Adolphe, de Benjamin Constant: el amor frente al espejo

COMPARTIR EN REDES

Han pasado más de dos siglos y, sin embargo, Adolphe, de Benjamin Constant es de una actualidad tan trágica como cotidiana. A día de hoy, seguimos midiendo el amor por la intensidad de los sentimientos. Quizá por esta razón esta breve novela conserva una capacidad tan incómoda como interesante para hablar de nosotros mismos.

Adolphe es un joven inteligente e introspectivo, un romántico de libro. Cuando conoce a Ellénore, una mujer mayor que él, sus insistentes halagos la llevan a renunciar a su posición social por una aventura amorosa que cambiará la vida de ambos. Pero el tiempo pasa y el amor deja de parecerse a la idea que Adolphe se había hecho de él. Y es que el amor y la ausencia de vínculos no casan en la misma frase.

Ahí comienza el verdadero conflicto: el de un hombre que desea ser libre sin saber qué es la libertad; un hombre que desea sentir el amor, sin estar dispuesto a vivirlo plenamente. Quiere marcharse sin hacer daño, recuperar su independencia sin cargar con las consecuencias. Y, mientras vacila, queda atrapado en su propia contradicción: esclavo de sus sentimientos, de la culpa y del miedo, pero, sobre todo, de su cobardía.

¿Debe Adolphe permanecer junto a una mujer a la que ya no ama? ¿Sería egoísta marcharse? Constant no ofrece respuestas sencillas, sino que nos enfrenta a la difícil encrucijada entre el amor y la responsabilidad.  

Amar no es únicamente sentir, desear o experimentar una emoción intensa. Es también acoger al otro en su realidad concreta, con sus límites, sus imperfecciones, su vulnerabilidad y sus circunstancias. Y acoger implica decidir qué lugar le damos al otro en nuestra vida y responder por ese vínculo. Amar bien es un trabajo; amar sin equivocarse, una utopía. El amor no exige acertar siempre ni elimina la posibilidad de fallar, pero sí nos obliga a afrontar la verdad de lo que vivimos y mirar de frente lo que sucede. Hay, en efecto, una responsabilidad que no desaparece con nuestras limitaciones: la de no mentirse a uno mismo.

A este conflicto íntimo se suma el peso de la sociedad. Ellénore paga un precio mucho más alto por su elección: su reputación y su estabilidad quedan expuestas. El mundo juzga, pero la cuestión no es sólo qué dice el mundo de nosotros, sino qué decimos nosotros ante el mundo. ¿Qué queda cuando nos enfrentamos a nuestra propia conciencia?

La mirada de Adolphe, como la del romántico, vuelve una y otra vez hacia el propio yo. Y cabe preguntarse: ¿qué clase de libertad es aquella que nos encierra en nosotros mismos? El otro no es únicamente alguien que limita nuestras posibilidades, sino alguien ante quien aprendemos a salir de nosotros mismos, a escuchar, a corregirnos y a responder. A veces, precisamente aquello que nos incomoda de una relación nos obliga a crecer más allá de la imagen que nos hemos construido.

Qué lejos parece quedar, por momentos, aquel verso de Pedro Salinas: «No quiero que te vayas, dolor, última forma de amar». Pero eso, quizá, da para otro artículo.

Substack de la autora

¿Y si amar no fuera solo sentir, sino también hacerse responsable del vínculo con el otro? Más de dos siglos después, Adolphe, de Benjamin Constant, sigue planteándonos una pregunta sobre el amor, la libertad y la cobardía. Compartir en X

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.