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Los bombones Ferrero Rocher y la Virgen de Lourdes

Iglesia

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Hoy, 11 de febrero, la Iglesia celebra a la Virgen de Lourdes y, con ella, la memoria de un lugar y un mensaje que han consolado a generaciones: la cercanía de María en medio del sufrimiento, la llamada a la conversión y la esperanza.

En esta fecha, muchos católicos vuelvan la mirada a Lourdes, donde una joven sencilla, santa Bernadette, recibió en 1858 aquellas apariciones que marcarían la espiritualidad de millones de personas.

En ese horizonte de fe hay una historia que circula desde hace años en torno a un nombre conocido:

Michele Ferrero, el empresario italiano que impulsó el grupo Ferrero hasta convertirlo en uno de los grandes referentes mundiales del chocolate.

Más allá de cifras y marcas, se recuerda a Ferrero como un hombre de fe, descrito a menudo como católico devoto y con una particular devoción mariana, especialmente vinculada a Lourdes.

Hay detalles que, aunque no siempre documentados con precisión, han alimentado la curiosidad y, sobre todo, una reflexión espiritual: la relación entre la fe de un hombre y el modo en que entendía el trabajo, el éxito y la responsabilidad.

Se cuenta que la célebre marca Ferrero Rocher habría recibido su nombre en referencia a la gruta de Massabielle Grotto, el lugar donde se apareció la Virgen.

En francés, “rocher” significa “roca”, y no son pocos los que ven una coincidencia sugerente: el envoltorio dorado con textura irregular recuerda a una superficie pétrea, como si evocara —al menos simbólicamente— aquellas paredes de roca que en Lourdes se convirtieron en umbral de gracia.

¿Es esto una estrategia de marketing, una leyenda piadosa o un guiño personal? Tal vez no podamos afirmarlo con certeza absoluta. Pero incluso si parte pertenece al terreno del “se dice”, el corazón de la historia apunta a algo verificable en términos humanos: la fe puede impregnar la vida entera, también el modo de emprender, de dirigir, de organizar y de mirar el futuro.

Otra anécdota repetida afirma que Ferrero habría colocado una imagen de María en cada edificio de sus fábricas.

Su significado es elocuente: no esconder la fe como una rareza privada, sino vivirla como una compañía real; una presencia que recuerda que el trabajo humano no se reduce a producción y beneficio, sino que toca familias, dignidad, justicia y bien común.

Y hay una frase que se atribuye al propio Ferrero, pronunciada con motivo del 50º aniversario de la empresa, que resume el tono espiritual con el que se lo recuerda:

Debemos el éxito de Ferrero a la Virgen de Lourdes. Sin ella, podemos hacer muy poco”.

Esa afirmación revela una espiritualidad concreta, muy cristiana: reconocer que el talento, la disciplina y la planificación no lo explican todo; que el ser humano no es autosuficiente; que la gratitud es un modo de vivir en verdad.

En el día de la Virgen de Lourdes, esta historia invita a preguntarnos qué lugar ocupa Dios en nuestra vida. ¿Dónde dejamos a María: en una estampa olvidada o en una relación viva que sostiene y orienta? Lourdes no es solo un destino; es una pedagogía de la confianza: allí la Virgen se acercó a una joven humilde, en una gruta sencilla, para recordar que el cielo no está lejos cuando el corazón se abre.

Hoy, al celebrar a la Virgen de Lourdes, pidámosle una gracia concreta: que nuestra vida —trabajo, familia, decisiones y heridas— encuentre también su “gruta”, ese lugar interior donde Dios puede hablar, sanar y guiarnos. Y que, como tantos peregrinos en Lourdes, sepamos repetir con sencillez: “María, ayúdanos a confiar”.

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