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¿Y si Dios tuviera un plan para ti? Nacidos para algo más

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La mesa redonda del Congreso de Familias y Docentes Católicos de la Fundación Educatio Servanda, Fue una mesa redonda patrocinada y moderada por Forum Libertas, llevó por título una pregunta tan directa como decisiva:

¿Y si Dios tuviera un plan para ti? Nacidos para algo más”.

Se partió de una experiencia profundamente contemporánea y, al mismo tiempo, universal, esa sensación de vacío que aparece incluso cuando, en apariencia, todo va bien. Hay trabajo, estudios, planes, amigos, proyectos, y sin embargo persiste una pregunta de fondo: ¿estoy desaprovechando mi vida?, ¿hay algo más?, ¿qué hago con esta insatisfacción que no desaparece?

Desde ahí tomó cuerpo el título de la mesa, si Dios tiene realmente un plan para cada uno, entonces la vida no es una suma de casualidades ni una improvisación sin horizonte, sino una llamada, una misión.

Para abordar esta cuestión, la mesa reunió a tres jóvenes muy distintos entre sí, pero unidos por un mismo hilo. Pues los tres han vivido procesos importantes de conversión y los tres han decidido no ocultar lo que Cristo ha hecho en sus vidas. Carla Restoy, Pietro Ditano y René ZZ hablaron desde trayectorias personales diversas, con lenguajes diferentes y sensibilidades muy marcadas, pero con una convicción compartida, el encuentro con Cristo no es una idea abstracta, sino una experiencia real que da sentido al deseo de infinito que todo hombre lleva dentro.

La primera parte de la mesa se centró en las historias personales.

Pietro Ditano explicó que venía de una familia católica practicante, con misa dominical y pequeñas rutinas de oración en casa, como rezar antes de dormir. Había en su infancia semillas sencillas, pero importantes, una imagen positiva de Jesús, la referencia de sus padres y la presencia de un sacerdote que le dejó una huella profunda, aunque entonces no fuera plenamente consciente de ello. Más tarde, ya en Madrid, se adentró en una vida muy parecida a la de tantos jóvenes con botellones, fiestas, desorden afectivo, búsqueda de éxito fácil y seducción por el mundo de la moda, que prometía fama y privilegios en poco tiempo. Sin embargo, en medio de esa carrera comenzó a romperse por dentro.

Ahí apareció una idea que recorrió toda la mesa Dios no desperdicia nada, ni siquiera las caídas. Pietro reconoció que el dolor de comprobar que el mundo del éxito no daba lo que prometía fue, paradójicamente, una puerta. Primero encontró cierta sanación en una relación de pareja; después, ya en Madrid, un encuentro inesperado con un hombre que le habló con una extraña mezcla de autoridad y dulzura lo empujó a hacer algo decisivo: empezar a leer el Evangelio. Lo hizo poco a poco, “un sorbo cada día”, y ahí comenzó una transformación lenta pero profunda.

Su historia mostró que muchas veces el fracaso de lo que uno perseguía con tanto empeño puede convertirse en el principio de una búsqueda verdadera.

René ZZ ofreció un testimonio muy distinto, pero con un fondo parecido. Contó que había crecido prácticamente solo con su madre, su hermana y sus abuelos maternos, y que su primera referencia de Jesús venía de una bisabuela creyente. Sin embargo, muy pronto la fe desapareció de su horizonte cotidiano. En la adolescencia se dejó convencer por un amigo ateo y empezó a vivir como si Dios no existiera, centrado en sus intereses, en el arte, en el tatuaje, en el diseño y en una búsqueda constante de experiencias y logros.

Lo más llamativo de su relato fue la sinceridad con la que explicó que fue cumpliendo muchos de los sueños que tenía desde niño, pero cuanto más conseguía, más vacío se sentía.

Esa experiencia desmonta una de las grandes promesas de la cultura actual, que el bienestar o la realización externa bastan para pacificar el corazón.

El momento clave de su historia llegó en 2021, cuando soñó que Dios le amaba y que él amaba a Dios con la misma intensidad. Al despertar tuvo una certeza que le cambió la vida: “Dios me ama”. A partir de ahí comenzó un proceso de búsqueda mucho más serio, ya no solo sobre la existencia de Dios, sino sobre lo que Dios quería de él.

René formuló con fuerza una idea muy sugerente, durante años pensó que estaba buscando éxito, proyectos, amistades o reconocimiento, pero en el fondo estaba buscando a Dios sin saberlo. Solo después entendió que todo aquel sufrimiento interior le había dado una sensibilidad especial para comprender a otros jóvenes rotos y para acompañarlos desde dentro.

Carla Restoy aportó un testimonio especialmente lúcido desde el punto de vista antropológico y cultural. Contó que procedía de una familia desarraigada, marcada por el traslado de sus abuelos andaluces a Cataluña y por una pérdida progresiva de las raíces cristianas. Sus padres, casados por la Iglesia pero sin una fe viva, decidieron no bautizar a sus hijas y las educaron en un ambiente donde el catolicismo aparecía como algo anticuado, opresivo y casi peligroso. Carla relató con claridad que su imagen de la Iglesia era la de una institución enemiga de la libertad, y que su mundo afectivo y cultural estaba profundamente influido por una visión deformada del amor, del cuerpo y de la feminidad.

Sin embargo, también en su caso una herida se convirtió en grieta abierta a la verdad. La escoliosis que le obligó a dejar ciertas actividades deportivas coincidió con la llegada de dos asignaturas decisivas: filosofía e historia de las religiones. Allí se topó con las cinco vías de santo Tomás de Aquino y comenzó un proceso intelectual que la llevó a descubrir la verdad del cristianismo.

Lo más interesante de su intervención fue cómo explicó que el catolicismo no se le impuso primero como una norma, sino como una respuesta total a la pregunta por la identidad, quién soy, de dónde vengo, qué significan mis deseos, por qué estoy hecha como estoy hecha y hacia dónde voy.

La fe, dijo, le dio algo que el mundo no podía darle, una explicación verdadera de la persona y una restauración de su propia identidad.

A partir de estos relatos, la mesa entró en otro gran tema, la conversión como cambio de hábitos y de hábitat.

Los tres coincidieron en que descubrir a Cristo no significa pasar automáticamente a una vida perfecta, pero sí entrar en un proceso real de purificación.

René lo explicó muy bien al hablar del vértigo que se siente cuando uno deja atrás una identidad falsa, pero todavía no domina del todo la nueva vida que se abre ante él. Muchos jóvenes vuelven a las mismas dinámicas simplemente porque son lo único que conocen. Por eso la conversión exige paciencia, humildad y un acompañamiento que ayude a sostener ese tránsito.

Otro momento fuerte de la mesa fue cuando se abordó el papel del silencio, la oración y el discernimiento. René reconoció que el silencio es uno de sus mayores retos, porque ha vivido siempre rodeado de estímulos, imágenes, música, conversaciones y actividad constante. Carla añadió una idea muy fina, en realidad, el silencio no es algo artificial, sino bastante natural para el hombre; lo que ocurre es que hoy intentamos llenarlo enseguida porque huimos de nosotros mismos, y precisamente es en ese espacio donde Dios puede hablar.

La oración apareció así no como un añadido piadoso, sino como la condición para escuchar quién soy de verdad y qué quiere Dios de mí.

La mesa también se adentró en una cuestión especialmente delicada, el sufrimiento. Aquí los tres fueron particularmente claros y contraculturales. Frente a una sociedad que identifica amar con evitar incomodidades, defendieron que la vida está hecha también para la entrega y, por tanto, para un sufrimiento que merezca la pena.

Carla lo formuló con contundencia, no estamos llamados a una vida cómoda, sino a una vida entregada.

René fue aún más gráfico al decir que él mismo ha cumplido muchos sueños mundanos y puede afirmar que ahí no estaba la plenitud. El problema no es sufrir, sino sufrir por cosas que no merecen ese sufrimiento. En cambio, la cruz de Cristo da un sentido nuevo al dolor y permite vivirlo sin victimismo.

En la parte final hubo preguntas del público sobre el papel del sacerdote, la dificultad de vivir la fe en familias no creyentes, el acompañamiento a jóvenes atrapados por la pornografía y la cuestión de la vocación.

Fue especialmente interesante la respuesta de Carla sobre este último punto, la vocación no enfrenta mi voluntad con la de Dios, sino que revela que la voluntad de Dios coincide con los deseos purificados de mi corazón. Para descubrir eso hay que comprender quién soy, de dónde vengo y para qué estoy hecho. La vocación no es solo profesional; es, ante todo, vocación al amor y a la entrega.

La mesa concluyó con una convicción compartida: no hay que tener miedo a que Dios tenga un plan para nosotros; lo verdaderamente triste sería pasar por la vida sin preguntarnos nunca cuál era ese plan. Escuchando a Carla Restoy, Pietro Ditano y René ZZ, quedó claro que la fe no elimina mágicamente la fragilidad, pero sí ofrece algo decisivo, una identidad, una dirección, una verdad sobre el amor y una esperanza que no engaña.

Hemos nacido para amar, para entregarnos y para descubrir que Dios no juega con nosotros, nos llama.

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