Llevo meses preguntándome por qué no salimos a las calles, cómo es posible que llevemos con tanta tranquilidad el antifaz de la indiferencia, aunque a juzgar por lo que sucede en nuestros países vecinos, habría que ver. En cualquier caso, lo que sucede a nuestro alrededor no puede dejarnos impasibles. Tal vez no hallemos la palabra exacta, pero el corazón grita.
Paradójicamente, seguimos levantándonos por la mañana a golpe de despertador, esperamos con ansia el borboteo del café en la cafetera y nos estresamos al ver el GPS más rojo que azul. El semáforo está en verde, pero nadie avanza. Algunos descargan toda su energía en el claxon. Entonces, subo el volumen de la radio. Presto atención: me llama la atención un testimonio de un barbero de Ceuta.
A menudo, solemos sentenciar los hechos desde nuestro prisma, en este caso, peninsular. Mi familia paterna tuvo en su día la única funeraria de la ciudad. Mi padre, con un corazón medio caballa, cuenta con naturalidad que no sabe por qué, pero desde pequeño, sus vecinos y amigos en la perla del Mediterráneo “o eran moros o eran gitanos”. Quizá por eso ha tenido simpatía por el mundo árabe. Es una ciudad que ha recorrido a fondo, una sociedad que conoce de cerca, con sus luces y sombras. Su mirada es distinta a la nuestra, no parte de un a priori.
Ante tanto tornado mediático, decidí llamarle. Me contó muchísimas cosas —ojalá las hubiera grabado—. En un trayecto al trabajo, la conversación con mi padre resultó lúcida y entrañable. Él sostiene que desde hace años Ceuta dejó de ser estratégica para España. “Abandonamos Tetuán, Chauen, Larache, el Sáhara… Por no hablar de Guinea Ecuatorial”. Y con una mezcla de resignación y crudeza, repetía: “Al final, los musulmanes no conquistarán nada, porque ya será suyo”. No le sorprende tanto la llegada de inmigrantes a la ciudad autónoma, pues es algo cotidiano. Lo que le llama tristemente la atención es otra cosa: que, ante la dimensión del suceso, los poderes públicos parezcan no haber movido ficha.
En las charlas del café de las once, se oyen quejas y tirones de orejas de un lado y otro. Ojalá bastara con cesar a un ministro incompetente, o incluso con un cambio de Gobierno. Ojalá bastara… pero la realidad es que ni siquiera eso sería suficiente.
No sería suficiente para el que sube la persiana de su comercio cada mañana, para la madre que lleva a sus hijos al colegio, para el que barre las calles y vacía las papeleras. No sería suficiente para el padre cuyo hijo acaba de arriesgar su vida a toda velocidad y hasta hace nada dormía a la intemperie en una ciudad ajena. Ni es para el que lleva días sin poder ducharse y al que le faltan horas de descanso, porque no tiene adónde ir.
Se pueden proponer múltiples soluciones, combinarlas, discutirlas…, y seguiríamos sin dar con la tecla. Nunca llueve a gusto de todos. Sin embargo, hace unos años le escuché a un buen maestro una frase que me parece de lo más pertinente: “La cuestión no es quién tiene razón, sino cómo vivir”.
Evidentemente, el que tenga una responsabilidad -pública-, que responda. Por lo pronto, a nosotros —al menos a mí— no se nos llama al inmovilismo, ni a la lucha urbana, ni tampoco a la indefensión. Quizá no podamos resolver un conflicto que nos sobrepasa, ni conocemos qué decisión sería la correcta. Más allá del insulto, de la queja y del ruido, hay algo que siempre podemos hacer: decidir cómo miramos al que tenemos delante, sin a prioris. Y esa pregunta, a diferencia de tantas otras, no admite dejar la respuesta en blanco. Porque cuando todo se vuelve negro, el modo en que tratamos al otro se convierte en el lugar donde puede comenzar la esperanza.
¿Miramos la realidad desde nuestro propio prisma peninsular? Una conversación lúcida con un padre y los recuerdos de una Ceuta profunda nos recuerdan que la geopolítica no puede borrar los rostros humanos. Compartir en X


