Cada 14 de febrero, escaparates, redes sociales y campañas publicitarias nos recuerdan que celebramos el amor. Regalos, flores, cenas románticas y mensajes emotivos parecen llenar de significado el Día de San Valentín. Sin embargo, detrás de esta fiesta aparentemente inocente surge una pregunta incómoda: ¿qué entendemos hoy por amor?
La sociedad occidental lleva décadas proclamando la llamada “libertad sexual” como una conquista incuestionable. Se nos ha repetido que el acceso ilimitado a relaciones sexuales, desligadas del compromiso y de la responsabilidad afectiva, conduciría a generaciones más felices, más libres y emocionalmente más sanas. Pero los datos, cada vez más visibles, dibujan un panorama preocupante.
Una generación hipersexualizada… y más vulnerable
España lleva más de tres décadas registrando un aumento constante de embarazos no deseados, interrupciones voluntarias del embarazo y consumo de píldoras abortivas de emergencia. Paralelamente, las enfermedades de transmisión sexual se disparan entre los jóvenes, a pesar de que nunca antes había existido tanta información sobre sexualidad.
Nos encontramos ante una paradoja difícil de ignorar: la generación con mayor acceso a la llamada “educación sexual” parece enfrentarse a mayores dificultades para vivir su afectividad de forma equilibrada. Una educación que, en demasiadas ocasiones, se limita a aspectos biológicos o preventivos, pero que rara vez aborda la dimensión emocional, moral y espiritual del amor humano.
A esta realidad se suma otro dato que no puede dejarnos indiferentes: la juventud española atraviesa una crisis profunda de salud mental, con cifras históricas de ansiedad, depresión y suicidio juvenil. Sin caer en simplificaciones ni relaciones automáticas, resulta legítimo preguntarse si una cultura que trivializa el amor, el compromiso y la entrega personal no está contribuyendo también a esta fragilidad emocional.

La promesa incumplida de la “libertad”
La llamada libertad sexual prometía plenitud y autonomía personal. Sin embargo, con frecuencia ha terminado generando relaciones más inestables, vínculos más superficiales y una visión del otro reducida a objeto de satisfacción.
Cuando el amor se desvincula del compromiso, el riesgo de convertir a la persona en medio para el propio placer aumenta inevitablemente. Y cuando el deseo se convierte en criterio principal, la frustración aparece con la misma rapidez con la que surge la atracción.
Lejos de liberar, esta cultura puede terminar generando soledad, inseguridad afectiva y miedo al compromiso duradero; Y lo que es peor, las cifras de abortos, enfermedades de transmisión sexual y embarazos no paran de crecer en España, como ha plasmado magristralmente Jucho en la viñeta que acompaña a nuestro post de hoy, en la que 2 jóvenes se enfrentan a 2 caminos muy diferentes para comenzar a vivir su noviazgo.
El valor olvidado del noviazgo cristiano
Frente a esta realidad, el mensaje cristiano sobre el amor aparece hoy, más que nunca, como una propuesta profundamente contracultural. El noviazgo, entendido como camino de conocimiento, respeto y crecimiento mutuo, ofrece un espacio donde el amor madura antes de expresarse plenamente.
La castidad, tantas veces caricaturizada, no es una negación del amor ni de la sexualidad, sino una forma de ordenarla, de protegerla y de orientarla hacia la entrega total. Lejos de reprimir, busca educar el deseo para que no domine a la persona, sino que sirva al amor auténtico.
La fidelidad, por su parte, no es una limitación, sino una garantía de estabilidad emocional y confianza. Durante siglos, estas virtudes han sostenido familias y sociedades enteras, ofreciendo un marco donde el amor podía crecer con profundidad y seguridad.
El matrimonio como vocación al amor pleno
El matrimonio cristiano no es simplemente un contrato social ni una tradición cultural. Es una vocación al amor total, fiel y abierto a la vida. Un proyecto exigente, sin duda, pero también profundamente liberador, porque se basa en la donación sincera entre dos personas que deciden caminar juntas para siempre.
En un mundo donde todo parece provisional, el matrimonio ofrece un testimonio radical de esperanza: el amor puede ser definitivo, puede resistir las dificultades y puede convertirse en fuente de felicidad duradera.
Redescubrir el verdadero sentido de San Valentín
Tal vez el desafío para los cristianos no sea rechazar esta celebración, sino recuperar su significado más profundo. San Valentín no es el símbolo de un amor pasajero ni consumista, sino el testimonio de un amor que se mantiene fiel incluso en medio de la adversidad.
En una cultura que confunde libertad con ausencia de límites, el cristianismo recuerda que el amor verdadero no consiste en hacer lo que uno desea en cada momento, sino en aprender a entregarse al otro con responsabilidad, respeto y generosidad.
Hoy, más que nunca, nuestros jóvenes necesitan descubrir que el amor no es un sentimiento efímero ni una experiencia de consumo. Es una vocación que exige esfuerzo, sacrificio y madurez, pero que ofrece a cambio algo que ninguna cultura superficial puede dar: plenitud, estabilidad y sentido.
Porque, al final, la verdadera libertad no consiste en amar sin compromiso, sino en aprender a amar para siempre.
Daniel Fernández & Jucho










