Oí ayer esta frase por el 8 de marzo: “Manolo, hazte la cena solo”.
Y pensé, más que en Manolo, en nosotros. En mi marido y en mí. Por cierto, no se llama Manolo. Además, pensé en todos, los hombres y mujeres de este mundo, y en la penosa y delicadísima enfermedad del alma contemporánea que nos persigue.
La sociedad se delata sola con sus bromas, aunque la frase de broma gasta poco. Como ejemplo concreto, como hemos visto, se ideologiza hasta una ordinaria sartén.
El resultado de tanta estupidez es este mundo nuestro, tan ufano y henchido de su progreso, pero sumamente incapaz de construir hogares serenos, matrimonios robustos, hijos confiados y ancianos acompañados.
La gran desgracia de nuestro tiempo consiste en que se ha perdido también la gratitud. Y no hace falta decir mucho más. Pues una civilización que deja de agradecer la realidad termina declarando la guerra a todo bicho viviente.
Primero protesta contra sus límites; luego, contra sus vínculos; después, contra su cuerpo; al final, contra su propia condición de criatura. O ¿tal vez sea esto último lo que aconteció en primer lugar?
La cuestión del hombre y la mujer está hoy muy estropeada, y no es porque falten leyes, campañas o tertulias, que más bien nos sobran. Lo que falta es una mirada limpia capaz de detenerse ante la creación y poder decir, con asombro: ¡Qué bien pensado está esto, qué misteriosa y fecunda diferencia entre hombre y mujer!
El cristianismo, tan acusado en los últimos días de “chiringuito” por gente que se inclina dócilmente ante cualquier necedad contemporánea, sostuvo desde el principio una verdad espléndida.
El hombre y la mujer tienen la misma dignidad porque ambos son imagen de Dios, pero no son intercambiables, porque la igualdad no borra el sentido de la diferencia. Y esa diferencia es una forma increíble de riqueza. La gramática de la donación.
Solo se dona de verdad aquello que no se duplica y, sin tener que pensar mucho, se entiende muy bien que solo me enriquece de veras lo que yo no soy. Si todo fuera idéntico, tal y como se pretende, habría simplemente repetición.
Por tanto, no entiendo por qué nos empeñamos en defender la torpeza de la repetición.
Como mujer, me produce pena ver de qué manera se ha envilecido el discurso sobre la feminidad.
Primero, en el colegio, nos dijeron que ser mujer era algo así como una desventaja histórica; después, que éramos una identidad sospechosa; para luego pasar a despojarnos, con el aborto y el anticonceptivo, de nuestro sagrado misterio, la maternidad, y con ello acabar con nuestra alegría.
Para supuestamente liberarnos, se nos ha arrancado todo aquello que durante siglos había sido precisamente nuestra forma altísima de irradiación.
Esta tropelía ha sido una operación formidablemente injusta. Porque se ha despreciado lo femenino en nombre de la igualdad.
Ya no se le dice a una mujer que vale menos; es todo mucho más perverso. Se le dice a la mujer que solo será plenamente valiosa si deja de apreciar aquello en lo que su genio propio ha resplandecido de manera singular desde su creación. Y yo me niego.
Me niego a avergonzarme de mis virtudes femeninas. Me niego, en suma, a considerar inferior aquello sin lo cual ninguna civilización merece el nombre de humana. Porque aquí está uno de los puntos ciegos de nuestra época, hemos despreciado precisamente lo que sostiene el mundo.
El mundo, no seamos necios, no se sostiene solo con parlamentos, mercados, algoritmos y consejos de administración. Se sostiene gracias a una arquitectura invisible que ha descansado, y descansa todavía, sobre los hombros de mujeres corrientes que saben mirar a “Manolo” como un don. Esas mujeres y su influjo moral alcanzan por lo menos a tres generaciones.
Naturalmente, esta reflexión no pretende idealizar ni a hombres ni a mujeres. Ambos tienen sus debilidades y sus errores.
Pero sí conviene recordar que, cuando uno de los dos sexos desprecia su propio genio, el otro termina desorientándose también. Hombre y mujer no están llamados a competir, sino a complementarse.
La figura de la mujer que cuida, que sostiene, que hace hogar y transmite fe resulta incómoda para la mayoría de los discursos contemporáneos. Porque recuerda, sencillamente, que lo decisivo en la vida humana no siempre coincide con lo que aparece en las estadísticas del poder.
La mujer es el humus donde la vida, en toda la amplitud de la palabra, puede germinar sin estridencia. Esta afirmación exige una virtud muy poco valorada hoy, la capacidad de creer que lo pequeño es decisivo.
Adictos a la escala grande, hemos perdido el respeto por lo minúsculo. Solo se cree en lo macro, en lo estructural, en lo aparatoso, en lo que llama la atención.
Ignorantes, no nos damos cuenta de que la vida humana, para que sea de verdad gigantesca, depende muchas veces de una minucia. Es más, una sociedad puede comenzar a levantarse cuando vuelve a honrar aquello que antes llamaba insignificante, pero que es en realidad lo más humano.
Todo esto nos lleva a una idea que convendría no eludir. Ya que en el fondo, el desprecio actual por lo puramente femenino, por el hogar y por las virtudes del cuidado tiene algo de miedo al amor concreto.
A veces pienso, porque yo también peco de eso, que es más fácil pontificar sobre la igualdad que levantarse veinte veces por un niño con fiebre.
Es mucho más fácil llenar páginas sobre justicia que perseverar en la amabilidad cuando se está cansado.
Es más fácil reclamar reconocimiento y triunfo universal que ofrecer un biberón, preparar la sopa, ordenar el cuarto y ceder el gusto propio.
El amor concreto es costoso porque no permite la ficción. Nos pone delante de nuestra verdad, de nuestro egoísmo y de nuestros límites.
Y en este tema la mujer ha tenido —sin exclusividad, pero sí con una aptitud muchas veces singular— una misión de primer orden. No por incapacidad para otras tareas, sino por excelencia innata en esta.
Hay en el mundo muchas mujeres con una misteriosa potencia para hacer habitable la realidad más cruda.
No es difícil reconocer esa figura, aunque quieran borrarla. Está en tantas madres que han sabido mantener la lámpara encendida cuando los hombres andaban más lejos del fuego. La mujer ha hecho muchísimas veces que la familia, a pesar de los pesares, pudiera germinar grandiosa, sin estridencia.
Yo no quiero un mundo en el que la cena sea un símbolo de sometimiento. Quiero un mundo en el que una cena pueda ser una forma de decir: “Me importas”, “bienvenida”, “descansa”. Pues esta historia no consiste en masculinizar a la mujer.
Quiero un mundo donde los hombres estén orgullosos de compartir noblemente una obra común con nosotras.
Por eso me produce más tristeza que irritación la frase inicial: “Manolo, hazte la cena solo”. Pues es el eco de una civilización que ha decidido leer todo como opresión potencial. Solo los soberbios sueñan con no deber nada a nadie.
Cuando se cierre nuestra historia terrenal, comparecerá por fin lo verdadero. Y estoy segura de que entonces descubriremos que muchas veces el mundo no se perdió, a pesar de las viles leyes de los parlamentos, porque antes ya había sido rescatado en lo pequeño. A través del ejemplo de la complementariedad cotidiana de un padre y una madre, ante una cena y en la cocina. «Manolo, haz la cena, que el amor merece la pena»







