Uno de los proyectos más fecundos de la Ilustración que, en parte, alcanzó su plenitud a lo largo del siglo XX, consistía en alfabetizar al pueblo, en ofrecerle instrumentos culturales para elevar su nivel cultural. La formación de las gentes y la ilustración del vulgo se convirtieron en objetivos prioritarios tanto en la Ilustración parisina como en la Aufklärung germana. En la Encyplopédie que editaron Diderot y D’Alembert se reunieron, por primera vez, en lengua vernácula todos los saberes de la humanidad para transmitirlos al pueblo iletrado. En la actualidad, el reto que se plantea es de otro calibre: se trata de desarrollar una segunda Ilustración, la iniciación en la cibercultura.
Si para acceder a la cultura escrita fue necesario disponer de mecanismos que promovieran la alfabetización, la expansión de la cibercultura requiere de una alfabetización tecnológica que permita utilizar los mecanismos de los que se vale. Las acciones tomadas en este sentido se encaminan a la familiarización con el uso de herramientas informáticas incluyéndolas en el entorno escolar y universitario y brindando formación al margen de la educación reglada. Evidentemente es el primer paso, pero el verdadero aprovechamiento de las posibilidades que brinda la cibercultura requiere otras acciones.
Parece evidente que la formación tecnológica no vale nada si no es posible acceder a las herramientas informáticas una vez terminado el aprendizaje. El acceso a las herramientas puede favorecerse desde la administración, creando centros tecnológicos de libre acceso en bibliotecas o centros públicos, incentivando la compra de material tecnológico mediante acciones fiscales o potenciando la donación de equipos informáticos a ONG’s mediante ventajas impositivas. No sólo es necesario conocer y poder utilizar las herramientas tecnológicas o conseguir un acceso rápido y cómodo a internet, sino que también es preciso fomentar su uso como herramienta de comunicación bidireccional.
Se están creando diferencias sociales notables a partir del uso de estas herramientas tecnológicas. Para reflejar las diferencias sociales en la sociedad de la información se han acuñado los términos inforricos e infopobres, pero esas diferencias no se basan sólo en la disponibilidad de tiempo o dinero para dedicarse a la formación y a la adquisición de herramientas tecnológicas, sino que también habla de la capacidad de los individuos y grupos sociales para aprovechar interactivamente las TIC.
Manuel Castells distingue los interactuantes de los interactuados, es decir, aquellos que participan activamente en las redes de comunicación y aquellos que simplemente consumen los productos que otros ponen en la Red. Para alcanzar el desarrollo en la era digital es necesario que las culturas utilicen la tecnología de forma interactiva para poder pasar así del mundo de los interactuados al de los interactuantes. El verdadero reto está en desarrollar sistemas que favorezcan la participación de los individuos y los grupos en la creación de la cibercultura transformándonos de espectadores pasivos a agentes culturales activos.
Para conseguir una participación activa en la cibercultura es esencial que las culturas que quieran utilizarla se adapten al medio electrónico. Esto no siempre es fácil, porque existen culturas que pertenecen totalmente al registro oral y que, ni siquiera, se han plasmado a través de la escritura. Esta transición al medio electrónico exige esfuerzo, capital y creatividad. A pesar de estas dificultades, cada vez son más abundantes los ejemplos de culturas minoritarias o marginales que utilizan las TIC como medio de promoción y de difusión, desde órdenes religiosas hasta las comunidades indígenas, pero sobre todo se aprecia en algunos movimientos juveniles tanto de índole artístico, como social y político, formados en general, por personas que provienen de una cultura audiovisual y que adoptan perfectamente las técnicas publicitarias de los medios de comunicación de masas.
Al margen de las bondades que puedan presentar las distintas tecnologías y productos que utiliza la cibercultura, su aplicación posibilita una doble vertiente en la difusión cultural permitiendo, al mismo tiempo, la participación en un sistema cultural mundial y la difusión a escala planetaria de las producciones culturales creadas en los más remotos lugares por las más variopintas personas, grupos u organizaciones.
El desafío actual consiste en combinar la participación en un sistema de comunicación global con la supervivencia de las expresiones culturales locales, de tal modo que ello permita, por un lado, la transmisión cultural de forma recíproca y, por otro lado, la participación local en la cultura global, cosa que va a garantizar la supervivencia y difusión global de las culturas minoritarias. Los mecanismos de difusión cultural que utiliza la cibercultura permiten esa reciprocidad, pero es necesario utilizar esa capacidad para dejar de ser espectadores pasivos y convertirnos en agentes culturales activos.
La adaptación de las tecnologías de la información a los medios de producción cultural ha supuesto una situación paradójica: mientras que la creación de un sistema de comunicación global permite, y en ocasiones impone, la participación de un sistema cultural global exportando las mismas imágenes, valores y símbolos, la descentralización de este mismo sistema promueve también la propagación de las expresiones culturales locales, minoritarias o que se encuentran fuera de los canales de difusión tradicionales.
Como dice Philippe Quéau, tenemos necesidad de cibercultura para construir la sociedad del siglo XXI y hacer posibles nuevas formas de solidaridad humana, necesarias en un mundo cada vez más interdependiente. En el corazón de la cibercultura se labra este reto profundamente ético.