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Alejandro VI: el papa que nació entre sombras y acabó trazando fronteras para un mundo nuevo

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Nació en Játiva un primero de enero, en 1431, un día que parece diseñado para inaugurar algo más que un año.

Lo que empezó como el nacimiento de un muchacho de una familia ascendente del viejo Reino de Aragón, terminó siendo uno de los pontificados más controvertidos, influyentes y determinantes en la historia política y religiosa de la cristiandad. Rodrigo de Borja —Borgia, para la historia— no sería un santo, pero tampoco fue el personaje grotesco de las leyendas negras. Fue, más bien, un hombre de su tiempo: complejo, poderoso, astuto, y capaz de firmar, casi sin saberlo, una de las decisiones más trascendentales para el destino de millones de almas en el Nuevo Mundo.

Aquel niño valenciano se convirtió en Alejandro VI, el Papa que otorgó a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos y que alentó la evangelización de América desde sus primeros pasos.

Entre sombras, luces y decisiones políticas que hoy nos escandalizarían, su figura sigue en pie como una paradoja viva: un hombre imperfecto que, sin embargo, abrió caminos para que otros fueran santos.

Un linaje inquieto y ambicioso: los Borja

El apellido Borja pertenece a esa clase de familias medievales que nacen en la frontera, crecen en la guerra y terminan en la política. Desde la conquista de Valencia en el siglo XIII, los Borja destacaron como un vivero de talentos, diplomáticos, clérigos y juristas.

La familia ascendería hasta lo impensado cuando uno de los suyos, Alonso de Borja, fue elegido papa con el nombre de Calixto III en 1455. Como muchos pontífices renacentistas, Calixto III actuó como cabeza espiritual… pero también como jefe de Estado, mecenas y árbitro de la convulsa política italiana. Con él viajó a Roma su sobrino Rodrigo, un joven de inteligencia viva y ambición tan afilada como su intuición para los tiempos que corrían.

Si la Iglesia del siglo XV era un tablero de ajedrez lleno de príncipes, ejércitos y alianzas, Rodrigo Borgia supo leerlo como pocos.

La ascensión imparable en la Curia

Ordenado sacerdote con apenas veinte años, sería obispo cuatro años después y cardenal antes de cumplir los treinta. Su ascenso fue meteórico. ¿Hubo nepotismo? Sin duda. ¿Fue el único elemento? Definitivamente no. Los que lo conocieron subrayan su capacidad política, su habilidad diplomática y su extraordinaria inteligencia para navegar en una Iglesia que actuaba como juez y parte en los conflictos de Europa.

Como vicecanciller de la Iglesia —cargo que retendría durante décadas— Rodrigo Borgia se convirtió en uno de los hombres más poderosos de la cristiandad. Su despacho era un cruce continuo de embajadores, príncipes italianos, enviados de reyes europeos y prelados de todos los rincones. Su papel, más que religioso, era geopolítico. Y lo desempeñó con una habilidad que incluso sus enemigos admitieron a regañadientes.

El año de los prodigios: 1492 y la elección de Alejandro VI

En 1492 —el año en que Granada cayó, Colón zarpó y se abrió un mundo nuevo— Rodrigo Borgia fue elegido papa con el nombre de Alejandro VI. No era un santo, como tampoco lo eran la mayoría de cardenales que lo eligieron, pero sí era un hombre capaz de mantener a la Iglesia en medio de una Europa que hervía.

Las leyendas negras, fabricadas sobre todo en las guerras de propaganda posteriores, exageraron sus pecados hasta el esperpento. Alejandro VI no fue un modelo moral, pero sí un papa extraordinariamente competente en el terreno en el que surgió su pontificado: diplomacia, conflicto, supervivencia política.

Mientras garantizaba a sus muchos hijos un futuro acomodado —se le atribuyen nueve— se dedicó a neutralizar las ambiciones francesas sobre Italia, arbitrar el complicado conflicto de Nápoles, reorganizar los estados pontificios y actuar como mediador entre potencias europeas que amenazaban con incendiar el continente.

A veces, Dios escribe recto con renglones torcidos… y Alejandro VI fue uno de esos renglones.

La dimensión hispana de su pontificado

El papado de Alejandro VI no puede entenderse sin considerar su relación con Isabel y Fernando. Sabía que en España se jugaba mucho más que una cuestión dinástica: se jugaba la unidad espiritual de un reino que comenzaba a consolidarse como actor decisivo en la cristiandad.

Rodrigo Borgia había apoyado desde sus tiempos de vicecanciller el matrimonio entre ambos. Y una vez pontífice, reconoció públicamente su labor concediéndoles el título de Reyes Católicos. Pero su contribución no quedó ahí.

Alejandro VI comprendió —como pocos en su época— que los Reyes Católicos no buscaban solo expansión territorial, sino un proyecto espiritual coherente: unificar un reino bajo la fe y proyectar esa fe más allá de los mares.

Por eso, cuando se abrió la cuestión del reparto de los territorios descubiertos por Colón, Alejandro VI jugó un papel decisivo.

Las bulas alejandrinas: el Papa que trazó el destino espiritual de América

En mayo de 1493, Alejandro VI firmó varias bulas que, con el tiempo, serían consideradas uno de los documentos más influyentes de la historia global: las bulas Inter Caetera. En ellas se trazaba una línea —no solo geográfica, sino espiritual— que delimitaba las áreas de influencia entre España y Portugal en los territorios recién descubiertos.

Mucho más importante que la división del mapa fue la obligación moral que el Papa impuso a España: evangelizar a los pueblos que habitaban aquellas tierras.

Para ello nombró al primer vicario apostólico en América, el catalán Bernardo de Boil, y subrayó que la presencia española en el Nuevo Mundo debía tener un objetivo principal: llevar a Cristo.

Es decir, desde el principio, antes de la conquista política, antes de la explotación económica, antes incluso de que Europa entendiera qué era América, el papado estableció el mandato evangelizador. Y lo hizo a través de un papa al que solemos recordar por sus sombras, olvidando que de sus manos nació la primera articulación espiritual del continente americano.

Entre luces y tinieblas: el final del pontífice

Alejandro VI murió en 1503, tras un banquete del que la historia ha tejido múltiples versiones. Dejó tras de sí una descendencia poderosa —César Borgia, el más famoso de todos— pero incapaz de consolidar lo que él había construido.

Paradójicamente, la mayor gloria de los Borja no vendría de su carrera política, sino de una inesperada rama familiar: Juan de Borja, duque de Gandía, cuyo hijo sería nada menos que San Francisco de Borja, uno de los grandes santos de la Contrarreforma y tercer general de la Compañía de Jesús.

En la tierra donde nació un papa rodeado de controversias nacería también un santo que encarnaría la renovación espiritual más profunda del siglo XVI.

Qué extraña simetría: de la ambición humana de Alejandro VI brotó, dos generaciones después, la santidad luminosa de Francisco de Borja. Como si Dios se empeñara en redimir incluso los capítulos más oscuros de la historia.

Alejandro VI, un papa imposible de simplificar

Reducir a Alejandro VI a una caricatura es un error habitual. Fue un hombre de carne y hueso, con virtudes políticas extraordinarias, defectos morales evidentes y un legado histórico gigantesco. Fue pontífice en una época en la que la Iglesia tenía que ser también un Estado y un actor diplomático, y cumplió esa función con una destreza que incluso sus adversarios reconocieron.

Pero, sobre todo, fue el papa que abrió la puerta espiritual del Nuevo Mundo. Ese hecho —que cambiaría la historia del cristianismo para siempre— no puede quedar oculto bajo las leyendas negras.

Alejandro VI no es un modelo de vida cristiana. Pero es, sin duda, un personaje sin el cual no se puede comprender la historia de España, de la evangelización de América y de la Iglesia en el tránsito entre la Edad Media y la Modernidad.

Aquel niño nacido en Játiva un primero de enero dejó un legado más profundo que su fama: trazó la frontera que abriría paso a millones de bautismos, misiones y conversiones en todo un continente.

Y eso, haya sido santo o pecador, lo convierte en una figura decisiva del plan de Dios en la historia.

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