Muchos somos los que perdemos minutos que no tenemos embobados mirando esos vídeos en los que transforman un mueble destinado a la basura en una auténtica joya: piezas clave de salones, dormitorios y de cualquier rincón de la casa.
Hay algo fascinante en ver cómo, tras un tratamiento paciente, las cosas adquieren otra esencia. Pasan de ser descartadas y despreciadas a convertirse en motivo de satisfacción.
Eso mismo ocurre con las almas y la misericordia de Dios. Todas, absolutamente todas las almas. Incluidas las de las personas tóxicas. Incluidas las de los psicópatas. Incluidas las de los sociópatas más terribles. Todas las almas, cuando entran en contacto con la misericordia de Dios, pueden transformarse.
Conviene tener esto muy claro: nada puede darle mayor satisfacción a Dios que ver cómo una vida cambia, cómo su misericordia actúa, cómo tiene efecto, y cómo esas almas no solo se recuperan, sino que quedan profundamente transformadas.
Por eso estamos llamados a soñar con la conversión de todas, absolutamente todas las almas que conocemos. A no descartar a nadie. Porque Él no lo hace.
Cada persona —por muy cruel, por muy mala, por muy degenerada que sea— ha sido merecedora de toda la sangre de Cristo. Ni un decilitro menos. Todo su amor. Y el Señor la espera con toda la ilusión del mundo.
Es cierto que muchas veces no podemos con esas personas. Nos han hecho demasiado daño. Creemos que mantenernos cerca de ellas supone poner en peligro nuestra propia alma, porque despiertan lo peor de nosotros, porque sacan a la superficie nuestro lado más oscuro. Pero cuanto más profundamente vivamos nosotros de la misericordia del Señor, más capaces seremos de estar cerca sin dejarnos arrastrar.
Y de lo que nunca estamos exentos es de rezar por ellos. De no criticar, de no quejarnos. Sin esperar nada a cambio. Estamos llamados a ofrecer sacrificios, oraciones, humillaciones, dolores. A ofrecer lo que duele para la redención de esa persona concreta.
Las almas no suelen salir gratis. Casi siempre son pagadas a un precio alto. Alguien ya pagó una vez por ti y por mí, en una cruz, hace muchos años.
Pero ahora nos toca a nosotros participar de ese precio: redimir, con nuestra vida, a esas almas que aún no quieren aceptar el regalo que se les dio.
Y eso sí está en nuestras manos. En nuestros días. En nuestro presente. En nuestros disgustos y en nuestras alegrías.
Ofrecerlo todo para que esas almas acepten, por fin, el don que el Señor nos entregó a todos hace tanto tiempo.
Tenemos que soñar con ser esos artistas del bricolaje que llevan el chalk paint, la misericordia de Dios, a todas, absolutamente a todas, las almas. Sin hacer ruido, sin exigir resultados inmediatos, sin decidir por adelantado qué merece salvarse y qué no. Confiando en el poder de esa misericordia que lo atraviesa todo, incluso lo que hoy parece irrecuperable.
Porque nada está definitivamente perdido cuando alguien se atreve a creer que Dios aún puede transformar.










