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Nigeria: nueve niños liberados tras un secuestro en una vigilia de oración

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La noticia llega desde Abuja con un alivio que, sin embargo, no logra acallar el dolor de fondo: en Nigeria, nueve menores secuestrados en una estación misionera han sido liberados sanos y salvos, pero casi al mismo tiempo se ha conocido una nueva masacre en otra región del país.

El contraste es tan fuerte como real: por un lado, el retorno de unos niños a la vida y a sus familias; por otro, decenas de vidas arrebatadas y comunidades enteras sumidas en el miedo.

Según informa Agencia Fides, los nueve niños —seis niñas y tres niños— fueron liberados tras haber sido secuestrados la semana anterior en la estación misionera de San Juan de la Cruz, ubicada en Ojijea Ojije, Utonkon, en el estado de Benue.

Los menores han sido trasladados a un hospital para recibir atención médica, un paso imprescindible después del trauma físico y psicológico que suelen dejar estos crímenes, especialmente cuando las víctimas son niños.

La estación misionera pertenece a la parroquia de San Pablo, situada en el área administrativa local de Ado.

El dato que hiere de manera particular a cualquier lector cristiano es el contexto del secuestro:

los niños fueron raptados mientras participaban en una vigilia de oración. Es decir, fueron arrancados del seno de una comunidad reunida para buscar a Dios, en un lugar que, por vocación, debería ser refugio y casa.

En esa imagen —un rezo interrumpido por la violencia— se condensa el drama de muchas zonas donde la inseguridad ha convertido lo cotidiano en amenaza y lo sagrado en objetivo.

Las fuerzas de seguridad han comunicado la detención de cuatro sospechosos vinculados al secuestro. Los dos primeros arrestos se realizaron el 11 de febrero; posteriormente, a partir de nueva información de inteligencia, se llevó a cabo una redada el 14 de febrero en el escondite de uno de los implicados. La operación permitió recuperar un fusil AK-47 y ocho municiones de calibre 7,62 mm, además de detener a otros dos sospechosos, considerados miembros clave del grupo criminal.

De acuerdo con la investigación policial, los cuatro detenidos estarían directamente relacionados con el rapto de los nueve menores.

La policía atribuye la liberación a la presión creciente de las operaciones de búsqueda en la zona del secuestro y en comunidades cercanas: esa presión habría forzado a los cómplices que custodiaban a los rehenes a dejarlos en libertad.

En una realidad donde tantas veces se teme lo peor, esta vez el desenlace permite pronunciar con gratitud una palabra que no es menor: “vivos”. Para una comunidad cristiana, además, el regreso de los niños toca una fibra profunda: cada vida rescatada recuerda que el mal no tiene la última palabra, y que la perseverancia —humana y espiritual— puede abrir grietas de luz en medio de la oscuridad.

Pero el país no alcanza a respirar. También desde Nigeria ha llegado la noticia de una nueva masacre en el estado de Niger, en la zona centro-occidental.

Hombres armados en motocicletas atacaron tres comunidades del área administrativa local de Borgu, cerca de la frontera con los estados de Kwara y Katsina. Al menos 46 personas han sido asesinadas; 38 de ellas solo en la aldea de Konkoso. Además, se reportan secuestros y viviendas incendiadas, un patrón de terror que busca desarticular la vida comunitaria y sembrar el desplazamiento.

La región colinda con el bosque de Kainji, identificado desde hace tiempo como refugio de grupos armados, entre ellos facciones vinculadas a Boko Haram. La violencia, según se explica, procede tanto de grupos movidos por ideologías insurgentes como de bandas criminales dedicadas al secuestro con fines de extorsión. Distintas motivaciones, un mismo resultado: poblaciones atrapadas, familias en duelo, comunidades amenazadas.

La liberación de los niños invita a dar gracias y a acompañar a las víctimas en su recuperación. La masacre, en cambio, empuja a la oración urgente por los difuntos, por los secuestrados y por la conversión de los violentos; y también a la solidaridad concreta con quienes lo han perdido todo.

Nigeria vuelve a mostrarnos el rostro de una Iglesia que sufre con su pueblo, pero que no renuncia a la esperanza: una esperanza que se vuelve real cada vez que un cautivo regresa, y que se hace clamor cuando la sangre inocente vuelve a derramarse.

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