En nuestro anterior artículo, admirábamos el testimonio martirial de la familia Ulma, los padres y sus siete hijos, uno de ellos nacido literalmente en el momento del martirio de su madre, todos ellos ejecutados por los nazis en 1944 por acoger en su hogar a dos familias judías. Todos ellos fueron beatificados como mártires en la misma ceremonia, el 10 de septiembre de 2023.
Objeción clásica al martirio de los Ulma
En este segundo artículo vamos a analizar por qué la Iglesia concede el martirio a alguien al que no se ha pedido apostasía. Porque solemos tener una idea muy reductiva del concepto de mártir: “o reniegas ahora mismo de tu fe, o te mato; o sacrificas a los dioses, o a los leones”. Y, en este caso, podríamos pensar que la familia Ulma fue asesinada, y tal vez deban ser santos, pero no mártires, puesto que no fueron ejecutados por odio a la fe cristiana, sino por incumplir una legislación alemana que prohibía dar refugio a judíos.
Es la misma objeción que se plantea con frecuencia a tantas causas de martirio de la Iglesia, pero es un error plantear el asunto en esos términos. En el caso de los Ulma, no estamos ante una mera desobediencia de la legalidad vigente:
la ley nazi que castigaba con pena de muerte ayudar a judíos no era una ley neutral, sino una ley intrínsecamente injusta, fundada en una ideología radicalmente anticristiana y también, por cierto, totalmente inhumana.
Por tanto, el conflicto no es meramente legal, sino ante todo moral y religioso. De esta manera, la causa próxima e inmediata del asesinato de la familia Ulma sería, no cabe duda, el hecho de “dar refugio a los judíos” en manifiesta desobediencia a la legislación alemana. Pero la causa última y formal es más honda, y es la causa que la Iglesia considera para declarar su martirio:
vivir en grado heroico una virtud cristiana inseparable de la fe, incompatible con la ideología de las autoridades invasoras.
Y es que “el martirio puede consumarse también en la aceptación voluntaria de una muerte infligida por odio a una virtud cristiana inseparable de la fe”. (Dicasterio para las Causas de los Santos).
Definitivamente, los Ulma no murieron sencillamente por infringir una ley, sino por obedecer un mandato evangélico incompatible con la ideología de sus verdugos.
Conviene aclarar que la Iglesia reconoce el martirio cuando el odio a la fe es “implícito, indirecto o mediado”. Esto significa que no se exige para el martirio una petición de apostasía explícita, ni que el verdugo exprese algo similar a “te mato por ser cristiano”, ni siquiera se pide que la víctima confiese verbalmente su fe. Se exige muerte violenta por una causa vinculada a la fe (odium fidei) o a una virtud cristiana, junto con la aceptación consciente y libre del riesgo. Tradicionalmente, se considera como vinculado al martirio el perdón a los enemigos, pero no es una exigencia propia de los procesos, lo que significa que no se exige probar que el mártir haya pronunciado palabras de perdón o haya manifestado sentimientos explícitos de misericordia hacia sus verdugos.
Lo que sí pide la Iglesia es ausencia de odio, de venganza o de violencia deliberada y que el mártir no muera “matando” ni rechazando la fe por rencor o temor, sino que permanezca fiel a Cristo hasta el final.
De esta manera, se considera que el perdón va implícito, vivido como unión al sacrificio de Cristo, que perdonó a sus verdugos desde la cruz. Por lo tanto, el perdón explícito es heroico y luminoso, pero no obligatorio, y no siempre hay oportunidad de expresarlo de manera manifiesta.
Precedentes históricos de causas similares
La objeción anteriormente expuesta al martirio de los Ulma, y que hemos intentado desarmar, podría hacerse a muchas otras causas de martirio a lo largo de la historia de la Iglesia:
Santa María Goretti, joven italiana asesinada en 1902 por un vecino de su pueblo que intentó violarla. A María su asesino no le pidió renegar de su fe, ni nada parecido. El motivo inmediato de su asesinato fue sexual y, sin embargo, la Iglesia la canoniza como mártir. De nuevo, aquí la Iglesia no considera el martirio solo por la intención explícita del verdugo, la más evidente y obvia ante una consideración apresurada, sino por la conexión objetiva entre la muerte de la mártir y una virtud cristiana esencial: odium virtutis christianae, odio a una virtud cristiana inseparable de la fe.
Y es que en María Goretti la castidad no es una opción suya particular y privada, sin consecuencias externas: es una virtud cristiana central, que ella entiende vinculada a su cuerpo como templo de Dios. Su agresor rechaza violentamente esa virtud, porque se interpone a su deseo. Aunque el agresor no piense “odio el cristianismo”, el hecho es que odia concretamente una exigencia moral cristiana y mata por ella.
Por eso santa María Goretti es mártir de la castidad, porque defiende una virtud moral cristiana en grado heroico.
Atención, castidad no es sinónimo de virginidad, por eso la castidad puede y debe darse en los cristianos de cualquier estado de vida, tanto en casados como en consagrados. Santa María Goretti defiende la castidad frente a una agresión concreta, siendo virgen como la podría haber defendido también desde un hipotético estado de joven casada. De esta manera, la Iglesia distingue virginidad y castidad porque la castidad regula el uso moral de la sexualidad, mientras que la virginidad es una entrega total del cuerpo y de la vida a Cristo.
Por eso, en los martirologios antiguos aparece con frecuencia la fórmula: virgo et martyr, no casta et martyr. Castos debemos ser todos los cristianos; vírgenes, solo los llamados a una consagración específica a Dios de manera directa.
Y así llegamos precisamente a un caso paradigmático de virgen y mártir, Santa Inés, que arroja especial luz sobre el martirio de los Ulma. Santa Inés se alza en los primeros siglos del cristianismo, venerada desde muy pronto como virgen y mártir. Joven muchacha de unos 12 o 13 años, según la tradición, rechazó un matrimonio impuesto contra su voluntad de consagrarse al Señor.
Aquí el conflicto no fue inicialmente teológico, sino social. Sin embargo, la Iglesia ha entendido siempre el martirio de Santa Inés como odio a la virginidad cristiana, que es inseparable de la fe en Cristo.
El verdugo no discute el Credo, no exige una apostasía formal, pero no tolera la conducta casta de la virgen, que nace de su fe y solo se explica desde su fe.
Es exactamente el mismo patrón que se da en el martirio de Santa María Goretti (mártir de la castidad) y en la familia Ulma (mártires de la caridad). En los tres casos, un poder – individual, imperial o estatal – intenta apropiarse del cuerpo de una niña, o de la casa y la conciencia de toda una familia.
La negativa cristiana dice: “Esto no te pertenece; pertenece a Dios”. Esa afirmación es ya confesión de fe, aunque no se pronuncie en forma de credo y de manera explícita.
Y así, desde Santa Inés hasta María Goretti y la familia Ulma, la Iglesia reconoce como mártir a quien muere por fidelidad a una virtud cristiana esencial, cuando esa fidelidad resulta intolerable para el poder que la elimina.
El mártir de la castidad – Santa María Goretti – defiende una virtud moral cristiana en sentido amplio, la castidad frente a una agresión concreta.
El mártir de la virginidad – Santa Inés – defiende una condición estable y pública: la virginidad consagrada o prometida a Cristo.
El mártir de la caridad – familia Ulma – defiende el amor al prójimo como un mandato evangélico al que, en conciencia, no puede renunciar.
En María Goretti su castidad es la causa formal de su martirio; en Inés lo es su virginidad; en los Ulma, su caridad. En ninguno de los tres casos estas virtudes son elementos accidentales del conflicto, sino el corazón del mismo.
Llegamos así al que puede ser considerado caso más adecuado para confrontarlo con el martirio de los Ulma, aunque solo sea por su cercanía de fechas y circunstancias: nos estamos refiriendo, naturalmente, al martirio de San Maximiliano María Kolbe, como los Ulma, mártir de la caridad. La historia es conocida: tras la fuga de un prisionero del campo de concentración donde estaba Kolbe, los nazis eligen diez hombres al azar para morir de hambre.
Kolbe se ofrece voluntariamente para sustituir a un padre de familia.
Pero a Kolbe no se le pidió apostasía, ni se le interrogó sobre su fe: murió tras dos semanas de agonía, ejecutado con una inyección letal.
La objeción a su consideración de mártir sería muy similar a la de los Ulma, por no decir idéntica: “Kolbe no murió por su fe, sino por una decisión disciplinaria del campo de concentración.” Exactamente la misma objeción que a la familia Ulma (“murieron por violar una ley”). De hecho, Kolbe fue inicialmente beatificado como “confesor” en 1971, sin reconocimiento formal de martirio en aquel momento, pero Juan Pablo II, tras el oportuno discernimiento eclesial, lo canonizó como mártir en 1982, declarando solemnemente a Kolbe “mártir de la caridad”. Esto no fue un recurso poético del papa polaco, sino un acto doctrinal de enorme peso, porque explicitaba de modo solemne una comprensión ya presente en la tradición del martirio cristiano, sin romper por tanto con la tradición de la Iglesia.
El Papa afirma que el acto de Kolbe es confesión suprema de la fe, porque realiza literalmente y encarna lo contenido en el evangelio: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.” (Jn 15,13).
San Maximiliano Kolbe demuestra definitivamente que no es necesaria una apostasía explícita, ni es necesaria una persecución doctrinal verbalizada, basta con que una virtud cristiana esencial, vivida hasta sus últimas consecuencias, sea eliminada violentamente por un poder que no la tolera.
Finalmente, el martirio de los Santos Inocentes, el precedente más antiguo y muy probablemente más fuerte teológicamente para entender todos los casos que hemos ido analizando (Inés, Goretti, Kolbe, la familia Ulma y, sobre todo, el pequeño beato, su niño “no nacido”).
Los Santos Inocentes, niños varones de Belén y sus alrededores, fueron asesinados por orden de Herodes el Grande (Mt 2,16), por un motivo inmediato muy concreto: eliminar al Mesías, Jesucristo. Todos ellos eran niños pequeños, sin uso de razón, no estaban bautizados – no podían estarlo aún -, no se les pidió apostasía, no podían confesar la fe. Y, sin embargo, la Iglesia los venera desde los primeros siglos como mártires, celebrando su fiesta litúrgica el 28 de diciembre.
La objeción sería similar a la interpuesta en todos los casos anteriores: “No murieron por confesar la fe cristiana, no sabían quién era Cristo, no estaban bautizados, no se les pidió renegar de nada. ¿Cómo pueden ser mártires?”
Pues bien, se considera que los Santos Inocentes “murieron propter Christum, no pro Christo.” Es decir, no murieron por confesar a Cristo, sino a causa de Cristo. El objeto del odio no es su fe personal, sino Cristo mismo.
Herodes odia al Mesías y elimina a quienes están en su lugar. Volvemos a lo mismo: el martirio no exige conciencia explícita ni confesión verbal, sino una muerte violenta causada por odio a Cristo o a una realidad inseparable de Él. En este sentido, los Santos Inocentes constituyen el paradigma originario del martirio cristiano.
Desde los Padres de la Iglesia (San Agustín, San Ireneo), el bautismo de sangre suple el bautismo sacramental, no exige conciencia explícita ni exige confesión verbal. Por eso los Santos Inocentes son el caso paradigmático del bautismo de sangre.
Conclusión
De esta manera, regresamos a nuestra familia de mártires polacos, la familia Ulma y sus hijos, los siete hijos martirizados con los padres, incluido el hijo nacido en el momento mismo del martirio de su madre, porque si se negara el martirio de los Ulma por falta de apostasía o falta de confesión explícita y verbal de fe, habría que negar el martirio a Santa Inés, a Santa María Goretti, a San Maximiliano María Kolbe y a tantos otros.
Y, atención, si se negara el martirio del niño no nacido de la familia Ulma por falta de bautismo, ¡habría que negar el martirio a los Santos Inocentes!, algo sencillamente impensable dentro de la fe católica, porque los Inocentes de Belén son anteriores a cualquier derecho canónico, anteriores a cualquier definición eclesial y parte del núcleo más antiguo de la liturgia de la Iglesia.
El martirio de los Santos Inocentes explica y alumbra por qué la Iglesia puede reconocer como mártir a un bebé nacido en el momento mismo del martirio de su madre y a toda su familia, sin apostasía, sin interrogatorio, incluso sin bautismo sacramental previo.
¡Gloria a Dios en sus mártires!
Te martyrum candidatus laudat exercitus.










