¿Qué les pasa a los jóvenes con el coronavirus?

No todos los jóvenes, evidentemente, sólo una minoría, pero suficientemente numerosa para que en pleno rebrote del coronavirus ellos se hayan transformado en un problema importante, dado que el principal foco de transmisión se ha trasladado a la vida nocturna y más concretamente a los encuentros, reuniones, celebraciones, botellones de los menores de 30 años.

La noche se ha convertido en un ámbito propicio para el coronavirus. Los casos son innumerables y la casuística siempre la misma: un grupo numeroso de jóvenes socializando en un evento en el que hay densidad de personas, pérdida de todo criterio de seguridad y alcohol.  El listado de ciudades es largo y siempre señala el mismo escenario. Por la noche todo se relaja, se intima más y las ganas de diversión y el alcohol hacen el resto.

Hay también el hecho de que el joven ha perdido el miedo al SARS-CoV-2 porque va viendo que o bien no le causó ningún efecto o bien éste fue leve. Y esta realidad explica que, a pesar del creciente número de contagios, la presión sobre el sistema hospitalario sea muy pequeña,  pero va en aumento.

El problema es doble. Estos jóvenes actúan como vectores de contagio y además entre ellos abundan los asintomáticos, por lo tanto no entrarán nunca en contacto con el sistema de salud, pero sí propagarán el Covid-19. Este hecho, unido a la falta de rastreadores, explica el por qué en España el 60% de las transmisiones son de origen desconocido, circunstancia que impide seguir y aislar las cadenas de contagio.

Un problema grave con los padres

En un número aun sensiblemente muy inferior al de los jóvenes que participan en celebraciones poco responsables, hay otro grupo, pequeño, pero creciente, que está haciendo emerger un problema que se mantiene hace años y que evoluciona negativamente. Nos referimos a la realidad silenciada de las agresiones de los hijos a los padres. Agresiones que conllevan peleas violentas, palizas e incluso parricidios.

Es un tipo de violencia familiar que permanece oculta, en parte porque los mismos agredidos sienten vergüenza, en parte porque la administración pública ha prescindido de esta información. De hecho, de todas las violencias de puertas adentro de las casas contra los menores, personas mayores, los padres contra los hijos, sólo hay un foco privilegiado que deja en la oscuridad al resto, el de la violencia del hombre contra su pareja.

Recientemente se han producido dos nuevos parricidios, y dos menores han sido detenidos por matar a sus madres, uno en Córdoba, muerta a cuchilladas; y otra en Lepe, estrangulada. El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha hecho públicas las cifras de 2019, habiéndose producido 4.858 juicios a menores por razones diversas en los 17 juzgados de menores.

¿Qué está sucediendo para que esta circunstancia tan extraordinaria vaya creciendo? El periodo de confinamiento aún rebeló más las tensiones y desató la violencia. Según los especialistas, la causa principal son determinados estilos educativos que favorecen las posibilidades de sufrir maltrato a medida que los hijos se hacen mayores.

Concretamente señalan tres tipos de educación que conlleva este riesgo:

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Se trata de las familias permisivas en que los padres lo que pretenden es ser amigos de los hijos y entonces los dejan sin la figura paterna y el principio de autoridad moral que conlleva.

Un segundo modelo es el de las familias sobreprotectoras, aquellas que se preocupan desmesuradamente por su hijo al que nunca le encuentran responsabilidad ni culpa y al que a lo largo de su infancia y adolescencia han justificado todos sus actos por equivocados que fueran.

Finalmente, los padres que no se ocupan directamente de la educación de sus hijos, están ausentes, y consideran que ya cumplen su papel delegando la responsabilidad en otros, profesor, monitores, entrenadores. Algunos consideran equivocadamente que su figura puede ser sustituida por la compra de servicios y, por lo tanto, del dinero.

Todavía hay otro factor más profundo, que es la descalificación de la autoridad paterna como última razón.

Si esta función no se ha desarrollado desde el inicio de la infancia y ha evolucionado de manera natural en el proceso de maduración del hijo, cuando éste llega a ser un adolescente mayor o un joven, no tiene ningún mecanismo que implique un grado de respeto a esta figura que en un momento determinado limita sus deseos. Este hecho todavía se ve más acentuado porque la cultura imperante canta la excelencia de la satisfacción del deseo individual como única o principal forma de realización personal. Nada puede oponerse a ella.

En definitiva, sea por la vía del coronavirus, sea por esta otra vía, es evidente que tenemos un problema con este sector de la juventud que se ve multiplicado por las condiciones adversas en las que muchos de ellos efectúan su crecimiento hacia su edad adulta: una educación escolar deficiente en muchos de los centros, especialmente los públicos, la falta de trabajo y de oportunidades para realizar la vida profesional y ganar autonomía.

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