La realidad es más necia que la ciencia
El alma nace a los dos meses de la concepción, dice un diario, "tan pancho"... Cuando la ciencia, en lugar de estudiar la realidad, se apoya en la ideología, puede llegar a conclusiones disparatadas. Basta ver el artículo de Brenda Maddox publicado en “The Guardian”, en “El Mundo” y en otros periódicos de Europa y América. Se dice, ni más ni menos, que “el alma humana nace a los dos meses de la concepción” y que “algunos expertos creen que estos hallazgos podrían permitir un cambio de postura en el Vaticano hacia el aborto y la investigación con células embrionarias”. Con estos titulares es muy difícil resistirse a leer lo que contiene el artículo porque se promete mucho, pero, oh decepción, el artículo no es para nada científico, sino una sarta de afirmaciones más ideológicas que basadas en el estudio de la realidad. Lo que más sorprende es que cite a Santo Tomás de Aquino como argumento y continuamente se ataque a la Iglesia, que precisamente en este punto se alinea con la ciencia, auténtica -se entiende-, y se separa de Tomás de Aquino.
En el citado artículo, se dice que el esperma del varón fertiliza el óvulo femenino no en un solo momento, sino en un proceso que tarda entre dos y doce horas. Perfecto, no hay problema, pero hay un momento en el que surge una nueva célula con un código genético distinto al del esperma y al del óvulo, y ese es el nuevo ser humano. Se dice también que hasta catorce días después de producirse la fertilización el embrión puede dividirse en gemelos. Totalmente de acuerdo, pero cada uno tiene un código genético propio y cuando aparece esa distinción, estamos ante un nuevo ser humano. La vida humana no comienza cuando hay una señal del encefalograma, como dice el artículo, como tampoco cuando hay actividad intelectiva. Un recién nacido tiene inteligencia, pero no es inteligente. Del mismo modo, un embrión en el estado inicial, no tiene encefalograma, pero ya está en él la posibilidad de desarrollarlo sin intervenciones externas. El ser humano es más que una señal encefalográfica, como se ha demostrado en el último congreso de la Academia de las Ciencias acerca de la muerte cerebral. Además, no hay que olvidar que esto no tiene nada que ver con el alma humana, y en esto, la Iglesia hace más caso a la ciencia que a Tomás de Aquino, que estaba más alejado de la ciencia, aunque lo cite como autoridad científica el artículo. Hay alma humana desde que hay ser humano y hay ser humano desde que nos encontramos ante un código genético propio. La ciencia, cuando es verdadera ciencia, busca comprender la realidad, no recrearla en base a presupuestos ideológicos. La realidad es muy necia y por mucho que se empeñe la ciencia, no puede convertirla en algo distinto de lo que es. La realidad no se deja. Y lo que conocemos de la realidad gracias a la ciencia es que en el origen de un ser humano, de cada ser humano, se encuentran dos células muy especializadas: el gameto femenino u ovocito y el gameto masculino o espermatozoide. Son dos células que se han formado en un proceso llamado “meiosis” en el que han reducido el número de sus cromosomas de 46 a 23.
Veinte horas después de una relación sexual, la cabeza del espermatozoide penetra en el plasma de la célula huevo para constituir un nuevo sistema genético con 46 cromosomas, absolutamente irrepetible, que no es simplemente la suma de los códigos de los padres. Eso es un ser humano que comienza inmediatamente un desarrollo propio, tiene su propio programa y en él están determinadas las características somáticas del adulto que será: color de los ojos, altura, rasgos físicos, enfermedades hereditarias, color del cabello, etc.
El desarrollo desde este ser monocelular hasta el adulto es un desarrollo perfectamente coordinado en un sucederse de actividades celulares y moleculares controladas por un nuevo genoma. El ser que se desarrolla es uno y esa coordinación y esa unidad que se siguen desde el inicio indican que no es un simple agregado de células distintas, sino un ser nuevo, un individuo. Pueden ser gemelos, pero en ese caso, son dos individuos, cada uno con un desarrollo distinto.
El desarrollo se da en plena continuidad. El mismo código genético de la primera célula es el mismo código del niño que nacerá y del anciano que morirá, quizás con ciento veinte años, no importa. Es el mismo código, desde la primera célula.
El desarrollo se da con gradualidad, en diversos pasos, sin saltos. La sucesión de las formas no se da en saltos -no se pasa del cigoto a un niño de seis años-, ni son individuos diversos, sino el mismo individuo que va desarrollándose poco a poco, con unas reglas internas que hacen que su proceso sea muy semejante al de cualquier mamífero, al de cualquier ser humano. Hay un fin intrínseco que se va cumpliendo en el proceso manteniendo siempre la misma identidad.
Otra afirmación, la última: el alma humana es espiritual, no corporal, por tanto no nace. Si el ser humano es capaz de actividades espirituales como son la inteligencia racional y la voluntad libre, se debe a que tiene unos “órganos” espirituales que las hacen posibles, es decir, unas facultades, y estas facultades sólo se pueden sustentar en un alma espiritual. Y yo sigo pensando que cada alma humana es creada personalmente por Dios, porque el ser humano no puede generar espíritus, ya que el efecto no puede ser mayor que la causa. Y Dios crea el alma al mismo tiempo que aparece un código genético humano nuevo, es decir, un nuevo ser humano.
El origen del alma humana no puede demostrarse científicamente, pero tampoco negarse. El alma humana, por ser espiritual, es una realidad que está más allá del alcance de la ciencia. La ciencia sólo se ocupa de la materia. El alma no es divisible. Originalmente publicado en www.mujernueva.org
|