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El desafío de la familia contra la ideología de género

Familia

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Es necesario reafirmar el valor de la familia natural, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.

Nuestra Constitución (exactamente en el art. 39) deja claro que la familia es una institución esencial de la sociedad que hay que proteger. Por lo tanto, no es la Constitución la que instituye la familia, sino que la reconoce como una realidad preexistente a ella. 

La familia como valor primario

Desde siempre, en la familia se realiza no sólo la transmisión biológica de la vida, sino también la primera socialización, es decir, el desarrollo cultural y social de los hijos durante su crecimiento.

La familia humana se basa invariablemente en una doble alianza: entre los sexos y entre las generaciones. Esto se da en todas las civilizaciones de todas las épocas y lugares, independientemente de las formas políticas y las creencias religiosas. 

Este valor de la familia hoy se pone en duda por las propuestas normativas que pretenden extender a otras formas de convivencia aquellos derechos que pertenecen a la familia, precisamente porque corresponden a deberes que se asumen públicamente ante la ley a través del pacto matrimonial.

El futuro: la alianza entre las generaciones

Todas las especies vivientes sexuadas se reproducen naturalmente en el tiempo según las capacidades fisiológicas de los diferentes sujetos, pero solo la especie humana ha ejercido formas radicales de control sobre la reproducción. 

Basta considerar que según los datos más recientes de las Naciones Unidas, la tasa de fecundidad mundial en 2023 fue de 2,31 hijos por mujer. También, en España, los desequilibrios demográficos son motivo de grandes preocupaciones. 

Ugo Foscolo, en sus escritos, sostiene que las bodas, junto con el culto a los muertos y la administración de la justicia, son algunos de los atributos distintivos de la humanidad frente a las especies animales.

De ahí que el carácter humano del paso de la pareja a la familia se explique de varias maneras. En primer lugar, los seres humanos tenemos una capacidad de elaboración simbólica absolutamente única: el desarrollo de la capacidad de pensar y de la experiencia emocional. Y es en el vínculo, en la relación con el otro, donde adquiere sentido cualquier experiencia emocional. 

También los perros se comunican entre ellos, pero ningún perro sabría comunicar el concepto de que «su padre era pobre pero honesto».

Además, la especie humana necesita un largo periodo de formación, necesario después del nacimiento para alcanzar la autonomía. Entenderemos el desarrollo de la capacidad simbólica como un proceso interno que acontece desde los primeros instantes de la vida y que es el resultado de la elaboración de la experiencia emocional, en función del vínculo padres-bebé .

El desafío del género

Muy a menudo, las propuestas de reconocer legalmente algunas entidades institucionales alternativas a la familia están relacionadas con la llamada «teoría del género». Vale la pena discutir serenamente sobre el significado de este concepto.

«Gender» no es una palabrota inglesa inventada por los investigadores sociales para impedir que el ciudadano común entienda de qué se trata. En español corresponde a «género», como se encuentra en gramática en lenguas antiguas (por ejemplo, latín) o modernas (por ejemplo, inglés). El dato biológico y psicológico natural de base (sexo) se acompaña de las funciones culturales y sociales atribuidas a hombres y mujeres en las diversas sociedades (género). 

El sexo tiene caracteres primarios que conciernen la prosecución de la especie humana. Sin embargo, tiene caracteres secundarios que no conciernen directamente la reproducción: pensemos a nivel físico en el bigote y la barba en el hombre o a nivel de psicología la diversa conformación mental de hombres y mujeres.

A hombre y mujer se asocian, sin embargo, ciertas características de masculinidad y feminidad, que pueden variar en tiempos y lugares diferentes: son precisamente estas las atribuciones de género. 

¿Existe una teoría de género?

Los estudios de género existen desde hace décadas en las ciencias sociales y pueden ser interesantes, sin por ello sostener que el sexo y el género sean confundibles entre sí. El concepto de «teoría» es muy exigente, porque en rigor implica un sistema lógicamente coherente de proposiciones, que proceden deductivamente por axiomas y teoremas.

El aspecto contraproducente de esta interpretación es el de ennoblecer como «teorías» aquellas conjeturas espontáneas que no tienen ningún fundamento.

Podemos concluir entonces que una teoría del género en sentido científico riguroso, como la geometría de Euclides, no existe. Sin embargo, en el lenguaje corriente, muchos indican con este nombre lo que más correctamente se debería definir como «ideología de género».

La ideología de género

Toda ideología, en el lenguaje contemporáneo, consiste en un sistema de argumentos retóricos que tienden a persuadir. En el pasado, más precisamente en la Ilustración, los ideológos franceses atribuían a la ideología un significado neutro, como sistema coherente de ideas. 

Desde el siglo XIX, con Karl Marx, la ideología asume un valor negativo. Este autor, de hecho, desvela su carácter manipulador: una retórica que llama «falsa conciencia», porque sostiene el poder dominante, impidiendo a quienes están sometidos darse cuenta de su real condición de engaño. 

Por tanto, quien sostiene que la orientación sexual es arbitraria y modificable en el tiempo sostiene, por lo tanto, una ideología carente de cualquier base científica, especialmente al confundir sexo y género, en contradicción con las realidades y estudios antropológicos y sociales.

Si el género es un producto cultural, que indudablemente ha dado lugar a discriminaciones y a estereotipos socialmente construidos, el sexo está determinado biológica y psicológicamente, no está sometido al género.

Dicho en pocas palabras: hombres o mujeres se nace, mientras que actores de roles sociales diferenciados por género se llega a ser en diversas circunstancias.

Decía el filósofo Giambattista Vico que «las cosas fuera de su estado natural ni se acomodan ni perduran».

En la relación entre naturaleza y cultura, de la que estamos hablando, sería extremadamente imprudente olvidar los fundamentos biológicos sexuales reduciendo todo al género. Además, hay que considerar que los hijos son los más vulnerables, porque son sujetos débiles frente a la fuerza y, a veces, a la prepotencia de los adultos, que podrían asignarles dos padres o dos madres en lugar del padre y la madre naturales. 

Peor aún, conmociona más la violencia brutal de inhibir farmacológicamente el desarrollo sexual de los menores, con la pretensión de hacerles elegir (y eventualmente cambiar) su identidad de base. 

Por tanto, la naturaleza de la familia constituida por padres e hijos no es ni de derecha ni de izquierda, no debería ser instrumentalizada ni a favor ni en contra de un cierto gobierno nacional o regional, o de una cierta administración municipal. 

De manera similar, el hecho de ser no creyentes, o creyentes en una religión u otra, no impide hacer un frente común contra graves violencias a la dignidad humana. Basta observar la indignación de las feministas más radicales por la práctica del vientre de alquiler precisamente en Francia, donde la laicidad se ha convertido casi en una forma de distinción identitaria nacional.

Se escapa de nosotros mismos

Es evidente que nuestro nacimiento escapa de nosotros mismos. Por tanto, si mi nacimiento es un destino, yo nací con una vocación y un sexo y en relación fundamental con una serie de personas no elegidas previamente por mi. 

Bastaría observar mi sexo para caer en la cuenta de que soy hombre o mujer y que he nacido de hombre y mujer. Lo más físico que hay en nosotros, nuestro sexo, solicita inevitablemente una razón para dar la vida a un nueva vida.

De ahí, la razón empuja a lo trascendente, a la familia, y de la familia a Dios, que crea la vida, y permite que por nosotros pasen los que como hombre o mujer vienen al mundo.

Porque como dijo Chesterton «Se encenderán fuegos para testificar que dos y dos son cuatro. Se blandirán espadas para demostrar que las hojas son verdes en verano. Permaneceremos en la defensa, no sólo de las increíbles virtudes y de la sensatez de la vida humana, sino de algo más increíble aún, de este inmenso e imposible universo que nos mira a la cara. Lucharemos por sus prodigios visibles como si fueran invisibles. Observaremos la imposible hierba, los imposibles cielos, con un raro coraje. Seremos de los que han visto y, sin embargo, han creído»

 

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1 Comentario. Dejar nuevo

  • Excelente artículo. Muchas gracias.

    Solo una pequeña disensión respecto a este párrafo:
    “De manera similar, el hecho de ser no creyentes, o creyentes en una religión u otra, no impide hacer un frente común contra graves violencias a la dignidad humana. Basta observar la indignación de las feministas más radicales por la práctica del vientre de alquiler precisamente en Francia, donde la laicidad se ha convertido casi en una forma de distinción identitaria nacional.”

    Muy de acuerdo con la primera frase. Pero no con el ejemplo siguiente de las feministas radicales, porque su indignación no se fundamenta en la dignidad humana, sino en la ideología feminista. El vientre de alquiler lo consideran una forma de explotación de la mujer. Y punto. Si realmente tuviesen en cuanta la dignidad humana también se opondrían al aborto, a la donación de gametos, a la FIV para lesbianas y mujeres sin pareja, y a la paternidad de parejas unisex. Quienes, como los fieles católicos, defienden la dignidad humana hasta sus últimas consecuencias, tal como figura en la declaración “Dignitas infinita”, no deberían hacer un frente común con ideologías parciales que solo aducen dicha dignidad cuando conviene a sus intereses. Esta actitud se parece a la impostura de ciertos grupos de presión que están en contra del aborto pero a favor de la pena de muerte. No vale.

    El fundamento de un valor moral es lo esencial de dicho valor y lo que motiva a defenderlo y propugnarlo. Si quienes no comparten el fundamento se asocian, están en falso. Aunque el valor que defienden parezca el mismo, en su realidad esencial y profunda no lo es. Puede que a efectos prácticos esta complicidad resulte útil para erradicar determinadas prácticas que vulneran la dignidad humana, pero aparecerán otras, que serán más malignas porque se colaran como si fuesen dignas.

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