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Consideración cuaresmal: “Y descendió a los infiernos”, ¿qué significa?

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Sin duda, esta es una de las afirmaciones más llamativas del Credo de los Apóstoles: aquella que señala —o parece hacerlo— que Jesús, siendo Dios, “descendió a los infiernos”. ¿Cómo debe interpretarse realmente una expresión tan desconcertante?

La fórmula latina descendit ad inferos es, probablemente, una de las más densas desde el punto de vista teológico y más debatidas en la exégesis cristiana. Su riqueza radica en que expresa una convicción central: la redención no tiene límites espaciales, temporales ni ontológicos, y alcanza incluso a los muertos y al abismo mismo.

Conviene aclararlo desde el inicio: no significa que Jesucristo descendiera al lugar de condenación eterna —lo que hoy entendemos como “infierno”—, sino al “lugar de los muertos”, denominado sheol en hebreo y hades en griego.

En la mentalidad bíblica antigua, el sheol o hades designa la morada de los muertos, el estado común de los difuntos. No equivale necesariamente al infierno como condenación definitiva, que en el Nuevo Testamento suele expresarse con el término Gehenna. Así, el Credo afirma que Cristo experimentó plenamente la muerte humana: no solo murió corporalmente, sino que su alma entró en la condición real de los muertos.

Según la enseñanza de la Iglesia, Cristo descendió no para sufrir, sino para anunciar la salvación y liberar a los justos que habían muerto antes de su redención —lo que la tradición denomina el “seno de Abraham”. Este acontecimiento, conocido como la “victoria sobre el Hades”, no representa una derrota, sino una proclamación triunfal. Se sitúa entre la muerte del Viernes Santo y la Resurrección del Domingo.

En definitiva, afirmar que “descendió a los infiernos” significa que Cristo murió verdaderamente, compartió la condición humana hasta sus últimas consecuencias, venció la muerte desde dentro y abrió el acceso a la vida eterna. No se trata de condenación, sino de una redención ofrecida universalmente.

Las distintas tradiciones cristianas han matizado este punto con acentos diversos. En la teología católica, el énfasis recae en el descenso real al lugar de los muertos para liberar a los justos. La tradición ortodoxa subraya con fuerza la victoria cósmica sobre la muerte, representada en el icono de la Anástasis. Por su parte, algunas corrientes del protestantismo clásico interpretan esta afirmación como expresión de la plena realidad de la muerte de Cristo o del sufrimiento extremo experimentado en la cruz.

Desde la concepción patrística, el alma de Cristo —unida al Logos divino— desciende al sheol o hades (no a la Gehenna) para anunciar la salvación, liberar a los justos y vencer a la muerte y a Satanás. En esta tradición, incluso figuras como Adán y Eva son rescatadas, y los patriarcas conducidos al Paraíso. Sin embargo, san Agustín (siglos IV-V) introduce un matiz decisivo: Cristo libera solo a los justos, no a todos los muertos, y rechaza explícitamente la apocatástasis propuesta por Orígenes. Además, distingue entre el “seno de Abraham”, donde esperaban los justos, y la Gehenna.

Este desarrollo teológico también responde a diversas desviaciones doctrinales. Frente al docetismo, afirma que Cristo murió realmente y no solo en apariencia. Contra el gnosticismo, subraya que la materia y el mundo inferior no están excluidos de la redención: Dios mismo los visita. Asimismo, refuerza la universalidad de la salvación y presenta la victoria pascual como algo más que la salida del sepulcro: es la conquista del Hades desde dentro.

La exégesis moderna, por su parte, distingue varios niveles de interpretación. Por un lado, reconoce un núcleo teológico verificable: la primera comunidad cristiana creyó que la muerte de Cristo tuvo efectos cósmicos más allá de este mundo. Por otro, entiende el “descenso” como una expresión simbólica que utiliza la cosmología antigua —cielo, tierra y submundo— para comunicar una verdad teológica, no necesariamente un desplazamiento físico literal. Finalmente, destaca su función kerigmática: completar el anuncio de la salvación, mostrando que Cristo asume plenamente la condición humana, incluida la muerte.

Existen, además, distintas interpretaciones contemporáneas. En el ámbito evangélico conservador, algunos consideran que la expresión es redundante respecto a “fue sepultado” y cuestionan su base bíblica. En la teología liberal, autores como Rudolf Bultmann o Paul Tillich interpretan el descenso como un símbolo existencial: la gracia de Dios alcanza incluso la desesperación más radical.

Frente a estas lecturas, la tradición patrística —especialmente en la Ortodoxia— mantiene la poderosa imagen de la Anástasis como victoria activa sobre la muerte. En el ámbito católico contemporáneo, destaca la interpretación de Hans Urs von Balthasar, quien entiende el Sábado Santo como una experiencia de solidaridad radical con los muertos: Cristo vive el “estar muerto con los muertos” más que un descenso triunfal. Según esta visión, experimenta el abandono extremo —la “segunda muerte”— como expresión suprema del amor trinitario, abriendo la posibilidad de esperar la salvación universal, aunque sin afirmarla dogmáticamente.

El Catecismo de la Iglesia Católica (1992), 631-637, resume esta doctrina con claridad: “Jesús descendió a los infiernos” significa que experimentó verdaderamente la muerte y que su alma, unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos, donde abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido.

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