Los jóvenes empiezan a beber, de media, a los 13,7 años y un 50 por ciento confiesa haberse emborrachado en alguna ocasión. De hecho, el número medio de borracheras es de una cada 10 días: “Un panorama desolador”, reconocen los profesionales de la medicina, que advierten de que se trata de adolescentes sin rumbo “financiados” por sus padres.
Las conclusiones extraídas por un grupo de expertos en alcoholismo que participaron en una jornada sobre El consumo de alcohol en adolescentes, coordinada por la Organización Médica y celebrada recientemente en su sede de Madrid, no son nada optimistas.
A los datos mencionados cabe añadir que el 65 por ciento de los escolares reconoce haber bebido alcohol en el último mes y casi el 28 por ciento se ha emborrachado en los últimos 30 días.
Según los médicos participantes, el consumo de alcohol por parte de los menores se ha convertido en un problema de salud pública de tal envergadura que o se ataja de raíz o se corre el riesgo de contar con unas generaciones futuras enfermas.
“No podemos asistir con impotencia y extrañeza al espectáculo de ver cómo la sociedad asume las consecuencias de todo tipo que la mezcla explosiva de alcohol y adolescencia representa”, aseguraron en sus conclusiones los participantes a la jornada sobre alcoholismo.
Implicar a los padres
Los médicos piden al Gobierno que intervenga y tome medidas, como, entre otras, incrementando de manera notable los precios de las bebidas alcohólicas y de los impuestos. Pero, también piden la colaboración de los profesionales de la medicina, para que impliquen a los verdaderos responsables del menor, o sea a sus familias.
“Los adultos no perciben el riesgo, ¿cómo entonces lo van a asumir los menores?, se pregunta el psiquiatra bilbaíno Javier Aizpiri, quien califica la situación actual del consumo de alcohol en menores en “fase de catástrofe”.
El experto considera que la actual forma de beber de los adolescentes es peligrosa y, además, están “financiados” por sus padres, señala el psiquiatra.
El adolescente se ha convertido en un objeto de la sociedad de consumo. Este aspecto, unido al hecho de que los padres son cada vez más permisivos y dan dinero a sus hijos, sin pedirles explicaciones, a pesar de que saben que en muchos casos es para consumir alcohol, es una autentica bomba de relojería, asegura Aizpiri.
El médico considera que, para encontrar una solución, los padres han de implicarse totalmente en su educación. De lo contrario, deben saber que sus hijos se están destruyendo con la bebida y con su total consentimiento. “Hay que establecer límites”, concluye el experto.
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