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Ejércitos de hijos: el mercado que fabrica descendencia para los ultra-ricos

Familia

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La reciente investigación de The Wall Street Journal sobre la industria de los vientres de alquiler revela un escenario inquietante:

agencias radicadas en Estados Unidos estarían facilitando, de manera sistemática, la “venta” de bebés a clientes internacionales —entre ellos, “ultra-ricos ciudadanos chinos”— que buscan engendrar auténticos ejércitos de hijos repartidos por el mundo.

El caso más extremo que menciona el reportaje es el de un magnate de los videojuegos, Xu Bo, que habría llegado a ser padre de más de 100 niños nacidos en territorio estadounidense. No se trata aquí de historias aisladas ni de decisiones privadas sin impacto social.

Estamos ante una maquinaria transnacional diseñada para convertir el deseo adulto en producto, y a los niños en el resultado entregable de una cadena logística.

Cualquier persona de buena voluntad— debería sentirse indignado.

Según detalla el periódico, “ha surgido un sofisticado mercado internacional” compuesto por agencias de subrogación, despachos de abogados, clínicas, servicios de entrega y niñeras, incluso “para recoger a los recién nacidos en los hospitales”, todo orientado a satisfacer esa demanda.

El precio llega a cifras escalofriantes: hasta 200.000 dólares por niño. Lo esencial no es solo el monto, sino lo que implica: cuando existe una tarifa por unidad, cuando se habla de “coste por niño”, el lenguaje del mercado termina colonizando el lenguaje de la dignidad humana.

El reportaje sugiere, además, motivaciones que retratan crudamente una mentalidad instrumental:

algunos ejecutivos chinos quieren construir imperios empresariales con sus hijos varones, como si los niños fueran piezas de un tablero corporativo.

Otros incluso buscan casar a sus hijas con hombres influyentes, tratando la descendencia como capital social. En ese contexto aparece otro dato: un hombre habría “comprado docenas de óvulos” de modelos, una doctora en finanzas y una músico, pagando entre 6.000 y 7.500 dólares por óvulo.

La lógica es transparente: seleccionar, pagar, producir. La vida humana queda atrapada en el mismo marco mental con el que se adquieren activos.

Aquí aparece un contraste llamativo: los vientres de alquiler son ilegales en China, mientras que en Estados Unidos está “virtualmente sin regular” en amplias zonas. A esto se suma el elemento de la ciudadanía por nacimiento: los niños nacidos en suelo estadounidense obtienen la ciudadanía, con todos los derechos futuros, incluido votar, ocupar cargos públicos e incluso aspirar a la presidencia. Esa realidad genera incentivos perversos y consecuencias políticas que merecen debate.

Sin embargo, la preocupación principal no debería reducirse a cálculos geopolíticos. El núcleo del problema es humano: ¿qué sucede con los niños cuando se los fabrica bajo contrato y se los dispersa por el mundo como resultado de un servicio?

Un ejemplo particularmente alarmante citado en la información es el de Xu Bo, quien habría litigado en tribunales estadounidenses mediante videollamada para afirmar derechos parentales sobre niños a los que nunca conoció, cuyas madres nunca conoció y cuyas vidas querría controlar a distancia desde China. Estos niños —hijos de una industria— no serán criados ni por sus madres genéticas (si hubo donación de óvulos) ni necesariamente por sus madres gestantes. Y resulta difícil imaginar relaciones familiares auténticas cuando hay más de 100 medio hermanos y un padre ausente incluso del proceso judicial presencial que consolidaría su autoridad.

Este fenómeno expone un deslizamiento cultural profundo: durante décadas, en buena parte de Occidente, se ha debilitado la visión —particularmente cristiana— de los niños como seres vulnerables, preciosos, portadores de dignidad incondicional.

En su lugar, se abre paso una comprensión post-humana: el niño como producto.

El texto lo dice con crudeza al citar que el dueño de una agencia en California “había ayudado a completar un pedido” de 100 niños para un cliente chino, repartiendo la solicitud entre varias agencias. “Completar un pedido” de niños. Ese lenguaje no es un accidente: delata una estructura mental. Donde hay pedidos, hay mercancía.

La afirmación clave es doble: primero, cada niño, sin importar cómo haya sido concebido, es un regalo y posee una dignidad inviolable. Por eso se acoge y se ama a todo niño, incluso en circunstancias trágicas como violación o incesto.

Pero segundo, reconocer la dignidad del niño no implica legitimar los procedimientos que lo trataron como objeto. Se puede —y se debe— amar al niño sin convertir en intocable el mecanismo que lo produjo.

Bajo esa lógica, se sostiene que prácticas como los vientres de alquiler o ciertas formas de reproducción asistida que separan sistemáticamente al niño de sus padres biológicos deberían prohibirse, también frente a la “turistificación” reproductiva: extranjeros aprovechándose de vacíos legales para hacer en otro país lo que su propio país prohíbe.

Además, no es solo un fenómeno de multimillonarios extranjeros. El texto recuerda que la industria “baby-making” también seduce a élites tecnológicas occidentales. Se mencionan ejemplos como Elon Musk, padre de 14 hijos nacidos mediante técnicas impersonalizadas, o el inversionista Peter Thiel apoyando cadenas de clínicas de fertilidad. La pregunta de fondo es incómoda:

si los líderes culturales y tecnológicos normalizan la fabricación de hijos como proyecto personal, ¿qué freno ético quedará para el resto de la sociedad?

Aquí conviene recuperar una analogía histórica que el texto propone con fuerza: en la Nueva Orleans esclavista, los abolicionistas se horrorizaban al ver niños arrancados de sus madres y vendidos en subastas. Los defensores de la esclavitud hablaban de “derechos de propiedad” y “derechos de los estados”.

Pero, en el fondo, sabían que defendían algo deshumanizante: seres humanos convertidos en bienes. Salvando las distancias, la lógica que convierte la maternidad en alquiler y a los bebés en entregas también suena, en el fondo del corazón moral, como una transgresión grave: “los vientres no son habitaciones de motel” y los niños no son paquetes que un servicio de entrega trae a casa.

La conclusión, entonces, no se resuelve con “regular mejor” una industria que, por su propia lógica, comercializa la vida humana. Así como no habría sido posible hacer moral la esclavitud simplemente mejorando condiciones laborales, tampoco se vuelve moral la compra de bebés añadiendo capas de papeleo o supervisión.

Si el núcleo es la cosificación, el problema no es un exceso corregible: es el principio.

Por eso el texto termina con una frase tajante, provocadora y deliberadamente radical: hay que cerrarlo todo. Incluso cuando los clientes sean chinos ultra-ricos. Incluso cuando el negocio sea sofisticado, internacional y legalmente ingenioso. Porque si algo debe quedar claro es esto: los niños no se venden. Los niños necesitan vínculos reales con su madre y su padre. Y los adultos —por más dinero que tengan— deben aceptar límites a sus deseos.

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