¡Cuántos Catilinas en nuestros días! Si tuviéramos que centrarnos en uno, nos resultaría difícil. Cuando uno acapara la atención con un escándalo o una fechoría, sale otro al día siguiente doblando la apuesta. De tal suerte que, en ciertos días —por lo menos a mí—, me invade el desánimo y me abandona la templanza.
Miro a mi alrededor y compruebo que la mayor parte de las defensas que fueron concebidas para luchar y resistir a los tiranos y al mal están vencidas o a punto de estarlo.
Uno espera, en cualquier momento, que aparezca de entre las brumas una Juana de Arco que no tema a nada porque sirve a un Señor que no puede morir, como dejó dicho otro Grande —de la fe y de España—, san Francisco de Borja.
O añora servir a un señor temporal sabiendo que su desvelo es el engrandecimiento de su reino y la gloria de Dios. Puestos a elegir: los Reyes Católicos o los Austrias.
Contemplas atónito cómo se abusa vergonzosamente de Mateo 10,16 y se interpreta libremente dentro de ese sacrosanto aggiornamento que tantos desastres ha causado y que nunca parece tener fin.
Ante la invectiva de santa Catalina de Siena, uno siente ganas de gritar a veces a la multitud —antes aún a los cabecillas— aquel aviso-sentencia de Juan Pablo II a la mafia en Agrigento, en 1993:
«¡Convertíos, un día vendrá el juicio de Dios!»
En España, cuarenta años de progresismo a toda máquina han conseguido aniquilar casi hasta los cimientos de nuestra amada tierra. Hasta eso que, según un gran español, componía a España: «entraña y estilo».
Va a ser verdad que nuestro destino es estar tensos como el arco, siempre vigilantes y preparados. Cuando me repongo del desánimo y analizo fríamente, veo por doquier diversas iniciativas que, como Andúril forjada de nuevo, muestran que no todo está perdido.
Que se presentará batalla.
Y en ello estamos.
Para cerrar la reflexión, Ignacio Peyró nos deja esta arenga:
«Al final, lo único que se nos pide es no desesperar».









