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La mentira de la “prostitución segura”

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Durante años nos vendieron el cuento:

si la prostitución existe, legalicémosla. Si la legalizamos, la controlamos. Si la controlamos, la hacemos “segura”.

Y así, con una cadena de supuestos presentados como sensatos, Países Bajos convirtió la compra de acceso sexual en un producto con licencia. El resultado no ha sido la liberación de nadie. Ha sido la institucionalización de una injusticia.

La famosa Zona Roja de Ámsterdam no es un símbolo de progreso. Una industria con luces cálidas para ocultar una verdad fría: cuando el cuerpo se convierte en mercancía, la persona se reduce a instrumento. Y por mucho que se cambie el vocabulario —“trabajo sexual”, “servicio”, “elección”— el acto sigue diciendo lo mismo: alguien paga para usar el cuerpo de otro. Y ese “otro”, en la práctica, suele ser mujer, pobre, extranjera o vulnerable.

La antropología católica no se deja engañar por el maquillaje legal. Porque no discute solo “derechos” en abstracto; mira la realidad concreta.

El cuerpo no es una cosa que se alquila. Es parte de la persona. Es un lenguaje. Está hecho para la entrega libre, no para el contrato de consumo.

Convertir la sexualidad en transacción no “moderniza” nada: deshumaniza. Cuando el Estado lo regula, lo que hace es peor: lo normaliza y lo legitima.

La Ley de Prostitución de 2000 prometía dos cosas: permitir el ejercicio “voluntario” bajo regulación municipal y combatir la prostitución forzada y la trata. Pero esa distinción —voluntario/forzado— es, demasiadas veces, una coartada moral. Porque en un mercado alimentado por la precariedad, la migración irregular, las deudas, la presión psicológica, los abusos previos o la ausencia de alternativas, ¿qué significa “consentimiento” sin libertad real? El consentimiento no es un formulario. Es una condición humana: poder decir sí sin miedo, sin hambre, sin amenaza y sin chantaje.

Y aquí llega la parte que los defensores del “modelo” prefieren omitir: la legalización no expulsa al crimen, lo reacomoda. Le ofrece una fachada. Lo empuja a sofisticarse.

Una parte del mercado se mueve a lo clandestino, donde la inspección es mínima; otra se integra en circuitos “legales” que siguen siendo permeables a explotación y violencia.

El problema no es que falten protocolos. Es que el propio mercado necesita vulnerabilidad para sostenerse.

Por eso la propuesta del “mega-burdel” en Ámsterdam no es una solución. Un edificio de varias plantas para concentrar a cerca de cien mujeres, con bares, entretenimiento y servicios. Se presenta como “seguridad” y “orden urbano”. Pero su mensaje real es brutal: hemos asumido que esto seguirá existiendo y ahora solo queremos gestionarlo mejor… y más lejos de la vista.

Es la lógica tecnocrática aplicada al drama humano: encapsular la miseria para que no moleste.

Desde la doctrina social de la Iglesia, esto es un caso de libro de pecado estructural: cuando una sociedad organiza la injusticia como sistema, y además la protege con lenguaje “neutral”. Se habla de “gentrificación”, “limpieza”, “regulación”, “zonificación”. Palabras pulcras para una realidad sucia. El bien común se reduce a que el turismo no se incomode y los vecinos no protesten.

Pero el bien común verdadero no es estética urbana: es la dignidad de cada persona, especialmente la más frágil.

También hay que decirlo sin rodeos: la prostitución no solo daña a quien la padece; corrompe la mirada de quien la consume y de quien la administra. Educa al hombre en la impunidad del deseo. Convierte la relación en dominio. Y hace que la ciudad entera aprenda a convivir con la cosificación como si fuera parte del paisaje.

El precio cultural es enorme: se rompe la idea de reciprocidad, se rebaja el amor a servicio y se normaliza que el dinero compre lo que debería ser don.

La salida no pasa por diseñar burdeles más grandes ni por inventar sellos de “prostitución ética”. Pasa por desmantelar la demanda, por proteger a las víctimas, por ofrecer alternativas reales, por perseguir la trata sin ingenuidad y por recuperar una educación afectiva que devuelva al cuerpo su verdad: no es mercancía, es misterio personal.

Holanda quiso ser el laboratorio del pragmatismo. Y ha terminado siendo advertencia. Porque cuando una sociedad decide que la dignidad puede regularse como un mercado, lo que regula no es la prostitución: regula su propia degradación. Y eso, por muchas luces rojas que lo iluminen, sigue siendo oscuridad.

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