Vivimos en una época que presume de avances extraordinarios. La humanidad sueña con colonizar Marte, llevar agua a la Luna y expandir sus fronteras más allá de la Tierra. Pero mientras dirigimos la mirada al cielo con ambición casi ilimitada, millones de personas siguen mirando al suelo buscando algo tan básico como agua para no morir, NO MORIR.
Llamadme tiquismiquis, pejiguero o melindroso, pero esta realidad no puede dejarme indiferente, y me obliga a plantear a todas las conciencias (quien aún la mantenga) una pregunta incómoda: ¿de qué sirve el progreso si no está al servicio del hombre?
Los datos son contundentes y, más que cifras, deberían entenderse como un examen de conciencia colectivo. Más de 2.200 millones de personas carecen de acceso a agua potable segura, según Naciones Unidas. Cada día mueren cerca de 1.000 niños por enfermedades relacionadas con el agua contaminada, de acuerdo con UNICEF. En total, alrededor de 1,4 millones de personas fallecen cada año por la falta de agua potable, saneamiento e higiene. A esto se suma otra tragedia silenciosa: aproximadamente 783 millones de personas padecen hambre en el mundo, mientras se desperdician más de 1.000 millones de comidas al día. No estamos ante un problema de escasez, sino de prioridades.
¿Progreso o retroceso?
Aquí es donde la moral cristiana introduce un criterio claro y exigente. El Evangelio no mide el valor de una civilización por su capacidad tecnológica, sino por su capacidad de amar y cuidar al prójimo. Cristo lo expresó de forma directa y sin rodeos: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber” (Mateo 25,35). Estas palabras no son una recomendación opcional, sino un criterio de juicio. A la luz de este mensaje, una sociedad que invierte enormes recursos en proyectos futuristas mientras permite que miles de personas mueran cada día por causas evitables revela una profunda incoherencia moral.

No me considero un ludita, ni tecnofóbico ni refractario. Estoy convencido que el problema no es la ciencia ni el avance tecnológico en sí mismos, que pueden ser expresión del talento humano y colaboración con la obra creadora. El problema surge cuando ese progreso se convierte en un fin absoluto, desligado de la ética y de la dignidad humana. Ya deja de ser un instrumento al servicio del bien común y se transforma en una nueva forma de idolatría. Ya no se adoran estatuas de oro, pero se rinde culto al desarrollo, al dinero o al prestigio internacional. En este sentido, las palabras del Evangelio siguen teniendo una vigencia incómoda: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mateo 6,24). Que sí, que el dinero es necesario, pero no ha de ser el objetivo de tus pasos.
La incoherencia es aún más evidente cuando se observa que el mundo dispone de recursos suficientes para alimentar a toda la población y garantizar condiciones básicas de vida, pero falla en su distribución. No se trata de incapacidad técnica, sino de falta de voluntad moral. En muchas regiones del África subsahariana, a 2.500 km desde Sevilla, (la luna está 384.400 km, un pelín más lejos…) por ejemplo, el acceso al agua potable sigue siendo un lujo, mientras en otras partes del mundo se financian proyectos multimillonarios que, aunque científicamente valiosos, resultan difíciles de justificar cuando se comparan con la urgencia de salvar vidas humanas aquí y ahora.
La Doctrina Social de la Iglesia insiste en que la dignidad de la persona está por encima de cualquier interés económico o político, y que los bienes de la Tierra tienen un destino universal, o lo que es lo mismo: nadie debería carecer de lo necesario para vivir con dignidad. Desde esta perspectiva, la caridad no es un gesto voluntario o sentimental, sino una exigencia moral. Como recuerda el Evangelio: “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá” (Lucas 12,48). Y hoy, como humanidad, se nos ha dado mucho.
Por eso, la cuestión de fondo no es si lograremos conquistar la Luna, si podremos explorar otros planetas o abriremos un Mercadona en Saturno. La cuestión verdaderamente importante es si estamos construyendo un mundo justo. Porque si el progreso no se traduce en una mejora real para los más vulnerables, si la riqueza convive con la miseria sin escándalo, y si la tecnología avanza mientras la compasión retrocede, entonces el problema no es técnico, sino moral. Y la advertencia del Evangelio resuena con fuerza: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Marcos 8,36).
Jucho









