hacia dentro. Su célebre llamada a entrar en uno mismo expresa una experiencia decisiva: la verdad no se encuentra únicamente acumulando conocimientos sobre el mundo, sino aprendiendo a habitar la propia interioridad.

Y, sin embargo, entrar dentro no significa encerrarse.

En Agustín, la interioridad conduce a la trascendencia. Dios es, en su famosa expresión, «interior intimo meo et superior summo meo»: más íntimo que mi propia intimidad y más alto que lo más alto de mí.

Es una paradoja que puede iluminar nuestra metáfora de Ítaca.

Para ir más lejos, quizá tengamos que aprender primero a ir más adentro.

La trascendencia no consiste necesariamente en escapar del mundo. Puede comenzar en una mirada diferente sobre aquello que tenemos delante: una conversación, una persona, el trabajo cotidiano, el sufrimiento, la belleza, el silencio, una decisión difícil.

La vida espiritual no empieza necesariamente cuando abandonamos lo cotidiano, sino cuando aprendemos a descubrir en lo cotidiano una profundidad que antes no veíamos.

Entonces aparece precisamente esta idea de la interioridad como espacio de discernimiento: no todo se resuelve mediante la acumulación de conceptos; necesitamos también aprender a escuchar lo que sucede en nuestro interior y a reconocer qué nos conduce hacia la paz, el amor y una mayor apertura.

Eso no significa convertir cualquier sensación interior en verdad. La interioridad también necesita discernimiento, formación y diálogo. Pero sí significa reconocer que la persona humana posee una profundidad que no puede reducirse a lo que hace, posee o aparenta.

La persona siempre está abierta

Quizá aquí el personalismo tenga algo importante que decirnos.

Una cosa puede cerrarse sobre sí misma. Una persona, en cambio, está llamada a abrirse.

Podemos definir muchas cosas por sus límites. Pero una persona nunca queda completamente explicada por su profesión, su carácter, sus éxitos, sus fracasos, sus circunstancias o incluso por su pasado.

Siempre existe en ella una posibilidad de apertura.

Mounier insistió en esta dimensión de la persona como ser de relación y trascendencia. La persona no se realiza aislándose del mundo, sino comprometiéndose con él sin quedar reducida a él.

Por eso la trascendencia no debería entenderse como desprecio de la realidad concreta.

Al contrario.

Cuanto más profundamente trascendemos nuestro pequeño yo, más capaces somos de entrar verdaderamente en relación con la realidad.

Podemos amar a una persona concreta sin exigirle que resuelva todas nuestras necesidades. Podemos trabajar en un proyecto concreto sin convertirlo en nuestra identidad. Podemos disfrutar de los bienes materiales sin pedirles que nos proporcionen un sentido que no pueden darnos.

Esta es una forma de libertad.

Cada Ítaca es real. Cada Ítaca importa. Pero ninguna Ítaca es suficiente.

No todo «más lejos» es mejor

Conviene, sin embargo, introducir una cautela.

No todo movimiento hacia delante es progreso. No toda inquietud es trascendencia. No toda ruptura es crecimiento.

También podemos utilizar la palabra «espiritualidad» para escapar de nuestras responsabilidades, y podemos convertir la búsqueda interior en otra forma de narcisismo.

Ir más lejos no significa abandonar lo que tenemos.

Significa vivirlo desde una profundidad mayor.

El profesor puede enseñar de otra manera. El padre o la madre pueden descubrir dimensiones nuevas del amor. El profesional puede preguntarse no solamente cuánto gana, sino para quién sirve su trabajo. El investigador puede pasar de acumular conocimientos a dejarse interpelar por aquello que todavía no comprende. Quien reza puede descubrir que la oración no consiste únicamente en pedir cosas, sino también en aprender a escuchar.

La trascendencia puede comenzar precisamente ahí.

No hace falta abandonar Ítaca para mirar más allá de Ítaca.

Cuando el corazón sigue buscando

San Agustín habló de un corazón inquieto que no encuentra descanso definitivo mientras no descubre su horizonte último. Más que una invitación a despreciar las realidades de este mundo, podemos leer esta inquietud como una constatación de algo profundamente humano: somos seres abiertos.

Amamos cosas concretas, pero buscamos un amor que no sea simplemente posesión.

Conocemos verdades concretas, pero seguimos buscando la verdad.

Disfrutamos de momentos de felicidad, pero deseamos una plenitud que no desaparezca al día siguiente.

Construimos relaciones, pero anhelamos una comunión que vaya más allá de nuestros límites.

Y quizá por eso ninguna Ítaca termina de bastarnos.

No porque las Ítacas sean falsas.

Precisamente porque son verdaderas, pero finitas.

Una puesta de sol puede conmovernos profundamente, pero no podemos conservarla. Una amistad puede transformar nuestra vida, pero también está sometida al tiempo. Un proyecto puede dar sentido durante años, pero llegará el momento en que termine. Incluso nuestras mejores obras son parciales.

Y, sin embargo, de cada una de ellas puede surgir una pregunta mayor.

¿Qué estoy buscando realmente cuando busco esto?

¿Qué deseo cuando deseo ser amado?

¿Qué espero encontrar cuando busco reconocimiento?

¿Qué hay detrás de mi deseo de conocer, de crear, de servir?

Quizá algunas de nuestras búsquedas sean, sin que lo sepamos, formas incompletas de una búsqueda más profunda.

Más lejos

La Odisea nos presenta a un hombre que quiere regresar a Ítaca. Pero el viaje termina modificando al viajero.

Nuestra vida puede parecerse a eso.

Comenzamos buscando determinadas cosas y, con el tiempo, descubrimos que aquello que buscábamos era también una manera de aprender quiénes somos.

Tal vez el sentido de «más lejos» no consista en alejarnos de nuestra vida, sino en ensancharla.

Más lejos puede significar más profundidad.

Más lejos puede significar más libertad.

Más lejos puede significar más amor.

Más lejos puede significar salir del pequeño círculo de nuestros intereses para descubrir al otro.

Más lejos puede significar entrar en nuestro interior para descubrir allí una apertura que nos conduce más allá de nosotros mismos.

Y para quien cree, ese «más allá» puede recibir un nombre: Dios.

No como una Ítaca más que añadir a nuestra colección de metas, sino como el horizonte último que permite comprender por qué ninguna realidad finita puede colmar completamente el corazón humano.

Cada Ítaca es real. Cada Ítaca importa. Pero ninguna Ítaca es suficiente.

Por eso seguimos caminando.

Quizá el verdadero «más lejos» no sea un lugar al que llegar.

Quizá sea aprender a vivir con un corazón suficientemente abierto para descubrir que siempre hay una profundidad mayor.

Y entonces comprendemos que la pregunta no es solamente «¿adónde quiero llegar?», sino también:

«¿En quién me estoy convirtiendo mientras camino?»

“Viatge a Ítaca”: el sentido está en el camino (II)

Twitter: @lluciapou

Existe una gran diferencia entre querer más y querer ir más lejos. #Ítaca Compartir en X

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