Ser joven o ser botellón

“¡Juventud, divino tesoro!”, podríamos pensar, pero… ¿está nuestra juventud en su punto de caramelo, o pasada de rosca? ¿Vive en estado de sana búsqueda de mejores participaciones colaborativas en la creación de un mundo mejor, o lo que pretende es chupase el dedo unos a otros, día y noche, noche y día (como prefieras…)? ¡Porque parece como si vivieran chupándoselo en una noche perpetua cuyo único fin es el que marca el inicio de la siguiente! Se lo chupan a modo de niño que no quiere ser destetado, como si estuvieran esperando a que de ahí saliera leche materna edulcorada con metacrilato desnaturalizado para seguir viviendo amamantados por la sociedad laxa, como si no quisieran nada más de ella que la artificiosa vida de fantasía que les aporta un botellón tras otro.

Juventud. Viven anclados en un estado de somnolencia que da por frutos chorrillos de pullas mal digeridas, encadenándose al vacío más narcotizado, cuyo dedo no da más alimento que el alzarse la nueva ola de las nuevas antivirtudes antiestéticas de antipatías cruzadas por sus deseos de gloria y mansedumbre laica selectiva (a ese sí; a ese, no, pero LGTBI+), mezclada con revitalizantes de los ancestros más rústicos y depauperados.

¿Quo vadis, juventud? ¿No adviertes que estás perdida y cautiva entre tus propios zarzales? No. No lo ve. No lo advierte. Solo lo siente. Y luego vomita. “Es la puta vida la que escupo, porque la puta vida me escupe a mí”, chirría. Ya se ve. Empieza la vida, y ya siente que se le escapa, escurriéndosele sin más, porque la sociedad le niega un futuro que en la tele aseguran que es de película, de anuncio de pintalabios carmesí.

“¡Cretinolandia!”, exclama entre espumarajos sedientos de la narco-bomba que se pasan unos a otros para proseguir así enganchados… y enajenados. “¿Acaso tú no te la corriste a tu modo? ¡Los jóvenes somos así, y seguiremos siendo así! ¡Es la que tú llamas ‘juventud’! ¡Yo soy así! ¡Nosotros somos así!”.

(¿Juventud?). La sociedad le exige, pero no le da. ¿Para qué la quiere, pues, la sociedad?, ¿para pasársela, también? La sociedad le ha negado una familia, que es su célula primigenia, aunque en las pelis del sábado noche, eternizándose en cada noche que no parece ya ni sucesiva pues la vive encadenada, le vende que es una institución carca y retrógrada, es decir, que debe ser aniquilada. Y le ha chorizado un trabajo, y encima le llama “chorizo” porque le exige que se mantenga con lo puesto y no tiene ni para chorizo. Y le ha negado una educación que, de hecho, no tiene por qué encontrar en falta, porque, si la educación es gastársela para ir a columpiarse a Jamaica con una moza en una hamaca, te la peinarás tú, pero no ella, porque ya la tiene en la playa, en la esquina, en el sofá; y si es sentirse unos superiores a otros solo por tener esa educación que da la formación de la que le hablas, lo será para ti, pero no para ella, porque le suena a persistente chamusquina evanescente. Por eso no entiende el significado de “virtud”, porque está naufragando con el hielo hasta la médula. Aquí el superior es el más fuerte, que generalmente suele ser el más cachas… o el más espabilao.

Todos podemos ser jóvenes y naufragar entre ellos… o levantarnos y crecer, porque sentirse joven es ser joven, pues es cuestión de actitud, sí. Pero también de edad, no lo olvides. Y a esa edad, o la sociedad (que empieza en la familia) da, o la vida suele no dar… más que piltrafas… como vemos. Es muy difícil encontrar el resorte adecuado cuando no sabes lo que es un resorte, a menos que te dediques a apalancar a los demás. La sociedad, los “eternos jóvenes” de la sociedad que la señalan como a aquella juventud depauperada que ella es, deben despertar de su letargo, pues también han sido inoculados con narcótico. Deben contagiar vida, sin olvidar que es dando como se recibe. Y para recibir más, habrá de dar más. No para recibir, sino para co-crear con el Creador. Lo saben los padres y las madres. (Y los buenos reciben).

¿¡Dónde estás, sociedad!? ¿Has sido, acaso, momificada? ¿O descuartizada, tal vez? Somos ya muchos los que nos lo preguntamos, y el Espíritu Santo nos está empujando y anclando. Presentando. Urge, pues, que unamos los distintos retazos, sin protocolos ni jerarquías. En la juventud, los protocolos y las jerarquías sobran, no se usan. ¡Y queremos ser jóvenes con los jóvenes sabios de hecho y de provecho, que también los hay, y muy buenos! Articulándonos entre nosotros como un cuerpo vivo (el cuerpo místico de Cristo) deberemos dar esa vida que sentimos que se nos escapa. Si la sociedad (¿qué es, pues, la sociedad?) quiere sobrevivir a “aquella” juventud, deberá ser joven. Deberá ser santa. Y eso pasa por dar: dar lo necesario (¡también dinero!), pero dar la mano, en definitiva. Sí. Deberemos amarnos. Amar también -y más porque lo es- al zoquetón destetado. Porque ¿acaso la sociedad no somos todos?

Aquí el superior es el más fuerte, que generalmente suele ser el más cachas… o el más espabilao Clic para tuitear
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