Desde que te has dedicado a la docencia, seguramente hayas utilizado como referencia al profesor que más huella te dejó, más te impactó. Me imagino, más allá de los conocimientos que tuviera, lo que te dejó marca fue aquel que estaba preocupado por ti, que de vez en cuando te preguntaba por aquello que te hacia sufrir o que necesitabas un consejo incluso en los detalles más pequeños.
Con el paso del tiempo, coincides con profesores que aprendes muchas cosas que complementan a aquel profesor que te inspiró. A día de hoy a un profesor que me llama especialmente la atención y que aprovecho todo lo que puedo para preguntar cómo lo hace porque de verdad, es un verdadero genio.
Yo lo llamo el profesor satélite. Le llamo así porque es una persona que parece que está en su clase como cualquiera de nosotros. Desde la perspectiva de los alumnos, parece distante y que no llega a percibir que no está pero siempre dejando una huella de su existencia; como si fuera un satélite que nunca deja de orbitar.
Rondando su tutoría como si fuera uno de ellos porque cada cierto tiempo, se acerca, pregunta qué tal está fulanito y retoma un problema que había surgido días atrás. No se le escapa ninguno. Aunque él no lo ve, sus alumnos me transmiten que es su profesor favorito.
No es un cerebrito, no es un erudito de las matemáticas. Es algo difícil de encontrar: es humano. Alguien que va más allá de transmitir unos conocimientos.
Diría sin dudar que se dedica a la educación porque quiere a la gente.









