Si has sido adolescente a finales de los 80 o principios de los 90, recordarás perfectamente ese complemento que vivía pegado a ti de lunes a viernes: la carpeta clasificadora.
Aquella carpeta era toda una declaración de intenciones. No era solo un objeto práctico; era casi una autobiografía portátil. Normalmente estaba forrada con fotos de actores, músicos o futbolistas de élite. Bastaba mirarla unos segundos para intuir quién eras, qué te gustaba, qué soñabas.
En cada sección, además de indicar si era de matemáticas o de lengua, aprovechábamos para colocar una fotografía, un dibujo, muchos, muchos poemas y canciones. Y de esas canciones quiero hablar hoy.
Mi pequeño grupo de amigas había hecho un pacto muy concreto: las tres llevaríamos en nuestra carpeta clasificadora las letras de las mismas dos canciones.
Como no se trata de dejar a nadie con curiosidad, te diré cuáles eran: Brindo por las mujeres que derrochan simpatía, de Los Rodríguez, y la que hoy ocupa este artículo: Te amaré, de Miguel Bosé.
Esta canción llegó a mí en un momento muy concreto, en el que parecía que la autoestima se iba a caer sin necesidad de que nadie la empujase. Y, sin embargo, una sola frase de la canción de Miguel Bosé me sostuvo cuando menos me lo esperaba.
Y esa frase decía: “Por ser alguien no perfecto, te amaré.”
Recuerdo perfectamente lo que pensé al escucharla. No era algo imposible. Era alcanzable. A eso sí podía llegar. Si alguien era capaz de amar a otro precisamente por no ser perfecto, entonces quizá alguien también podría amarme a mí.
Y esa certeza la renové años después, cuando leía a Gabrielle Bossis. En uno de sus apuntes:
«15 de abril
En la capilla de las Trinitarias, en Orán, me excusaba por haber llegado tarde a misa. Y el Señor, con un afecto desarmante, me respondía que había llegado antes que Él, porque cuando llegué, aún no había comenzado la consagración.»
Aquella escena me pareció de una elegancia, una caballerosidad y un cariño por parte del Señor desbordante que conviene dar a conocer, porque hay una gran tentación en la que caemos con facilidad —los que encajamos en el grupo de los desastres—: la de alejarnos. La de pensar que, después de haber llegado tarde, después de habernos distraído, después de haber metido la pata en aquello que justo ayer prometimos que no haríamos… ¿Cómo voy a dirigirme a Él?, ¿Cómo voy a mirarle a los ojos?, ¿Cómo voy a hablarle?
Este artículo es precisamente para nosotros: para los impuntuales, los desordenados, los del “quiero y no puedo”, los del “a ver si mañana sale mejor”.
Para recordarnos que no debemos olvidar nunca cuál es la música de fondo. Que, por debajo de todo, suena siempre la misma melodía, la misericordia.
Esa es la verdadera música de fondo: la que sostiene el ritmo incluso cuando desafinamos, la que no se interrumpe cuando fallamos, la que acompaña, espera y vuelve a empezar. Y, de algún modo, esa música completa aquella frase que un día me sostuvo: porque sí, por ser alguien no perfecto… también a nosotros se nos sigue diciendo, una y otra vez, “a pesar de todo…te amaré”.







