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Goya 2026: «Vayan saliendo», el nerviosismo ante el regreso a la fe

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La gran triunfadora de la gala de los Premios Goya 2026 fue Los domingos, una película que aborda, sin caricaturas ni complejos, el despertar de una vocación religiosa de clausura en una joven que vive en un entorno familiar y social secularizado; es decir, en nuestra realidad sociológica actual.

Hace unos meses escribí en estas páginas sobre esta cinta y sobre lo que, a mi juicio, representaba: no solo una buena película, sino un síntoma. El síntoma de algo que quienes estamos en contacto con jóvenes de muy diversos contextos, entornos y situaciones vemos moverse bajo la superficie cultural española.

Más allá de los premios, quiero detenerme en una escena sin aparente importancia pero culturalmente más significativa de lo que podría parecer a primera vista. En un contexto distendido y festivo, propio de una gala, la actriz y humorista Silvia Abril respondió de esta manera ante la pregunta de con cuál de las dos cintas triunfadoras —Los domingos y Sorda— se quedaba:

Me quedo con Sorda porque creo que es más necesaria. Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano. Iba a decir lo místico, pero es que no es lo místico. Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren en la fe cristiana. Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado. Se acabó, o sea, se acabó, vayan saliendo”.

El tono era desenfadado, casi humorístico. Pero el humor suele desnudar convicciones profundas y también preocupaciones ante aquello que las amenaza. Porque lo que subyace en esas palabras es un reconocimiento: hay jóvenes que están volviendo a la fe cristiana. Sí, señora Abril, “la juventud que sube” se plantea seriamente la trascendencia. Y eso desconcierta a más de uno que daba ya por amortizada a la Iglesia Católica.

“Los que salieron”

Durante las décadas de los 60, 70 y 80 se produjo en Europa un éxodo masivo de las iglesias. Aquellas generaciones —los llamados boomers— abrazaron con entusiasmo la promesa de una autonomía plena: relativismo moral, libertad sin tradición, autenticidad sin verdad objetiva, emancipación sin trascendencia. Se rompieron las familias, se vaciaron los seminarios y las congregaciones tanto masculinas como femeninas y  efectivamente los laicos salieron en masa de los templos.

Muchos pensaron que la secularización era irreversible. Que el cristianismo quedaba reducido a residuo sociológico y cultural. Que la historia avanzaba en una sola dirección: fuera del templo.

Pero esa salida no se produjo de los seminarios o del templo al desierto. Como ha explicado el filósofo Rémi Brague, Europa —y con especial intensidad España, por su historia reciente— siguió viviendo del capital espiritual cristiano incluso después de negar su raíz. Se conservaron estructuras, ritmos humanos no fragmentados, vínculos comunitarios reales y una ética heredada que amortiguó el vacío. Salieron del templo al exterior porque fuera aún quedaba suelo.

“Los que entran”

La generación Z —nativos digitales plenos que no conocieron el mundo sin redes sociales—, en cambio, no hereda ese suelo firme. Hereda aceleración, hiperconectividad y exposición permanente.

La identidad ya no se construye principalmente en una comunidad física, sino en el escaparate digital. El reconocimiento depende de métricas efímeras. La comparación es constante. La presión es silenciosa, pero implacable.

Los datos oficiales avalan que no estamos ante una impresión subjetiva. Según la encuesta ESTUDES del Ministerio de Sanidad, casi el 20 % de los adolescentes españoles entre 14 y 18 años (19,6 %) ha consumido en alguna ocasión pastillas para la ansiedad o el insomnio, con o sin receta médica. En el caso de las chicas, la cifra supera el 24 %.

Nunca una generación tan joven había normalizado hasta este punto el recurso farmacológico para gestionar la ansiedad, el insomnio o el malestar emocional. Y este dato, lejos de ser anecdótico, es un síntoma estructural del entorno en el que han crecido los nativos digitales.

El filósofo Byung-Chul Han ha descrito esta época como la sociedad del rendimiento: no hay prohibiciones externas, sino exigencia infinita. El sujeto no es reprimido; se autoexplota. En ese entorno, el vacío no se disimula, se amplifica.

Ya lo anticipó Viktor Frankl al hablar del “vacío existencial”: cuando desaparece el horizonte de sentido, el ser humano no deja de buscar significado; lo hace con mayor ansiedad.

Quizá por eso, es sólo una teoría, empieza a detectarse un fenómeno inesperado: jóvenes que, en medio del ruido digital, vuelven a formularse las grandes preguntas. ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Hay verdad? ¿Hay suelo estable en el que apoyarse?

“Vayan saliendo”

La frase no se dirige a una Iglesia envejecida ni a una generación que permanece. Se dirige a “la juventud que sube”. Es decir, a los jóvenes. Y eso es lo más revelador.

Decirle a los jóvenes “se acabó, vayan saliendo” es reconocer que están entrando. Que hay jóvenes que se están acercando nuevamente a la fe cristiana; no “a lo místico”, sino “a lo cristiano”, como ella misma puntualiza.

Que, en el principal escaparate cultural del cine español, históricamente dominado por una cosmovisión abiertamente secular y, en ocasiones, anticlerical, triunfe una película como Los domingos no es un simple accidente artístico. Es un síntoma cultural que a algunos les genera incomodidad.

Porque el verdadero desajuste cultural no está en que algunos mayores permanezcan en la fe. Está en que quienes nacieron en el ecosistema digital, saturado de relativismo y estímulo permanente, comiencen a mirar hacia la trascendencia y encuentren en la Cruz las respuestas que necesitan.

Y ese movimiento, aunque incipiente, es suficiente para romper el guion que muchos daban por definitivo.

La incomodidad del ateísmo cultural

La intervención de la actriz refleja una mentalidad que durante décadas dio por amortizado al cristianismo. Se asumió que la fe estaba en retirada definitiva. Que la secularización era la estación final.

Pero cuando una generación criada entre pantallas, saturada de estímulos y expuesta a un relativismo total comienza a interesarse por la trascendencia, el relato del progreso lineal se resquebraja.

No es que “necesiten creer” por debilidad. Es que descubren que el nihilismo no construye. Que la aceleración no consuela. Que la identidad autoproducida no descansa. Y buscan.

Cuando una generación vuelve a plantearse seriamente la pregunta por Dios, llena retiros espirituales, abarrota estadios y plazas de toros para participar en distintos acontecimientos católicos, busca las nuevas congregaciones que viven la radicalidad evangélica no estamos ante una nostalgia anacrónica. Estamos ante un despertar.

Y quizá el “vayan saliendo” no sea el epitafio de la fe, sino el último eco de una época que creyó haberla superado. Quizá sea, más bien, la profecía de quienes aún ocupan un espacio cultural dominante. Señora Abril, vaya saliendo.

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