En días pasados, se ha hecho tristemente conocida en España una joven de 25 años llamada Noelia, por un caso mal llamado de eutanasia, que ha sido más bien un suicidio asistido, alentado por organizaciones y entidades defensoras de la muerte y permitido por unas Administraciones Públicas incapaces de dar una alternativa desde la vida y la esperanza.
Un caso dolorosísimo de una niña que sufrió una vida dura y difícil y que no encontró en ningún momento el aliento ni el apoyo de la sociedad ni de las instituciones de nuestro país, lo cual nos debe llevar a una profunda reflexión. Así, a partir de los hechos y momentos más importantes de su vida, podemos pensar sobre muchos aspectos que podrían y deberían haberse hecho mejor:
- En primer lugar, Noelia sufrió la separación de sus padres. Una realidad muy habitual en la sociedad, pero cuyo impacto sobre los hijos es enorme, muchas veces determinante de su futuro. Es urgente hacer un llamamiento a la defensa de la familia y a la protección de los matrimonios, porque son un bien para la sociedad y una necesidad para los hijos, que son a su vez el futuro de nuestro país. Necesitamos matrimonios sólidos, porque de ellos depende la supervivencia de nuestra nación.
- Posteriormente, Asuntos Sociales, la Administración Pública, se hizo cargo de ella y fue internada en un centro de menores, donde sufrió una violación grupal. Un absoluto fracaso del sistema, que además no fue capaz de prestar a la menor ni la atención psicológica ni el acompañamiento humano ni espiritual que necesitaba. Tenemos cientos de niños y niñas en centro de este tipo, gestionados sin recursos e híper saturados en muchos casos por la llegada de menores no acompañados de otros países, que hacen que sea imposible una gestión adecuada. La presión migratoria es de tal calibre que hace imposible el modelo actual, que debe repensarse, para dar soluciones reales y oportunidades de futuro a los jóvenes internados y a sus familias.
- Todo ello le llevó a un intento de suicidio, que hace que Noelia quede en una silla de ruedas, ahondando en su dolor y su desesperanza, que es otra de las claves del fatal desenlace de su vida. En ese momento llega su petición de eutanasia, que, como apuntaba la Directora del Instituto de Bioética de la Universidad Francisco de Vitoria, Elena Postigo, “se presenta como un acto de libertad, cuando en realidad expresa la desesperanza de quién nunca fue acogida ni tratada como merecía”.
La realidad nos ha llevado finalmente a una petición de eutanasia, que se ha convertido en la sentencia de muerte de una joven con grandes posibilidades, a la que sus circunstancias llevaron a no querer vivir más, a preferir el final antes que intentar recomenzar. Más allá del aprovechamiento de muchos para intentar fomentar la eutanasia por cuestiones meramente ideológicas, es sin duda un fracaso colectivo.
Lo cual nos lleva a volver a manifestar nuestra apuesta por la vida y por la dignidad de todas las vidas. Porque cada persona no es más o menos digna porque nadie lo diga, incluso uno mismo. La dignidad no deriva de tener unos padres casados o separados, tampoco de vivir en un hogar familiar o en un centro de menores, por supuesto tampoco de haber sido violada o haber tenido la suerte de sentirse valorada como mujer y tratada con pudor, delicadeza y respeto, ni siquiera por el hecho de querer acabar con la vida o por querer vivirla con alegría y pasión.
Nuestra dignidad deriva del mismo hecho de nuestra existencia. No hay vidas mejores o peores, hay circunstancias más o menos complejas. Para los cristianos, el hecho de ser hijos de Dios es lo que nos confiere una dignidad absoluta. Es por ello que la sociedad y las Administraciones Públicas deben tratar a todos con la misma dignidad, respeto y atención, y deben ayudarles a encontrar la dimensión espiritual de su persona, que es la que ayudará a todos a encontrar sentido y esperanza a sus vidas.
Por todo ello, y especialmente por Noelia, nos reafirmamos en la necesidad de exigir una sociedad que enseñe a cuidar, a acompañar y a sostener, no a matar. Hay que favorecer la cultura de la vida, del cuidado, del amor, de la protección y del cariño, teniendo en cuenta siempre la dimensión espiritual de la persona. No puede volver a ocurrir un suicidio asistido nunca más, mucho menos en una persona tan joven, que no padece una enfermedad terminal, sino una depresión por un trauma no sanado. Por un mundo más humano, siempre si a la vida.









