Teología, fe y magisterio

En la Universidad de Salamanca, Juan Pablo II recordó a los profesores los lazos que deben unir la teología, la fe y el magisterio. Y que la gran tentación del teólogo es desarrollar sus investigaciones, con sentido, un tanto autónomo.

El Papa Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II para buscar un acercamiento con las iglesias cristianas separadas. Lo convoca en enero de 1959, y lo preside en su 1ª sesión, en octubre de 1962. La 4ª y última, fue en diciembre de 1965.

Interpretaciones erróneas en el transcurso de su desarrollo, por la intervención de algunos teólogos de diversos países dieron lugar a una grave crisis de la sociedad humana, que se viene padeciendo en la actualidad. La doctrina del Concilio Vaticano II recuerda la importancia de la fe en la investigación teológica, como recordaba Juan Pablo II en Salamanca. Solo la Iglesia, raíz viva y permanente de la teología, puede establecer la esencia del trabajo teológico (Juan Pablo II).

La aceptación de esta verdad elemental es el remedio de fondo a la crisis de incertidumbre y descomposición derivada del Concilio Vaticano II, creada por algunos teólogos, y aprovechada por los enemigos de la Iglesia, desde entonces, hasta nuestros días.

Lo que se pide a la Iglesia en estos tiempos, es inyectar las energías eternas, vivificantes y divinas del Evangelio, en las venas del mundo moderno. Este mundo, que tan orgulloso está de sus constantes progresos tecnológicos y científicos en beneficio de la humanidad, pero que sufre las consecuencias en el orden temporal porque algunos quieren organizarlo a su modo, olvidándose de Dios. Las deficiencias de ciertos teólogos, como de tantos cristianos, proceden del olvido del papel de la fe en el desarrollo de los temas temporales.

Tampoco en el campo antropológico el “destino del hombre” se puede definir únicamente en términos puramente racionales. Juan Pablo II, hablando del “misterio del hombre”, dice que: “llamado el hombre a participar de la vida divina, lo relativo a su salvación escapa, en lo esencial, a la investigación puramente racional”. De ahí que los teólogos, aunque se limiten a la moral, al tratar estos temas con sentido solamente racional se cerrarían al saber de la Iglesia.

Existen en nuestros días demasiados ataques al hombre, a sus derechos, y a su dignidad, para que los verdaderos teólogos no lleven la luz de la fe a esos debates, con su esfuerzo y credibilidad.

Solo la fe propuesta por la Iglesia como fuente de verdad, es la que está habilitada para hablar de la verdad última del hombre. (J.M. Aubert).

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