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12/04/2006 - Documentos
¿Por qué mi hijo no me obedece?
Razonarle todo a los niños puede no ser adecuado a largo plazo
Carles Clavell Ortiz-Repiso

Probablemente lo más natural en un niño pequeño, sea dejar las cosas como le han quedado cuando ha terminado de jugar. Entonces es bueno que  los padres les acostumbren a hacer que dejen las cosas en su sitio. En bastantes casos se consigue que lo hagan, y suele representar poco esfuerzo para los padres si se hace desde que son pequeños.
 
Sin embargo puede haber determinados casos o épocas, en que el hijo no quiere hacerlo. Entonces es cuando, el padre o la madre, deben usar sus mejores habilidades para conseguir que obedezcan y además de que el niño va aprendiendo a obedecer y a practicar el orden, se refuerza la autoridad de sus padres.

Algunos padres, sin embargo, antes situaciones de cierta rebeldía reaccionan perdiendo parte del control, con lo que pierden parte de su autoridad ante su hijo. Veamos un poco como sucede el hecho.
 
Se le dice primero de forma normal que ordene las cosas. El hijo manifiesta que no quiere hacerlo o sencillamente no lo hace. Entonces algunos padres insisten repetidas veces y mostrando cada vez mayor impaciencia o explicándoselo y pidiéndolo por favor. A veces, este sistema da resultado. Pero en la mayor parte de los casos no lo da. En general, yo diría que este no es el mejor sistema.
 
Me parece que esta forma de actuar, no sólo hace perder autoridad a los padres delante de los hijos, sino que produce un desgaste en los padres que puede dar lugar al hastío. Y me parece que con razón. En el fondo actuando así, los padres se sitúan al mismo nivel de los hijos; y los hijos se acostumbran a que sus padres se sitúen a su mismo nivel.
 
Y eso es un grave error, que si perdura, hará que el niño se crea con el derecho de que sus padres se lo razonen todo, y si no está convencido de lo  que se le dice que haga, o no está de acuerdo, pasará de sus padres o incluso los mandará a la porra.

Creo que el sistema correcto es muy otro. Al niño se le indica primero si puede ser con un gesto lo que tiene  que hacer. Si no responde, no porque no lo hay entendido, sino porque no quiere, se le dice con pocas palabras. Y si no lo hace, se le dice de forma clara y explícita, de forma que no haya lugar a dudas.
 
Si no obedece lo mejor es no insistir. El mal ya lo ha hecho, y nosotros no tenemos que desgañitarnos, ni interna ni externamente, para convencerle de que obedezca. Ya llegará el momento de aplicar, sin más, el correctivo. Y éste consiste, generalmente, en que la primera vez que quiera algo, se le dice sencillamente, si es pequeño, que hasta que no haga lo que se le dijo en su momento, que no tendrá eso que pide.
 
Si ya es un poco mayor, o lo consideramos suficientemente listo, quizá baste con decirle que no va a tener lo  que pide y que piense qué es lo que ha hecho mal, o no ha hecho, para que no se le de lo que pide. De esta manera, el niño se queda pensativo, y tiene que tomar parte activa en deducir qué es lo que ha pasado, que tiene malas consecuencias para él. En la mayor parte de los casos, si nuestra apreciación ha sido correcta sobre la capacidad de deducir del niño, él será capaz de saber cuál ha sido la causa de que no se le dé lo que ahora pide.
 
Si es así, hemos conseguido la primera de una serie de victorias que van a hacer que crezca en el niño, el valor de las consecuencias de sus actos, es decir, la responsabilidad. Que no hay acto que no tenga consecuencias. Así el hijo nunca tendrá la tentación de pensar “si hago algo mal, no pasa nada; porque mis padres me solucionarán las papeletas que yo deje sin resolver”. Sino todo lo contrario, sacará la conclusión que “los marrones que yo hago me los trago yo y nadie más que yo”. Esta es una de las mejores lecciones que podemos legar a los hijos. Es un verdadero “doblón de oro” que les estamos regalando.

Me preocupa que, en ocasiones, a algunos padres no les hace ilusión tener más hijos porque “no pueden” con los que tienen y pienso que no les han sabido educar en este terreno: saber actuar de forma que ellos mantengan la autoridad sobre los hijos, y los hijos hayan aprendido, con hechos, lo que es la responsabilidad, y también, a obedecer a sus padres.
 
La virtud de la responsabilidad está en el núcleo de la formación de toda persona humana y por tanto en la correcta formación de los hijos
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