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17/02/2005 - Documentos
El bolchevismo contra el nazismo: 12 comparativas de dos barbaries
Martin Amis, escritor excomunista, analiza por contraste los dos grandes horrores del s.XX. ¿Por qué uno se canoniza como el mal en estado puro y el otro parece verse sólo como un error histórico?
Gracias a nuestro Stalin querido por nuestra infancia feliz, 1939
Por cada uno de nosotros se preocupa Stalin desde el Kremlin, 1940
Gloria al gran Stalin, 1948
Hitler liberador, cartel de propaganda nazi durante la ocupación en Ucrania y Bielorrusia
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En su libro Koba el Terrible, el novelista y ensayista británico Martín Amis se centra en un punto débil del pensamiento del s.XX y aún del XXI: la tolerancia de los intelectuales occidentales ante el comunismo.

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Martin fue militante comunista, como su padre -el también novelista Kingsley Amis-, hasta que las revelaciones de Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag  fueron innegables. Aquello no podía sostenerse más. En 1978 aún mantenía Martin un diálogo como el siguiente con un irreductible:

 

-Me hago preguntas –comenta Amis- sobre la distancia que media entre la Rusia de Stalin y la Alemania de Hitler.

-Ah, no caigas en eso, no caigas en las comparaciones morales.

-¿Por qué no?

-Lenin fue... un gran hombre.

-De eso nada.

-Hablaremos largo y tendido.

-Largo y tendido.

 

“Pero ya habíamos progresado un poco”, escribe Amis. “Ahora las discusiones eran sobre si la Rusia bolchevique había sido mejor que la Alemania nazi. Cuando apareció la Nueva Izquierda, las discusiones eran sobre si la Rusia bolchevique era mejor que Estados Unidos”.

 

Más adelante en Koba el Terrible, Martin Amis se anima  a hacer la comparación en grandes pinceladas. Y como tales las recogemos aquí.

 

 

¿Qué diferencia hay entre el bigote pequeño (de Hitler) y el bigote grande (de Stalin), en el que deberíamos incluir el bigote mediano de Vladímir Ilich (Lenin)?

 

Cifras.

 

Aunque añadiéramos las bajas totales de la Segunda Guerra Mundial (40-50 millones) a las del Holocausto (alrededor de 6 millones) parece que el bolchevismo podría superarlas. La guerra civil, el Terror Rojo, el hambre; una Colectivización que según Conquest causó tal vez 11 millones. Solzhenitsyn calcula (“una estimación modesta”) que fueron entre 40 y 50 millones los que cumplieron condenas largas en el GULAG de 1917 a 1953 (y muchos otros después del breve deshielo de Jrushov), y luego el Gran Terror, la deportación de poblaciones de los años 40 y 50, Afganistán... Los “Veinte Millones” empiezan a parecer cuarenta.

 

Exactitud.

 

¿Hay alguna diferencia moral palpable entre los ferrocarriles y chimeneas de Polonia y el silencio antinatural y sobrecogedor que cayó poco a poco sobre las aldeas de Ucrania en 1933? Bajo Stalin “no se hizo hincapié en la aniquilación completa de ningún grupo étnico”. La diferencia radica en el empleo del adjetivo “completa”, porque Lenin emprendió campañas genocidas (la descosaquización) y lo mismo hizo Stalin. La diferencia podría estar en que el terror nazi se esforzaba por ser exacto, mientras que el terror estalinista era deliberadamente aleatorio. Todo el mundo era víctima del terror, desde el primero hasta el último; todos menos Stalin.

 

Ideología.

 

El marxismo era un producto de la clase media intelectual; el nazismo era sensacionalista, de prensa basura, de los bajos fondos. El marxismo exigía de la naturaleza humana esfuerzos sin ningún sentido práctico; el nazismo era una invitación directa a la abyección. Y sin embargo las dos ideologías funcionaron exactamente igual en sentido moral.

 

Médicos de la muerte.

 

¿Hay alguna diferencia moral entre el médico nazi (bata blanca, botas negras, bolas de Zyklon B) y el interrogador salpicado de sangre del campo de castigo de Orotukán? Los médicos nazis no sólo participaban en experimentos y “selecciones”. Inspeccionaban todas las etapas del proceso ejecutor. En realidad, el sueño nazi era en el fondo un sueño biomédico. Fue una subversión que no practicó el bolchevismo.

 

Efecto social.

 

El nazismo no destruyó la sociedad civil. El bolchevismo sí. Es una de las razones del “milagro” de la recuperación alemana y de los fracasos y la vulnerabilidad de la Rusia actual. Stalin no destruyó la sociedad civil. Lenin sí.

 

La risa.

 

La resistencia de la risa a desaparecer se ha señalado ya en el caso soviético. Parece que los Veinte Millones no tendrán nunca la dignidad fúnebre del Holocausto. Esto no es, o no sólo es, una muestra de la “asimetría de la tolerancia” (la expresión es de Ferdinand Mount). No sería así si en la naturaleza del bolchevismo no hubiera algo que lo permitiera.

 

Ciclo de vida.

 

Stalin, a diferencia de Hitler, hizo todo el mal que pudo, entregándose en cuerpo y alma a una empresa de muerte. El año que murió estaba preparando lo que por lo visto era otra gigantesca campaña de terror, víctima, a los 73 años, de un antisemitismo remozado y senil. Hitler, por el contrario, no hizo todo el mal que pudo. Lo peor de Hitler se alza como una larga sombra que afecta de manera implícita a nuestro concepto de los crímenes que cometió. De haber sobrevivido, el nazismo “maduro” habría sido, entre otras cosas, un desbarajuste genético a escala hemisférica (ya había planes, a principios de los años cuarenta, para depurar aún más el linaje ario). El laboratorio de Josef mengele en Auschwitz se habría ampliado hasta alcanzar las dimensiones de un continente. La psicosis  hitleriana no era “reactiva”, no respondía a los acontecimientos, sino a ritmos propios. Poseía además una tendencia fundamentalmente suicida. El nazismo fue incapaz de madurar. Doce años era quizá la duración natural de una agresividad tan sobrenatural.

 

Aplicabilidad.

 

El bolchevismo era exportable y en todas partes producía resultados casi idénticos. El nazismo no se podía reproducir. Comparados con Alemania, los demás Estados fascistas fueron simples aficionados.

 

Éxito en vida.

 

Hitler, al final de su trayectoria afrontó la derrota y el suicidio. “Cuando Stalin cumplió 70 años en 1949 –dice Martín Malia- era realmente el “padre de los pueblos” para un tercio de la humanidad; y parecía que era posible, incluso inminente, que el comunismo triunfara a nivel mundial.

 

Vergüenza de la especie.

 

La combinación alemana de desarrollo avanzado, alta cultura y barbarie infinita es, desde luego, muy singular. Sin embargo no podemos aislar el nazismo alegando que era exclusivamente alemán. Tampoco podemos poner en cuarentena el bolchevismo alegando que era exclusivamente ruso. La verdad es que los dos relatos abundan en noticias terribles sobre lo que es humano. Producen vergüenza y al mismo tiempo indignación. Y la vergüenza es mayor en el caso de Alemania. Por lo menos es lo que yo creo. Prestemos atención al cuerpo. Cuando leo libros sobre el Holocausto experimento algo que no me sucede cuando leo libros sobre los Veinte Millones, es como una infestación física. Es vergüenza de la especie. Y esto es lo que el Holocausto nos pide.

 

Armas especiales.

 

Pero Stalin, al dar las gruesas pinceladas de su odio, disponía de armas que Hitler no tenía.

 

Tenía el frío: el frío abrasador del Ártico. “En Oimiakón [en Kolymá] llegaron a registrarse temperaturas de –72 ºC. Incluso a temperaturas mucho más altas se resquebraja el acero, revientan los neumáticos y saltan chispas cuando el hacha golpea el tronco de los alerces. Cuando baja la temperatura el aliento se congela en cristales que tintinean en el suelo con un rumor que llaman “susurro de las estrellas”.

 

Tenía la oscuridad: el secuestro bolchevique, la crudelísima e implacable autoexclusión del planeta, con su miedo a las comparaciones, su miedo al ridículo y su miedo a la verdad.

Tenía el espacio: el inmenso imperio de once zonas horarias, las distancias que extremaban el confinamiento y el aislamiento, la estepa, el desierto, la taiga, la tundra.

 

Y lo más importante: Stalin tenía tiempo.

 

Y además...

 

Stalin fue un dirigente muy popular dentro de la URSS durante todo el cuarto de siglo que duró su gobierno. Resulta un poco humillante poner por escrito una cosa así, pero no hay forma de evitarlo. También Hitler fue un dirigente popular, pero a diferencia de Stalin, consiguió algunas victorias económicas y persiguió a minoría relativamente pequeñas (los judíos eran el 1% de la población). Las víctimas de Stalin fueron grupos mayoritarios como el campesinado (85% de la población). Y aunque la vigilancia que ejercía Hitler sobre la población fue intimidatoria y persistente no se excedió, como Stalin, para crear un clima de náusea y miedo.

 

 

Amis ha hecho un libro para despertar la memoria: “Para la conciencia general, los muertos rusos siguen durmiendo. Millones. Se libro una guerra contra ellos y contra la naturaleza humana y la libró su propia gente.”

 



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