“Viatge a Ítaca”: el sentido está en el camino (II)

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Hay canciones que pertenecen a una época y otras que consiguen escapar de ella. «Viatge a Ítaca», de Lluís Llach, pertenece a las dos categorías. Nació en 1975, en los últimos años del franquismo, y quedó asociada para muchos a un deseo colectivo de libertad. Pero su fuerza no procede únicamente de aquel contexto. Llach había tomado como punto de partida el poema «Ítaca», de Constantino Kavafis, inspirado a su vez en el regreso de Odiseo a su isla después de la guerra de Troya. Y Kavafis había descubierto en aquella antigua historia una metáfora que no ha dejado de acompañarnos: la vida es un viaje hacia una meta que, paradójicamente, vale tanto por lo que nos permite alcanzar como por aquello en lo que nos convierte mientras caminamos.

Quizá por eso seguimos escuchando «Viatge a Ítaca» tantos años después. Porque todos tenemos alguna Ítaca. Todos caminamos hacia algo que esperamos que haga que nuestra vida sea mejor, más plena o más verdadera. Queremos terminar unos estudios, encontrar un trabajo, formar una familia, superar una dificultad, conseguir reconocimiento, alcanzar una determinada estabilidad o realizar un proyecto. Y muchas veces vivimos pensando que la verdadera vida comenzará cuando lleguemos allí.

Kavafis nos obliga a sospechar de esa promesa.

Su poema no aconseja renunciar a Ítaca. Al contrario: necesitamos tenerla presente para emprender el viaje. Lo que nos advierte es que no tengamos demasiada prisa por llegar. Porque si convertimos la meta en la única razón del camino, corremos el riesgo de atravesar la vida sin vivirla.

Es una paradoja que nuestra época conoce bien. Hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para alcanzar objetivos y, sin embargo, no siempre sabemos qué hacer cuando los alcanzamos. Terminamos una carrera y aparece la siguiente meta. Conseguimos un empleo y pensamos en ascender. Compramos una casa y comenzamos a pensar en otra. Alcanzamos determinado nivel económico y descubrimos que necesitamos más. Terminamos un viaje y comenzamos a planificar el siguiente. Incluso en el ámbito personal podemos convertir el crecimiento en una carrera interminable hacia una versión supuestamente mejor de nosotros mismos.

Siempre falta algo.

El problema no está en tener objetivos. Una vida sin proyectos puede convertirse fácilmente en una vida sin dirección. El problema aparece cuando imaginamos que la llegada resolverá definitivamente nuestra insatisfacción.

Ítaca entonces se convierte en una promesa imposible: pensamos que, cuando lleguemos, finalmente estaremos completos. Pero ninguna meta finita puede hacer eso.

Y aquí la antigua historia de Odiseo adquiere una profundidad que quizá hemos olvidado. El sentido del viaje no consiste simplemente en alcanzar la isla. Consiste también en todo aquello que el viajero aprende, pierde, descubre y transforma durante el recorrido. Las experiencias no son meros obstáculos colocados entre nosotros y nuestro objetivo. Son parte de aquello que nos convierte en quienes somos.

Esto significa que el sentido de la vida tiene una doble dimensión. Necesitamos un horizonte que nos atraiga, pero también necesitamos aprender a habitar el camino. La meta orienta; el camino transforma.

Lluís Llach supo expresar esta intuición de una manera especialmente poderosa. Su canción no se limita a decir que hay que llegar a Ítaca. Invita a ir más lejos, a conocer nuevas sendas, a aprender de los obstáculos, a enriquecerse con las experiencias. Y, al hacerlo, transforma el viaje de Odiseo en una metáfora de la existencia humana.

No se trata de correr.

Se trata de caminar de tal manera que el camino nos haga más humanos.

Esto tiene una consecuencia importante. Si el sentido de nuestra vida depende exclusivamente de alcanzar una determinada meta, cualquier fracaso puede convertirse en una catástrofe existencial. Si no consigo aquel trabajo, aquella relación, aquella posición social, aquel proyecto o aquel reconocimiento, ¿significa que mi vida ha fracasado?

No necesariamente.

Quizá una de las grandes libertades consiste en descubrir que podemos perder una meta sin perder el sentido.

Porque el sentido no se identifica completamente con el resultado.

Podemos dedicar años a cuidar a una persona y descubrir que no hemos conseguido aquello que deseábamos. Podemos educar a un hijo sin poder controlar en quién se convertirá. Podemos trabajar durante décadas en un proyecto que finalmente no obtiene el reconocimiento esperado. Podemos amar y ser rechazados. Podemos esforzarnos por algo y fracasar.

¿Significa que todo ese tiempo ha sido inútil?

Solo si pensamos que el valor de la vida depende exclusivamente de los resultados.

Pero hay otra manera de entenderla. Una manera en la que el valor de una acción no depende únicamente de haber alcanzado la meta, sino también de la persona que hemos llegado a ser al intentar alcanzarla.

Eso no significa caer en una especie de conformismo en el que cualquier camino vale. No todo viaje es bueno. No toda experiencia nos hace mejores. No todo sufrimiento tiene un valor automático. También podemos caminar en la dirección equivocada y pasar años persiguiendo una Ítaca que nunca debió convertirse en nuestro horizonte.

Por eso necesitamos algo más que movimiento: necesitamos discernimiento.

La pregunta no es solamente «¿hacia dónde voy?», sino «¿merece la pena ir hacia allí?».

Y esta pregunta adquiere especial importancia en una época en la que se nos ofrecen continuamente metas prefabricadas. Se nos dice qué debemos desear, qué aspecto debemos tener, cuánto debemos ganar, qué experiencias debemos acumular y hasta qué clase de vida deberíamos mostrar en las redes sociales. Podemos terminar persiguiendo Ítacas que ni siquiera hemos elegido.

Entonces el viaje deja de ser nuestro.

Quizá por eso la metáfora de Kavafis conserva tanta fuerza. Ítaca no es simplemente aquello que queremos conseguir. Es aquello que nos permite descubrir qué queremos realmente. Y a veces el viaje modifica también la propia meta. Salimos creyendo que sabemos adónde vamos y llegamos descubriendo que la verdadera riqueza estaba en otra parte.

Eso no significa que la meta fuera inútil. Significa que el camino nos ha cambiado.

Hay, además, una dimensión todavía más profunda. Si ninguna realidad finita puede colmar completamente al ser humano, entonces cada una de nuestras Ítacas es necesariamente provisional. Una profesión puede ser maravillosa, pero no agota nuestra identidad. Una familia puede ser fuente de sentido, pero tampoco responde a todas las preguntas. El amor humano puede ser inmenso, pero sigue siendo humano. El conocimiento puede abrirnos horizontes extraordinarios, pero cuanto más conocemos, más conscientes somos de lo que ignoramos.

Quizá cada Ítaca sea valiosa precisamente porque nos enseña a no convertirla en la última.

Por eso el viaje de la vida puede entenderse también como un aprendizaje de desapego. No para dejar de amar las cosas, sino para no exigirles aquello que no pueden darnos. Amar una meta sin convertirla en un absoluto. Trabajar por un proyecto sin confundirlo con nuestra identidad. Querer a una persona sin convertirla en la respuesta a todas nuestras necesidades.

Y aquí Kavafis toca una cuestión profundamente espiritual:

la vida tiene sentido no porque poseamos finalmente aquello que buscamos, sino porque aprendemos a caminar hacia el bien, la verdad y el amor sin pretender poseerlos completamente.

Quizá por eso las mejores Ítacas no son las que nos permiten decir «ya he llegado», sino las que nos hacen descubrir nuevas sendas.

La vida no consiste únicamente en llegar. Pero tampoco consiste en caminar sin rumbo mientras nos convencemos de que el camino lo es todo.

Necesitamos una Ítaca.

Necesitamos algo que nos atraiga hacia delante, algo por lo que valga la pena levantarse, esforzarse, renunciar y perseverar. Pero necesitamos también aprender a no aplazar la vida hasta el momento de la llegada.

Porque quizá la paradoja sea esta: Ítaca nos hace emprender el viaje, pero es el viaje el que nos enseña qué era realmente Ítaca.

Y cuando finalmente llegamos, quizá descubrimos que la meta no nos estaba esperando al final del camino. Estaba trabajando silenciosamente en nosotros mientras caminábamos.

La Odisea: necesitamos una Ítaca (I)

Twitter: @lluciapou

Ítaca nos hace emprender el viaje, pero es el viaje el que nos enseña qué era realmente Ítaca. #Odisea Compartir en X

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