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Salvar el Cuerpo

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Llegas con ganas de colaborar en una ayuda desinteresada que pueda servir para desarrollar un proyecto que en principio parece que tiene entidad suficiente como para llegar a hacer posible algo que parece imposible: el entendimiento de los seres humanos en el primer cuarto del siglo XXI. Pero no es oro todo lo que reluce.

Nadie duda ya que vivimos un momento en que el edificio entero parece desmoronarse y está ya siendo derruido por los enemigos de la Verdad, precisamente porque la situación generada por los ancianos del pueblo ha quedado atascada por falta del aire de la Verdad, y la sangre, ya reseca, agrieta el entero tejido intersticial: las ansias de visibilidad y perpetuación de los ancianos ahoga a los que podrían hacer algo; se colocan en el pedestal con cara de guapos, en lugar de erigir la vida con la viva sangre joven, que es la que −como en todas las épocas− contiene la energía que puede salvar al mundo. Lo mismo hacían los ancianos de los judíos con Jesús y su doctrina.

Organismos pantalla

Son viejas glorias de vanas complacencias. Líderes que antaño fueron y hoy se apagan con el propio decaimiento de la edad, que a todos enchambra y a nadie perdona: las bombillas se funden una tras otra. Eso sí, para que parezca que iluminan, se crean, con su “buen nombre”, organismos pantalla que les amplifique una imagen caduca que ensombrece los humedales que de ser aprovechados podrían vivificar el mundo. Son gañanes destripaterrones.

Sucede que ellos no te perdonan a ti la voluntad que atesoras y explicitas dispuesto a hacer algo para aupar a quien podría, y, con tu sangre joven y tu espíritu más joven aún, alimentar el corazón latiente que bombea al entero Cuerpo, del que toda la Humanidad absorbe −o absorbía− la energía para mantenerse en forma y ágilmente en movimiento. Esa energía que ofreces, y nadie parece aceptar, hasta que el colapso universal anquilose el Cuerpo entero. Entonces todo serán lamentaciones con nocturnidad y alevosía: “¡Ya lo decía yo!”, dirán. Cierto. El entumecimiento es general, y hay quien pretende empeñado que así permanezca, hasta que su bombilla se funda, ¡porque no quiere aceptar que no alumbra! Palidece la piel y se desinflan ilusiones. Pero se insiste en hacer el papel. El bufón resulta ya histriónico, y mientras tanto el Mal avanza sin freno.

El Mal. Omnímodo, multicanal, vertical y transversal. Ni unos ni otros se atreven a encarar la situación, porque el riesgo es superior al decaimiento. El Cuerpo agoniza: ya nada es lo que era. Nadie osa intervenir −y si interviene, se lo anula por diestro y siniestro− “con criterio y decisión” (aseguran), porque las arterias por donde la sangre debería correr están atascadas. El Cuerpo desfallece, pero se mantiene en respiración forzada por intereses creados. Nadie se atreve a amputarlo.

Jadeando entre la vida y la muerte, los ancianos siguen aportando sus rostros pasados por el quirófano para parecer lo jóvenes que eran, pues quieren creer que son ellos los artífices del Cuerpo, y no son más que aquellos que lo han llevado in articulo mortis. Y eso, porque lo erigieron sobre la arena de la presunción y lo inflaron con arritranca, en lugar de dejar que fuera el Creador Quien le infundiera su vida.

Es lo mismo que sucede con esos usuarios de plataformas millonarias de criptomonedas cuyas acciones nadie investiga, pero todos van tras ellas, ansiosos de beneficio rápido a costa de la sangre de sus hermanos, aun si proclaman que miran por ellos. Son los mismos que luego rechazan colaborar en tu proyecto benéfico, solo porque “no entra en sus principios”, cuando sus principios no son más que no tener principios. ¡Pólvora adulterada!

Bombeando sangre

Es el momento de los jóvenes imberbes, pero los muy desventurados se ahogan por falta de aire, aun si disponen de músculo pasado por el fitness de las nuevas máquinas de musculación. A los pobres no les llega el aire que ansían, pues por los ancianos son silenciados, entestados en su devaneo de salvar lo que se pueda… para que no se pueda decir que el Cuerpo murió por su culpa. Y ahora se le suma su inacción.

“Salvar lo que se pueda”. ¡Pero si es un cadáver! ¿A quién puede ya seducir? No hay que caer en el error de pretender un nuevo Cuerpo, pues volveríamos a las mismas, tarde o temprano. El Cuerpo es el que es. Lo que debemos hacer de una vez es darle nueva vida, la Vida del Espíritu.

Hasta aquí podíamos llegar. Es hora de cambiar de aires, de construir el Cuerpo social sobre la roca, no con los aires de la petulancia, sino yendo de la mano ancianos y jóvenes, ricos y pobres, conservadores y progresistas. ¿Qué hay más progre que la vida? Todos a una y a costa de lo que sea, la intervención es ya a vida o muerte, porque lo gangrenado hay que amputarlo sin empeñarse en no perder en ello la sangre que necesitan otros miembros; y lo vivo hay que regenerarlo en una operación in extremis. No digo que nos va la vida, sino la extinción.

Para ello, lo primero es desatascar las arterias con nuevas células, la juventud que atesora el oro de la vida nueva en un mundo nuevo; una juventud −que aún la hay− que dispone de aire aún no excesivamente contaminado. A continuación, dada la evidencia, no empeñarse más en construir un Cuerpo a gusto del consumidor, sino dejar hacer al Todopoderoso.

La nueva savia

Atiéndeme, hermano, mi hermana del alma. Debemos participar todos −pues humanos somos todos, y de nuestro Salvador dependemos como siervos− en hacer crecer el Cuerpo “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23-24), y eso solo es posible conseguirlo con el Espíritu de Dios: ni de unos ni de otros, sino en comunión; solo con la Vida de la Verdad. El Espíritu es universal y da vida a todos, “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28), por lo cual todos deben participar en bombear la sangre, cada uno a su modo, cada célula en su lugar. Salvando el Cuerpo, salvaremos la Humanidad, para ganarnos la Eternidad.

No olvides que la Eternidad se gana “aquí”, como la semilla que cae en tierra buena y crece y da fruto: “o treinta, o sesenta, o ciento por uno” (Mc 4,20). Cada uno asumiendo su parte, sin envidias ni rencillas, sabiendo que dando cada uno lo mejor de sí, mantiene vivo al Cuerpo… que resucitará “allí”. El Padre en Jesús nos lo ha prometido. ¿Que qué? ¿Que soy utópico? ¿Acaso no es lo que deseamos todos? Solo nos falta vivir como Él nos pide, que es casi lo único que nos queda por probar. ¿Por qué no lo probamos? ¿La receta?: la humildad en el Amor. ¿La promesa?: la Eternidad. Te lo repito: la Eternidad. ¿Te parece poco?

Twitter: @jordimariada

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