François Mauriac, premio Nobel en 1952, es un novelista injustamente olvidado. Corre la misma suerte que muchos otros autores católicos que fueron reconocidos en su época pero que extraños mecanismos de la historia acabaron decantando de los catálogos y las librerías.
En una entrevista publicada en 1953, explicaba Mauriac el sentido de su escritura:
“Soy un metafísico que trabaja sobre lo concreto. Trato de hacer perceptible, tangible y oloroso el universo católico del mal. Los teólogos nos dan una idea abstracta del pecador. Yo lo doto de carne y hueso. Cada novelista debe inventar su propia técnica y esa es la verdad. Toda novela digna de llamarse tal es igual que otro planeta, grande o pequeño, que tiene sus propias leyes, así como sus propias flora y fauna”.
A esa bajada concreta al mal de cada día, se unía su preferencia por los paisajes de su infancia, que aparecen referidos en casi todas sus obras. Cumplía así esa gracia reservada a los grandes, de alcanzar desde lo concreto y provinciano, lo que es común al alma de todo hombre.
Homo Legens, en su meritorio trabajo de recuperación de grandes obras, reedita dos grandes escritos de este autor. Nudo de víboras narra la historia de un avaro, que despreciado por sus familiares que sólo desean heredarlo, se adhiere cada vez más a su riqueza y sólo desea vengarse desheredándolos. En la magistral escritura de Mauriac se reconocen estados de ánimo y pasiones que no corresponden sólo a seres imaginarios sino que azotan el alma de millones de personas.
Pero, a diferencia de otros autores, también atraídos por el misterio del dolor y del mal, como Graham Green, aquí es más perceptible el influjo de la gracia.
Lo mismo cabe decir de El beso al leproso, novela sorprendente en su argumento y que desciende a los abismo de la tentación manteniéndose constantemente en el filo, donde se dan las grandes luchas entre el bien y el mal, entre Dios y el demonio. Trata de la historia de dos jóvenes esposos que sienten repulsión el uno del otro y que sin embargo luchan por amarse o, al menos, no perder la vida. Como señaló el mismo Mauriac, y se percibe en estos escritos, “Judas habría podido ser un santo, el patrón de todos nosotros que no cejamos de traicionar”.
Mauriac es un gran escritor, tanto por la profundidad y acierto en el tratamiento de los temas como en el manejo de la técnica. Y, sin negar el peso de la vida, logra es de las profundidades más oscuras abrir un paso a la luz. En ningún caso decepciona su lectura, que en la presente edición es facilitada por la traducción de Almudena Montoso Micó.
Nudo de víboras/El beso al leproso
François Mauriac
Homo Legens
Madrid 2007
262 páginas
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