Lo que habría que decir a los padres en la Primera Comunión

COMPARTIR EN REDES

Cada año, cuando llega la temporada de Primeras Comuniones, se repite una escena bastante conocida,vestidos impecables, fotos, nervios, celebraciones familiares, restaurantes llenos, recordatorios, regalos más o menos excesivos y una mezcla curiosa entre emoción sincera y costumbre social. No hay nada malo en alegrarse. Faltaría más. El problema empieza cuando todo lo accesorio se come lo esencial.

Por eso quizá convendría decirles a los padres algo sencillo: la Primera Comunión no es, ante todo, un evento bonito en la vida de sus hijos. Es una irrupción del amor de Dios en su hambre más profunda.

Un hijo, desde que nace, revela algo muy serio sobre la condición humana. Los padres lo saben mejor que nadie. Un niño no quiere sólo alimento, protección y rutinas. Quiere presencia total. Quiere ser querido sin fisuras. Quiere que mamá y papá estén siempre, que no fallen, que no se cansen, que no se vayan, que no tengan límites. Por eso reclama, insiste, busca, vuelve, abraza, llora cuando se siente lejos. En el fondo, incluso sin saber expresarlo, pide un amor infinito.

Y ahí aparece la primera gran verdad que los padres deben aceptar con humildad: ellos no pueden darle a su hijo ese amor total que su corazón desea. Pueden quererlo inmensamente, y de hecho lo quieren. Pueden sacrificarse, desvivirse, acompañar, proteger y consolar. Pero no pueden evitarle todo dolor, toda decepción, toda herida, toda soledad. No pueden estar siempre. No pueden salvarlo. Y reconocer esto no es fracaso, es realismo.

Precisamente por eso la Eucaristía importa tanto.

La Primera Comunión no es una especie de premio por portarse bien durante un curso de catequesis. Tampoco es una tradición entrañable para mantener cierto vínculo cultural con la parroquia. Es el momento en que un niño empieza a recibir sacramentalmente a Cristo mismo, no una idea sobre Cristo, no un símbolo vacío, no una emoción religiosa pasajera, sino a Cristo vivo, que se entrega del todo. Sólo Dios puede amar al ser humano sin medida, sin cansancio y sin engaño. Sólo Él puede colmar esa sed de amor absoluto que ningún padre, por bueno que sea, puede saciar.

Aquí hay una corrección importante que la pastoral parroquial debería tomarse más en serio. A menudo hablamos de la Primera Comunión de un modo demasiado escolar, demasiado organizativo, demasiado externo. Explicamos fechas, ensayos, requisitos, fotografías, normas litúrgicas, quizá incluso contenidos doctrinales correctos, pero sin tocar siempre el centro. Y el centro no es que el niño “aprenda cosas sobre la misa”, sino que descubra que Cristo quiere unirse a él. Que Dios no permanece lejos. Que el Señor se da como alimento porque quiere habitar su vida desde dentro.

Más aún, esa preparación no está dirigida sólo al niño. También va dirigida a sus padres.

Muchas veces los padres presentan a sus hijos a la catequesis mientras ellos mismos viven bastante lejos de la vida sacramental. No siempre por mala voluntad. A veces por rutina, por heridas, por ignorancia, por años de desconexión, por una fe reducida a recuerdos de infancia. Y, sin embargo, llevan a sus hijos a prepararse porque intuyen que ahí hay algo valioso. Esa intuición hay que agradecerla, no ridiculizarla. Pero también hay que aprovecharla pastoralmente.

La preparación para la Primera Comunión puede y debe ser una evangelización de toda la familia. No sería sensato tratar a los padres como meros chóferes religiosos que llevan y traen a sus hijos. Tampoco basta con cargarles discursos moralizantes. Lo primero que habría que decirles es algo mucho más bello y más exigente: quizá su hijo va a ayudarles a reencontrarse con Dios.

Un niño puede obligar a un padre a hacerse preguntas que llevaba años evitando: ¿de verdad creo que Jesús está ahí? ¿Voy a misa por costumbre o por fe? ¿Rezo con mi hijo? ¿Le estoy enseñando sólo modales religiosos o una amistad con Cristo? ¿Mi casa respira cristianismo real o sólo conserva símbolos?

La parroquia haría mucho bien si dejara de enfocar la Primera Comunión como una meta logística y la entendiera como una ocasión de conversión compartida.

Porque el verdadero fruto de ese año no es que todo salga bonito en mayo, sino que en esa familia empiece o recomience una vida eucarística. Y vida eucarística no significa sólo “hacer la Comunión”, sino aprender a vivir desde ella: ir a misa con fidelidad, rezar, pedir perdón, servir, amar con paciencia, dejar que Cristo ordene la vida concreta del hogar.

También sería sano rebajar la presión consumista que rodea estas celebraciones.

Cuando una familia gasta energías desproporcionadas en la ropa, el convite, los detalles o la imagen, sin querer transmite un mensaje: lo importante es el acontecimiento social, no el sacramento. No se trata de amargar la fiesta, sino de purificarla. La alegría cristiana no necesita lujo para ser verdadera.

En el fondo, a los padres habría que decirles algo tan simple como esto, su hijo es un don, sí, pero no les pertenece del todo. Ha sido confiado a ustedes, no entregado como propiedad. Y precisamente por amor, la tarea más grande que tienen no es darle todo lo que pide, ni garantizarle una infancia perfecta, ni construirle una biografía de éxitos, sino conducirlo hacia Aquel que puede amarlo más que ustedes.

Eso no rebaja la vocación de los padres; la engrandece. Porque un padre y una madre cristianos no compiten con Dios por el corazón del hijo. Se alegran de llevarlo hasta Él.

Primera Comunión: no sólo el niño recibe a Jesús. Muchas veces, a través del niño, Jesús vuelve a llamar a toda su familia.

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.